Uruguay, esa penillanura levemente ondulada que invita al suicidio

Todos los días, uno o dos uruguayos se suicidan por razones que parecen estar relacionadas con la desesperanza pero también con la geografía

Todos los días se suicida un uruguayo. A veces uno, a veces dos. No mueren por enfermedad, ni en un accidente, ni como resultado de un crimen. En este país tan preocupado por la seguridad pública, son unos 250 los asesinados por año y más de 500 los que se suicidan.

En Uruguay, en ese país en el que muchos dicen tener la suerte de haber nacido, hay muchos que no quieren vivir. El tranquilo Uruguay, el de mejor reparto de la riqueza de todo Latinoamérica, el de la tolerancia política ejemplo del mundo, es el emporio de la bala, la cuerda o la pastilla usada para terminar con uno mismo.

Uruguay tiene uno de los índices de suicidios más altos del planeta y la mayoría de los suicidas son pobres. Gente que mira hacia adelante y no ve ninguna posibilidad de salir del cantegril. O, sin necesidad de ser un indigente, se trata de personas que trabajan mucho y que, lo saben, nunca podrán ganar lo suficiente como para vivir sin ahogos en un país donde las cosas son más caras que en París, un París que nunca conocerán.

Pero, al parecer, muchos de aquellos que tienen dinero también se sienten desolados. Y lo mismo da si tienen saberes y capacidades. Si son buenos en lo suyo podrán tal vez prosperar, pero no se les permitirá trascender demasiado porque muy poca cosa de lo que sucede en Uruguay es trascendente.
En este país de oportunidades mínimas para casi todos, tampoco hay lugar para esconderse, para escaparse, para salir de ese lugar que vigila el ojo del portero o el del vecino.

Unos versos escritos hace décadas por Luis Palés Matos parecen retratar el escenario del que cualquiera querría escaparse más allá de su estabilidad emocional: “Aquel comercio lento, igual, que hace diez siglos; estas cabras que triscan el resol de la plaza; algún mendigo, algún caballo que atraviesa tiñoso, gris y flaco, por estas calles anchas; la fría y atrofiante modorra del domingo jugando en los casinos con billar y barajas; todo, todo el rebaño tedioso de estas vidas en este pueblo viejo donde no ocurre nada. Piedad, Señor, piedad, para mi pobre pueblo donde mi pobre gente se morirá de nada”.

Montevideo, la capital más austral del mundo -abajo, bien abajo- es gris, y el interior del país  no se cansa de bostezar. Al sur y al este vemos un cielo que parece no tener fin, al oeste intuimos el respiro de Buenos Aires, y el resto del mundo queda allá arriba y muy, muy lejos.
Dicen los que estudian las conductas suicidas que aquel que se pega el balazo, o se tira al vacío o vacía el frasco de pastillas no quiere morirse sino “dejar de vivir así”.

En esta parte del mundo, la forma parece indicar un exacto lugar geográfico. El “así” del suicida tiene el contorno de un sitio que quedó atrapado en el tiempo y la intrascendencia, al oriente de un río que se llama Uruguay.


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