Venezuela y Raúl Sendic: ¿cobarde el hijo e' tigre?

Al venezolano Maduro no le alcanzó la forma en que Sendic defendió al gobierno de Venezuela y lo tildó de "cobarde".

En 1960, más o menos un año después de que Fidel Castro entrara triunfante a La Habana con sus barbudos, el procurador y líder de los cañeros del departamento de Artigas, Raúl Sendic Antonaccio, visitó Cuba. Ese fue un punto alto de lo que ya se estaba gestando en Montevideo: el inicio de la guerrilla, que quedaría luego caracterizada por el nombre Tupamaros, y que aplicaría en el país la concepción foquista de la revolución.

Es historia. En Uruguay, la revolución cubana quedó impregnada no solo en la memoria y el discurso de los sectores radicales (que hicieron cierta autocrítica del pasado violento y de su concepción de la democracia), sino también de los grupos moderados liderados por personas que nunca estuvieron de acuerdo en tomar las armas en aquellos días calientes.

Ni siquiera el haber sufrido una década de dictadura en carne propia les torció a los izquierdistas locales el discurso acerca de que aquel sueño sesentista devino en una dictadura pura y dura.

La aceptan y justifican con el discurso de que cada pueblo se da su gobierno, un argumento que podría ser utilizado para justificar los bestiales gobiernos de, por ejemplo, algunos países africanos.

Pero la imagen de Castro, del Che Guevara, del débil que venció a los “gringos”, se solidificó en largos procesos de debates hacia adentro y fuera de las organizaciones políticas e incluso de quienes sin integrarlas formaron corrientes de pensamiento y opinión.

Nada de esto le da un tono de legalidad al gobierno del otro Castro (como en Corea del Norte la herencia política es genética en Cuba), pero lo enmarca en un tiempo donde la democracia liberal y la economía de mercado estaban siendo desafiadas por un bloque socialista que prometía la sociedad del pan y las rosas.

Medio siglo después, el hijo de aquel mito tupamaro, el actual vicepresidente Raúl Sendic, se ve envuelto en una situación incómoda con la que, para alguna izquierda latinoamericana, es la nueva Cuba: Venezuela. Si hay algo que fortalece esa idea es que Cuba depende hoy del petróleo venezolano y de la mano del discurso antimperialista del finado Hugo Chávez, hicieron una alianza muy cerrada.

En Uruguay, si la izquierda triunfó fue, entre otras cosas, porque demostró un estricto apego al Estado de derecho. Y los que quieran seguir ganando en el futuro tendrán que rercorrer ese camino, esperemos.

Hace unos días, en esos trabalenguas que a veces incurren los frenteamplistas para defender a Venezuela, Sendic apoyó la no injerencia en lo que allí está pasando pero, a la vez, dijo que no tenía pruebas de que Venezuela estuviera amenazada por una agresión exterior, como sostiene Maduro que agita el fantasma del imperio.

Unos días después, el viernes 6, en El Observador TV, Sendic volvió a defender al gobierno de Maduro pero esta vez manejó la posibilidad de que alguien quisiera desestabilizar al gobierno venezolano. Y dijo más: aseguró que el gobierno bolivariano no salía a matar gente en la calle.

Se llevan contadas más de 40 muertes de jóvenes en las protestas antigubernamentales en Venezuela.

Chávez nunca fue Castro. Y el presidente Nicolás Maduro nunca será Chávez. Y ya no estamos en los 60. No hay más elaboración teórica que la de un proclamado socialismo del siglo XXI que haría mejor al mundo (“Si tú te levantas a las tres de la mañana para ir al baño, compadre, ¿por qué hay que prender ese poco de luces? Ponga la linterna ahí, en la mesa de noche”) y que terminó en manos de un exseguidor del Sai Baba que habla con el extinto comandante a través de un pajarito.

Este barro revolucionario huele muy mal desde el inicio. Maduro terminó diciendo que al no reconocer que Estados Unidos está por invadir Venezuela, Sendic es un “cobarde”. La izquierda uruguaya lleva sesenta años cargando con la defensa de la dictadura cubana. ¿Cuántos invertirá en la democradura del pajarillo?


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