Una oportunidad a la paz

El anuncio del fin de las negociaciones con la guerrilla podría cambiar la historia
El sueño de la paz en Colombia parece hoy más cerca de lo que nunca ha estado durante el último medio siglo. El histórico anuncio esta semana del presidente Juan Manuel Santos, ordenando el cese al fuego definitivo y dando por concluido el conflicto con la guerrilla de las FARC, abrió un halo de esperanza que habrá de cristalizar o volver a sombras seculares con el plebiscito del 2 de octubre.
Ese día los colombianos acudirán a las urnas para refrendar o rechazar los acuerdos alcanzados con los guerrilleros en La Habana. Las últimas encuestas daban una clara victoria al No. Pero es de esperar que el impulso que la reciente noticia ha dado a la campaña del Sí, y el entusiasmo con que ha sido recibida por muchos colombianos, pueda revertir esa tendencia.

Desde luego, nada es tan sencillo. La firma de un acuerdo de paz con las FARC y su eventual aprobación plebiscitaria no va a traer la paz a Colombia de la noche a la mañana. Todavía están operativas en amplias zonas del país las guerrillas del ELN y EPL, además de las llamadas Bacrim (bandas criminales emergentes), que como las FARC abrevan en el narcotráfico y se dedican al secuestro extorsivo y otras actividades terroristas. Y en el propio acuerdo con las FARC, como en todo proceso de paz, hay riesgos y puntos muy polémicos.

Es cierto también que la campaña del gobierno colombiano ha simplificado, tal vez demasiado, los argumentos. La idea de que los partidarios del Sí están por la paz y quienes se inclinan por el No simplemente quieren la guerra, ha polarizado a la opinión pública y generado la reacción crispada de aquellos colombianos que legítimamente tienen reparos sobre lo que se ha negociado en La Habana.
Después de todo, las FARC nunca han sido una guerrilla precisamente clemente, ni siquiera ortodoxa, mucho menos popular. Los crímenes atroces cometidos durante décadas, los 40 mil secuestrados, el abominable reclutamiento de niños y las masacres todavía están muy frescos en la memoria de muchos colombianos.

Es así que los puntos del acuerdo que refieren a la llamada Justicia Transicional han sido los más polémicos durante estos casi cuatro años que ha durado el proceso de paz. La reparación de las víctimas de la guerrilla, en un conflicto con 8 millones de personas afectadas, ha sido motivo de discordia desde los primeros meses de negociaciones. Pero sobre todo, el hecho de que los guerrilleros no paguen sus crímenes con cárcel y, además, puedan ahora dedicarse a la política, es visto por muchos colombianos como una impunidad inaceptable.

Resulta entonces un tanto insensible descalificar a todos aquellos que se oponen a este acuerdo de paz como unos belicistas que solo quieren la guerra y simplemente se niegan a darle a su país un valor tan universal y ansiado como la paz.

Del otro lado de la controversia, tampoco ayuda la prédica del expresidente Álvaro Uribe, enconado antagonista de las negociaciones y hombre que conserva una vasta cuota de soberanía entre los colombianos. Poder de convocatoria sustentado en el hecho de haber sido el presidente más popular en la historia de Colombia y que, además, acorraló y diezmó a la guerrilla con sus políticas de Seguridad Democrática como no lo habían hecho todos sus antecesores juntos.

A su vez, Santos no es un presidente popular. Antes del anuncio del jueves sobre los acuerdos alcanzados en La Habana su imagen andaba en el entorno del 22%. Y en este tipo de consultas de la llamada democracia directa –como lo son los plebiscitos y referéndums–, los votantes tienden a personalizar sus preferencias. No pocos de los que voten por el No lo harán simplemente por votar contra Santos. Este es un rasgo ineludible de la democracia directa y su naturaleza binaria, históricamente muy estimada por líderes demagogos y populistas con habilidad para dividir las aguas y reducirlo todo al antagonismo en blanco y negro.

Así las cosas, es difícil lanzar un pronóstico sobre el plebiscito. Pero es de esperar que los colombianos vean las ventajas de este acuerdo, que no será perfecto ni mucho menos, pero que parece tener el potencial de convertirse en un hito histórico para la paz en Colombia.
Algunas cifras recientes del conflicto pueden ayudar a ponerlo en perspectiva. Las conversaciones de paz comenzaron en La Habana en 2012. Al año siguiente hubo más de 400 muertes como consecuencia de las hostilidades que no cesaron. En 2014, los muertos de la guerra fueron 340. En 2015, 146. Y a junio de este año iban solo tres muertos. Parece que bien valdría la pena entonar la música de John Lennon y darle una oportunidad a la paz.

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