Una nueva cultura dominante

El Frente Amplio como sustituto histórico del Batllismo (VI)

Este post forma parte de una serie de notas que tratan sobre el El Frente Amplio como sustituto histórico del Batllismo, cuyas tres entregas anteriores se pueden leer aquí

Buena parte del bagaje ideológico de la izquierda de inspiración marxista se evaporó a partir de 1989-1991, con el derrumbe de los regímenes comunistas europeos, que arrasó con herramientas y paradigmas. Ya no se habla de reforma agraria, ni de nacionalizar la banca, el comercio exterior o la industria frigorífica, salvo en pequeños grupos ultraortodoxos, y menos aún de partido único, vanguardias o revolución.

De todos modos, la coalición jamás había propuesto la revolución social violenta o el socialismo autoritario, aunque creyesen en ello algunos de los sectores asociados. El Batllismo tampoco fue socialista, pese a que algunos de sus cultores –como Domingo Arena o Julio César Grauert– se miraron en ese espejo; y mucho menos revolucionario.

La necesidad y la teoría

La debacle ideológica de los años '90, que dejó a los marxista-leninistas como "un niño perdido en una tormenta", afectó en particular al Partido Comunista, que hoy es un pálido reflejo de lo que entonces era, salvo en el movimiento sindical, y a la vieja "corriente" de izquierda "ultra", que aún se aferraba al imaginario revolucionario y socialista. Pero los viejos tupamaros, bajo el paraguas del MPP, realizaron un rápido viraje siguiendo la estela de la popularidad de José Mujica, transformaron "la necesidad en teoría" (1), adoptaron el reformismo gradual y obtuvieron un gran suceso en las urnas. Mujica, que no el MPP, fue uno de los grandes fenómenos políticos de la historia uruguaya. El Partido Socialista, mientras tanto, no hizo nada parecido a la tajante renuncia al marxismo-leninismo que realizó el SPD alemán en 1959 o el PSOE español en 1979, aunque se tornó más amplio y versátil y ocupó muchos cargos en la administración pública.

En julio de 2004, antes que la coalición ganara sus primeras elecciones nacionales, Danilo Astori –hombre de extracción social-cristiana, decisivo para el éxito posterior de la fuerza política– sostenía que "el Frente Amplio tiene ahora un conocimiento mucho mayor del país que en 1989. Esto es vital para una fuerza de izquierda. En caso contrario corre el riesgo de hablar de un país que no existe, como le sucedió al Frente Amplio en el pasado, pues no percibía el cambio constante" (2).

Mientras tanto José Batlle y Ordóñez, creador del Batllismo, proponía tomar "todo lo aplicable" del socialismo europeo de entonces, que era más radical del que emergió después de la Segunda Guerra Mundial, a la vista de las traumáticas experiencias del comunismo y el fascismo. Pero lo que se ha dado en llamar el "inquietismo" batllista tuvo siempre como límite la defensa del sistema democrático y de la propiedad privada, que se concebía como un bien social, pero alejada de cualquier tentación colectivista.

El batllismo dio nombre a una era y consolidó la permanencia del Partido Colorado en el poder. Con el desarrollo de su Estado benefactor, marcó de manera definitiva el carácter de la sociedad uruguaya. Sus defensores reivindican la consolidación de la democracia, la búsqueda de la justicia social y los progresos de la educación; los detractores, en cambio, han señalado que el batllismo derivó en una burocracia inefectiva y con frecuencia corrupta, mató el espíritu de empresa y generó una sociedad mediocre, en la que todo se espera del Estado (3).

"La doctrina batllista fue uno de los grandes éxitos históricos", sostuvo el ex presidente Julio Sanguinetti; pero hoy "vive la miseria de su propia gloria. El Estado no dará nunca más las respuestas que daba antes" (4).

La profecía del general

Líber Seregni, líder histórico de la coalición, auguró en mayo de 1985: "En el largo plazo el Frente Amplio amenaza la vida misma de uno de los partidos tradicionales (y romperá) el oligopolio bipartidista". Se supone que Seregni, quien era un batllista que contribuyó a teñir a la izquierda de esa cultura, creía que el perdedor histórico sería el Partido Nacional.

Menos de 15 años después de la profecía de Seregni, en los comicios de 1999, el Frente Amplio se convirtió en el partido político más votado de Uruguay.

El Partido Colorado cayó gradualmente del 49,3% del electorado que lo apoyó en 1966, a 41% en 1971 y 1984, a 30-33% en las elecciones siguientes, hasta el derrumbe de 2004 (10,6%), 2009 (17%) y 2014 (13%). Los blancos también perdieron adhesión, aunque en menor media, entre el 40% de 1971 y el 35% de 1984, el triunfo en 1989 con el 39%, el desastroso 22,3% de 1999 y el 31% en 2014. El Frente Amplio evolucionó del 18,3% de los sufragios en 1971 al electorado en tercios de 1994 (30,6%), hasta su transformación en mayoría relativa en 1999 (40%) y mayoría absoluta en 2004 (51,7%). En las dos elecciones siguientes rondó el 48%.

No fue tanto que la ciudadanía se corriese a la izquierda sino que el Frente Amplio moderó sus propuestas, se corrió al centro, ensanchó su base electoral, acuñó candidatos adecuados y se transformó en mayoría.

Luego, en el ejercicio del gobierno, perdió toda arista radical y se transformó en una maquinaria burocrática y electoral. En la última década también creó fuertes vínculos con los empresarios. Las viejas formas de militancia callejera se extinguieron casi por completo y los "comités de base" quedaron vacíos.

Desde su creación, el Frente Amplio le robó espacios a los partidos tradicionales, alimentándose en sus márgenes. Dirigentes prófugos del Partido Colorado, como Zelmar Michelini y Alba Roballo, o del Partido Nacional, como Francisco Rodríguez Camusso y Enrique Erro, reunieron un porcentaje significativo de votos en las elecciones de 1971. La corrida de antiguos votantes colorados o blancos se profundizó en la década de 1990, después que Tabaré Vázquez gobernara Montevideo y el Frente Amplio suavizara sus propuestas. La crisis económica de 2002 contribuyó a empujar a muchos batllistas hacia el Frente Amplio, según señalaban con claridad las encuestas. Eleuterio Fernández Huidobro, uno de los artífices del viraje de los tupamaros hacia la lucha electoral, solía decir en 2004: "Si es necesario me pongo el sobretodo".

En la década de 1990 el Partido Colorado ganó en coherencia ideológica, pues se redujo a un arco que iba del liberalismo ortodoxo de Jorge Batlle hasta cierto margen estatista aceptado por Julio Sanguinetti, pero perdió en amplitud. A partir de 1995 el ejercicio del gobierno y el realismo político lo corrieron muy a la derecha, sin trazas del "neobatllismo" socializante y estatista de Luis Batlle Berres.

Tras la muerte de su padre en 1964, Jorge Batlle "encabezó una impresionante transformación ideológica de su fracción (la Lista 15) que derramó a la corta, pero especialmente a la larga, sobre el resto del Partido Colorado", resumió Adolfo Garcé. "El PC de esa época era un partido enorme y diverso, casi tan poderoso y contradictorio como el Frente Amplio de nuestros días (diversidad y tamaño se correlacionan)". Y afirma que "el PC no logra volver a crecer porque abandonó el lugar que había ocupado en el sistema de partidos por más de medio siglo. No crece porque, por adaptarse a las circunstancias, por priorizar la reforma económica reformulando drásticamente su tradición, dejó vacante el cargo de "escudo de los débiles" y guardián del papel del Estado en la economía" (5).

El bien perdido

El Frente Amplio sustituyó la vaguedad socializante de antaño con la propuesta de un "capitalismo en serio" de cuño socialdemócrata. Y el Batllismo, que no era una ideología sino una práctica en la que caben muchas cosas, era una experiencia histórica que estaba a mano como ejemplo. El Frente Amplio también supo recoger algunos mitos del pasado, como ese Uruguay presuntamente completo y feliz que existió en torno a 1950 –y que muchos críticos señalan como el momento en que se terminó de tirar la casa por la ventana, a costa de más de 20 años posteriores de estancamiento y crisis.

Ya en 1998 el historiador británico Henry Finch advirtió que el crecimiento de la izquierda se debía, entre otras cosas, a la defensa de un símbolo nacional: el Estado batllista (6). Y José Mujica advirtió que "a veces pareciera que la gestualidad de la izquierda es de retomar un bien perdido" (7).

La identificación de amplios sectores frenteamplistas con el Batllismo no es casual. El 5 de febrero de 2015, poco antes de asumir la Presidencia por segunda vez, Tabaré Vázquez auguró: "Trazaremos las líneas de larga duración del Uruguay del siglo XXI en términos institucionales, políticos, productivos, económicos, sociales y culturales. Que a nadie le llame la atención porque no es inédito. En el siglo XX el primer Batllismo matrizó la marcha de ese siglo. En el siglo XXI matrizará la marcha de este siglo nuestro Frente Amplio".

Pero la izquierda uruguaya también cuenta con José Mujica, un caudillo de raíz blanca y libertaria, prevenido ante el Estado y sus desbordes. Él cree que el estatismo es una opción probada y superada, que sólo fomenta la burocratización y el atraso, lo que lo aparta de la izquierda tradicional y nacionalista de América Latina (8).

En cierta forma la coalición, convertida en partido catch-all, consagró una nueva cultura, que fue construida por aluvión, durante décadas, y cuyos límites son tan imprecisos como para contener una inefable mezcla de deseo de cambio y conservadurismo, esperanza, nostalgia y pesimismo (2).

Lleva en su interior casi todas las tendencias, mitos unificadores y diferencias que anidan en la sociedad uruguaya.

Es un gran ferrocarril que todo lo carga, siempre que se comparta cierta vaga gestualidad. No tiene ideología sino algunas ideas-fuerza difusas que van mutando. Abreva en el liberalismo socialdemócrata europeo, aunque conserva cierto bagaje de los partidos marxista-leninistas y de la izquierda latinoamericana clásica, proclive al estatismo, el nacionalismo y el caudillismo carismático.

El papel de los intelectuales

Los intelectuales del 900 no fueron necesariamente batllistas, aunque unos cuántos de ellos, con Pedro Figari a la cabeza, en algún momento se congregaron en torno a Batlle y Ordóñez y al diario El Día. De hecho, Carlos Vaz Ferreira y José Enrique Rodó, los intelectuales más importantes de la época, no fueron batllistas. Unos cuantos eran nacionalistas, como Javier de Viana, Carlos Roxlo o el muy joven Florencio Sánchez, quien luego emigró hacia el anarquismo. Otros, como Emilio Frugoni, militaron en el Batllismo pero luego se fueron a otras tiendas políticas u opciones ideológicas; o permanecieron básicamente ajenos, como Carlos Reyles; o dieron largos rodeos antes de arribar al catolicismo, como Alberto Zum Felde.

Sin embargo el Frente Amplio, que mantiene todavía fuertes vínculos con la Universidad de la República, "hereda medio siglo de convergencia entre intelectualidad e izquierda", sostiene el politólogo Adolfo Garcé. "Y la primacía cultural –no diría hegemonía, en Uruguay nunca la hay, por suerte– lo siguió ayudando después, para reproducir su mayoría en las urnas. Los intelectuales de izquierda hacen circular con éxito interpretaciones (de los años '60, del golpe de Estado, de los gobiernos 'neoliberales', de la crisis de 2002, de la bonanza posterior, etc.) que tienen consecuencias indirectas pero poderosas en el comportamiento electoral".

El abogado y ensayista Hebert Gatto ha sostenido que el Frente Amplio ganó primero la batalla cultural, como proponía el filósofo marxista Antonio Gramsci, y luego la batalla electoral. Se refiere a los intelectuales "orgánicos", que confirman las acciones de un partido o tendencia, y a una corriente general más flexible, que preconiza un relato simple, de tinte maniqueo y acrítico, aunque más o menos creíble y predominante.

La coalición de izquierda ganó la batalla del recambio generacional y gestó los mitos y símbolos que consolidan a un partido de masas y lo ayudan a permanecer. Y también es la expresión triunfante de los burgueses con culpa y de lo políticamente correcto (aunque, como suele ocurrir a medida que pasa el tiempo, ser frenteamplista ya no es un traje que necesariamente quede bien entre la elite intelectual, las vanguardias y los esnobs).

Próxima y última nota: La imposición de una nueva casta política y burocrática

Algunas fuentes para este capítulo: (1) Reinaldo Gargano en suplemento Fin de Semana de El Observador, 18 de abril de 1998. (2) Artículos del autor en el suplemento Fin de Semana de El Observador: 24 de julio de 2004, 27 de noviembre de 2004 y 8 de octubre de 2005. (3) La Enciclopedia de El País (2011). (4) En Búsqueda del 4 de setiembre de 2003. (5) Adolfo Garcé en El Observador del 26 de octubre de 2016. (6) Henry Finch en Búsqueda del 29 de octubre de 1998. (7) "Cuando la izquierda gobierne", conversación entre José Mujica y Rodrigo Arocena (2003). (8) Entrevista con la revista brasileña Veja, reproducida por El Observador del 28 de setiembre de 2010.



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