Una noche en el templo de Swami Sananda

Cada semana decenas de mujeres vestidas de blanco se juntan para venerar a su guía, un venezolano que dice curar con toques de energía.

La energía no se cobra, me había avisado Alicia en un enigmático correo electrónico donde me enviaba un abrazo “en La Luz de El Más Radiante”.

Yo no conozco a Alicia. Le escribí porque un día me llegó un volante multicolor en el que se difundían las bondades de un centro de prácticas energéticas, “un centro de paz que ha sido abierto para todo el mundo sin distinción de raza ni credo”.

En el volante no mencionaban al maestro ascendido Swami Sananda, pero Alicia me explicó que el centro había sido creado por él para recibir a todas las personas que necesitan encontrar su paz interior y “sanarse” de algo.

Swami Sananda es venezolano, aunque en un discurso que dio hace unos años se presentó como “un ser espiritual” que no ha sido “formado” en la tierra. Según relatan en los foros en internet, alguna vez ha dicho que él es “el mismísimo creador de los universos”.

Y Sananda tiene sucursales desperdigadas por todo el mundo. En Montevideo hay una. Está enrejada y tiene un cartel que dice que la entrada al centro de sanación y meditación es “libre y gratuita”.

Toco el timbre, la reja se abre y dos señoras vestidas de blanco me reciben sonrientes. Doy unos pasos y aparecen más.  Todas visten equipo deportivo blanco y en la espalda llevan estampadas unas alas que brillan.

El salón es una especie de tiendita de recuerdos.La cara de Swami Sananda está en todos lados. Hay libros, discos, llaveritos, camperas, remeras y más. Merchandising celestial, podría decirse.

Pregunto si está Alicia pero me dicen que hay varias Alicias en el local. Al final me recibe Adriana, quien –como casi todas las señoras aquí- luce un pelo rubio platinado.

Adriana me cuenta todo. Habla, habla y habla. En un momento me desconecto, dejo de escucharla y miro a mi alrededor: parece que Sananda me mira desde los llaveritos, desde los discos, desde las camperas. Lleva barba, pelo largo y ojos celestes y sonríe en todas las fotos.

Le pregunto a Adriana cuál libro resume mejor su obra y me señala uno que sale 280 pesos. Es el más completo, dice.

Estamos en eso cuando entra una señora que viene a consultar. También se llama Adriana. Las dos se ríen de la coincidencia. La visitante dice que ella es profesora de reiki y pregunta, curiosa, si esto es algo parecido. La cara de la otra Adriana parece decir que no y explica que acá hay que sentir con el corazón pero que esto “no es secta ni religión”.

Adriana -la profesora de reiki- le dice que va a buscar a un amigo que está acá cerca y ahora vuelve. Pero no va a volver.

Yo comento que hace varios días estoy afónico (y se nota). Pregunto si aquí me podré curar.

-Si tenés fe y sentís con el corazón te vas a curar –dice Adriana, con una sonrisa que desborda felicidad.

Una felicidad tan grande que asusta.

Adriana invita a que me saque los zapatos y pase al lugar donde se realizan “los servicios”. El templo es grande, antes era un gimnasio de esos repletos de aparatos.

Porque no solo los cines se transforman en iglesias.

El templo está en penumbras. Tiene sillas en los costados y un pasillo en el medio. En las paredes, por supuesto, hay enormes fotos de Swami Sananda, quien unos minutos después nos dará la bienvenida desde un video.

Sananda habla lento, en forma delicada. El salón no está muy lleno, seremos unas 40 personas –la mayoría mujeres- escuchando un jueves a la noche.

Unos cuantos visten de blanco. Después me enteraré que a ellos les llaman “blanquitos” y se ve que tienen privilegios, un camino ya recorrido en este lugar, un sitial al que se accede tras cumplir determinados pasos.

Pero otros estamos vestidos de civil, somos los que recién empezamos (la mía será la primera y quizás única vez en el templo).

Una blanquita da la bienvenida. Suena una música tipo new age, y de fondo el ruido de una respiración fuerte. Es el momento de la meditación: nos dicen que tomemos el aire por la nariz y lo soltemos por la boca, siempre con los ojos cerrados.

La meditación dura media hora y con el paso de los minutos se torna aburrida, aunque ayuda a relajarse.

Después viene el plato fuerte. Se encienden decenas de luces, de esas bien blancas, de bajo consumo. Pasamos de la oscuridad a una iluminación tan fuerte que molesta.

Todos los blanquitos hacen una ronda en el escenario, se toman de las manos e invocan a Swami Sananda.

Un fiel pasa al frente y cierra los ojos. Una blanquita se pone adelante y otra detrás, mientras la persona que está en el medio se deja caer al piso.

Y queda un rato tirado ahí recibiendo la energía que envía Swami, mientras otros alzan sus manos al cielo.

A esto le llaman toque de energía y se supone que es sanador. Todos los que estamos acá deberíamos pasar por esta experiencia.

-¿Vas a recibir la energía? -me susurra una blanquita.

Hago que no con la cabeza. No creo mucho en estas cosas pero prefiero no decírselo.

Eso sí, tengo experiencia en visitar lugares más o menos similares a este, siempre en excursiones antropológicas. Ya estuve en la iglesia de Pare de Sufrir, en Dios es Amor y probé unas camas coreanas que -se supone- son casi mágicas. Y me sigo asombrando cuando veo que tanta gente deposita grandes expectativas en algo que en teoría tiene un efecto milagroso.

En eso pensaba cuando Adriana toma el micrófono y dice que mañana es 22 y, como todos los días 22, se festeja el cumple mes de Swami. Es el día de venir y hacerle un regalo.

Al final llega el momento bizarro. Se encienden unas luces de discoteca y en el medio del salón se mueve una bola de espejos. Después aparece Swami en la pantalla y todos cantan una empalagosa canción que se conocen de memoria.

Han pasado casi dos horas. Son las nueve y media de la noche cuando la ceremonia termina.

Tomo mis zapatos, que había dejado debajo de la silla, y salgo del salón.

-¿Cómo te sentiste? –pregunta Adriana.

-Raro. Lo tengo que pensar –le respondo.

-Sí, hay muchas cosas para pensar.

-¿Para ustedes Swami es como un Dios? –le pregunto.

-No. Él es un camino a la luz.

Adriana dice eso y sonríe. Una vez más.


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