Una visita al cielo de los inservibles

Un lugar ideal para tuiteros compulsivos, escritores fracasados y estandaperos celestes

Cuando terminó de morirse, la eternidad se le presentó como una inmensa llanura blanca en la que flameaba una inmensa bandera con el dibujo de una hamaca paraguaya. Y ahí, a pocos pasos, el cartel que le indicaba su destino: Bienvenido al Cielo de los inservibles.

El recién llegado caminó hasta el portón de entrada en donde lo recibió un portero que dijo ser el jefe y le explicó las bondades del lugar.

-La puerta del cielo, como verá, es muy típica. Un portón imitando al de San Pedro y muchas nubes. Para que la gente que llega no tenga que pensar mucho antes de darse cuenta de que está en el cielo. Acá llegan inservibles de todos lados. Llega aquel que no labura y aquel que trabaja 12 horas en una panadería pero es incapaz de hornear un pan con grasa con la forma de un cañoncito. ¿Ve aquel boxeador con barba? ¿Alguna vez vio a un buen boxeador barbudo? Un inservible. Mire a aquel otro que escribe, escribe y nunca produce una página, ya no le digo memorable, por lo menos recordable... Y de aquel lado, conectado al wifi, están los inservibles de las redes sociales. Allí está el que grita goles por el tuiter y el que tiene dos cuentas, una real en la que dice las cosas que le dejan y otra falsa en la que dice las cosas que le gustaría decir. Las dos son una porquería, le juro. Allá están los ascensoristas de edificios de dos pisos. Y de aquel lado está la parcela de los que no llegaron a ser artistas y se convirtieron en críticos de arte.

-Cielo, cielito que sí, cielo de los inservibles, ya me cansé de cantar, ahora quiero comestibles..., se escuchó entonar en la lejanía

El portero continuó señalando a diestra y siniestra.

-Mire aquel, el que hace gestos y se ríe de sus chistes. Hacía stand up. Es decir, contaba tonterías de parado. La gente que lo rodea es la misma que lo escuchaba en la tierra. Llegaron todos juntos el día en que el denominado Comando contra el Curro les metió una bomba en el teatrito under.

Recién entonces el portero se interesó por el recién llegado.

-No le voy a preguntar detalles de su vida. Pero dígame ¿qué hacía o que dejaba de hacer usted para merecer el cielo de los inservibles?, preguntó.

Yo le contesté la verdad acerca de mis ineficaces tareas terrestres.

-Entre otras cosas me dedicaba a escribir desprolijamente, pasando en los relatos de la tercera persona a la primera sin solución de continuidad. La gente, imagínese, no entendía nada pero a mí me resultaba más cómodo, contestó el individuo.

Era la más pura verdad. Por pura ineficacia yo saltaba alegremente de persona. Y esa falla, humana pero intolerable en alguien que escribe, fue la que finalmente lo empujó al cielo de los inservibles.

-Entiendo, le dijo el portero al recién llegado. Y le señaló un teclado para que yo pudiera escribir desastrosamente por toda la eternidad.

Entonces, atendiendo su señal, me tiré en la hamaca paraguaya más próxima e intentó reescribir el principio de este relato para que quedara claro quién era el escribiente y quién el protagonista.

-Cuando terminé de morirse, el cielo se le presentó como una inmensa llanura blanca...; Cuando terminó de morirme, el cielo se me presentó como una inmensa llanura blanca...; cuando terminó de morirse...; cuando termino de morirme...; cuando termine...

Y así, saltando equivocadamente de persona en persona hasta el final de los tiempos, él también me gané el cielo de los inservibles.


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