Una trampa médica para el cuerpo

Tomar medicamentos a la vez que se le da un estímulo sensorial al cuerpo permite luego aplicar solo el estímulo para generar los efectos deseados, una buena herramienta cuando se consumen remedios fuertes
Marette Flies, una niña estadounidense de 11 años, padecía lupus. El tratamiento implicaba el consumo de Cytoxan, un medicamento útil pero que causa una larga serie de efectos secundarios, desde vómitos y dolores estomacales hasta sangrados, daño en riñones e hígado, así como incrementa la probabilidad de sufrir infecciones o incluso cáncer.

Eso fue hasta que su madre descubrió un estudio científico que afirmaba que la enfermedad se podía curar, aunque con una dosis menor del medicamento.

Esto se basa en el mecanismo de aversión gustativa condicionada, que sucede por ejemplo cuando se consume un alimento que cae mal. El cuerpo genera un rechazo por su sabor (al menos por un tiempo), porque lo asocia con el malestar , como han demostrado estudios realizados en ratones con Cytoxan en 1975, a cargo de Robert Ader.

Las ratas recibían el medicamento junto a agua con sacarina. El malestar producido por el medicamento hacía que luego rechazaran el agua con sacarina incluso aunque esta no tuviera Cytoxan.

Pero el experimento de Ader fue clave porque descubrió cómo el cerebro, a través de pistas que recibe de forma sensorial, guía la lucha del cuerpo contra la enfermedad a través de su conexión con el sistema inmunológico.

Un sonido, un sabor o un olor, generan un alerta y una respuesta acorde, dependiendo de si se trata de algo positivo o negativo para el cuerpo.

Por lo tanto, Ader probó en 1982 hacer exactamente lo opuesto con otro grupo de ratas. Les dio Cytoxan con agua con sacarina, pero luego quitó la medicación. Los roedores, que padecían una enfermedad similar al lupus, vivieron más tiempo - y la enfermedad tuvo un avance más lento - que en aquellos que no habían generado la asociación entre ambos productos.

Este fue el estudio que descubrió la madre de Marette, y comenzó a aplicarlo con su hija, tras consultarlo con sus doctores, que a su vez consultaron a Ader.

La niña comenzó a consumir su medicina con aceite de hígado de bacalao, mientras que disparaban perfume de rosas al aire. Luego de tres meses de cumplir con este extraño ritual, Marette comenzó a recibir la mitad de la dosis de Cytoxan, aunque consumía el aceite y tiraba el perfume con la continuidad de antes.

El efecto fue el esperado, con sus anticuerpos y presión sanguinea restaurados a niveles normales. Meses después abandonó el aceite y el perfume, pero mantuvo la enfermedad a raya desde entonces. Además, permitió reducir los costos del tratamiento, ya que tiene un menor gasto en medicamentos.

Un proceso similar está atravesando Barbara Nowak, una geóloga alemana de 46 años, que padece lupus desde los 19, y que a causa de esta enfermedad perdió el uso de sus riñones.
Colaborando con una investigación de la Universidad de Essen, Nowak toma cada día además de un cóctel de drogas inmunosupresivas, una combinación de leche con gusto a frutilla, aceite y coloración verde.

Nowak combina el medicamento real con dos dosis de un placebo para que su cuerpo replique los efectos y eventualmente pueda aceptar los riñones que le serán transplantados (los cuartos que recibe desde que padece la enfermedad).

Los científicos estiman otros posibles usos para los condicionamientos de este estilo. Entre ellos se cuenta la aplicación en tratamientos contra la psoriasis y la escelerosis múltiple, aunque aún se requieren más años de investigación para conocer con mayor profundidad el funcionamiento de estos estímulos.

(Basado en Mosaic Science, con licencia CC)