Una noche dentro de la música

La Banda Sinfónica presentó un tributo a ABBA con una particularidad: fue la primera vez que tocaron con parte del público arriba del escenario
En los papeles, la experiencia ya resultaba prometedora: la posibilidad de vivir un concierto de la Banda Sinfónica de Montevideo desde el propio corazón de la música. Ver y oír como lo hacen los músicos cada vez que suben al escenario. Más aún si se tiene en cuenta que ese escenario tiene nada menos que 160 años de vida y es parte de la historia cultural más importante del país.

Pero antes de pisar ese trozo de historia y sentir las miradas extrañadas del público, había que prepararse. Vestidos de negro para no distraer las miradas de los espectadores, ocho personas pasamos entre pasillos y recovecos que solo conocen músicos, actores y trabajadores del Teatro Solís. Después de atravesar varias puertas, la Sala Principal se abrió en todo su esplendor. Sin embargo, era un esplendor diferente, uno que solo se puede percibir detrás de bambalinas. Allí estaban los protagonistas de la noche, la Banda Sinfónica y el grupo vocal Coralinas, dirigido por Carmen Pi, en el ensayo de uno de los últimos números.

Junto a ellos también estaba el director Martín Jorge, encargado de guiar a los músicos, a los invitados en el escenario y a un Solís repleto por un viaje musical con un poco de nostalgia. Es que la noche estuvo dedicada a ABBA, ese grupo sueco que hizo bailar a todos en los años 1970 y 1980, y que todavía hoy sigue vigente, sobre todo en agosto cuando las radios vuelven por unas semanas al pasado.

El director nos guió por el escenario vacío, mientras a nuestras espaldas esperaba, callada y solemne, una sala donde minutos después no entraría un alfiler. Las indicaciones de Martín Jorge fueron claras y buscaron transmitir confianza a un grupo que, aunque intentaba disimularlo, estaba nervioso. Cada uno eligió cerca de qué instrumento quería estar sentado. Una señora pidió cerca de la percusión, otra del piano, otra de los violines. Sentados, Jorge explicó que allí el sonido es diferente. Como meros espectadores, el sonido llega mezclado, procesado para nuestros oídos. Allí arriba cambia: seguramente se escuchen más fuerte los instrumentos más cercanos y en algunas ocasiones las voces pueden quedar tapadas.

Mientras la banda y Coralinas se preparaban y los intrusos aguardábamos expectantes fuera del escenario, las puertas se abrieron y las voces del público empezaron a llenar el lugar. Cuando llegó el momento de volver al escenario para, ahora sí, dar comienzo al espectáculo, la sala estaba llena. A falta de músicos, que entrarían cinco minutos después, todas las miradas y las intrigas se centraron en los ocho extraños de negro. ¿Quiénes son? ¿Qué hacen allí?

Empieza la música

Cuando estuvo todo listo para comenzar, el director se dirigió al público para explicar la dinámica de la que éramos parte. Acto seguido, las luces bajaron y se inició el espectáculo. La primera canción del repertorio, I have a dream, fue interpretada casi a capella por las Coralinas, que acompañadas por alguna tonada suave de los instrumentos dio un inicio nostálgico y triste a la velada, pero no por ello menos bello.

La verdadera explosión de ritmo, la que hizo que quienes estábamos en el escenario tomáramos conciencia de la experiencia, fue el hit Dancing Queen. Allí quedó confirmada una de las cosas que Jorge había dicho: los miembros de la Banda Sinfónica se divierten mucho. Más allá de que el tono del espectáculo lo ameritó, allí arriba ellos rieron, bromearon y pidieron palmas al público, un humor que se transmitió al espectador.

A medida que el homenaje seguía al ritmo de los éxitos de ABBA, el público se animó a cantar y a aplaudir. El director los impulsó a ello con la interacción entre las canciones y con pedidos de que se descontracturaran y acompañaran con palmas. En el escenario los intrusos también hicimos palmas y, sobre todo, disfrutamos de las canciones, de ver los diferentes instrumentos en ejecución desde muy cerca, de escuchar a Carmen Pi entonar notas impresionantes y de sentir el ritmo fluyendo a nuestro alrededor.

Al final, Martín Jorge enfrentó al público, y explicó que harían una canción más, pero que ellos debían cantar antes. A partir de allí, los roles se intercambiaron: el espectáculo pasó a los espectadores, y la banda y las Coralinas a ser el público. Los músicos tomaron luego la posta, las lucen volvieron a bajar y Mamma Mia llenó la sala con su ritmo.

La despedida fue rápida pero efectiva, el público aplaudió de pie mientras los integrantes de la banda y las coristas se despedían. Nosotros también bajamos del escenario y compartimos la experiencia. Algunos se fueron cantando, otros en silencio, pero todos con la emoción de haber sido parte de algo inédito en Uruguay. Si se repite, no se debe dudar: es un experiencia diferente e inolvidable.

Los protagonistas

Martín Jorge y la Banda Sinfónica
Siguiendo el espíritu del espectáculo, la carismática dirección de Jorge incluyó la interacción continua con el público y la Banda Sinfónica, que le imprimió dinamismo y espontaneidad a la presentación

Carmen Pi y las Coralinas
El coro de las Coralinas, creado por Carmen Pi, se lució en la interpretación de los temas de ABBA al alternar voces solistas diferentes en cada una de las canciones

El público
Muchas veces el público permanece estático, apenas aplaudiendo al final de las interpretaciones. En este caso, y animados por el director y el propio espectáculo, la gente aplaudió y entonó las canciones que formaron parte del repertorio

Lo dijo

«Lo que buscamos con esto fue desmitificar el trabajo que hacemos los músicos»

«Nos pareció que un programa popular, que había funcionado, podría ser bueno para la experiencia»

«Tenemos un muy buen ambiente de trabajo interno en la sinfónica, y por eso les encantó la idea»

Martín Jorge - Director de la Banda Sinfónica de Montevideo

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