Veranos (y sus comidas) eran los de antes

Cada vez se hace más evidente la existencia del cambio climático, con fenómenos atmosféricos desde hace tiempo previstos y temidos por científicos y ecologistas.

Que ese cambio está en curso podemos notarlo los uruguayos, ya que nuestros veranos actuales son bastante diversos de los de antes. Ahora sufrimos lluvias muy copiosas de tipo tropical que duran por lo menos un par de días y que nos llegan casi puntualmente todas las semanas. Además, es notoria la irregularidad de las temperaturas, que alcanzan hasta los 40 y pico de grados algunos días y son de 20 grados menos en otros, incluso con noches que parecen casi de invierno.

Si es que no me falla la memoria, por más que en ocasiones sea algo selectiva (¡cosas de la edad!), en los veranos de algunas decenas de años atrás las temperaturas eran bastante constantes y parejas, aunque ciertas veces pasaban de los 35 grados, y normalmente llovía poco.

Hay cambios también en la temperatura del agua de nuestras playas oceánicas y del Río de la Plata. Ya no es tan fría y estimulante como antes sino más bien tibia y parecida, no para bien, a la de los mares del trópico. Este cambio afecta también a la fauna marina.

Entre otras cosas provoca la aparición de nuevas y extrañas medusas (las llamadas “fragatas portuguesas” o algo así), que “pican” mucho más que las que ya conocíamos y de bacterias muy peligrosas para quienes tengan alguna pequeña herida en el cuerpo.         

Además están las algas tóxicas, éstas sin duda obra del hombre y de sus glifosatos, fertilizantes y otros productos químicos utilizados en la agricultura actual, amén de mareas rojas y contaminaciones varias que a menudo nos impiden comer mejillones, almejas y berberechos.

Ya uno empieza a dudar no sólo de lo oportuno de meterse en el agua del mar sino también de comer pescados y mariscos, que además están a precios desmedidos. Para una corvina negra (pensamos en una a las brasas y se nos hace agua a la boca) hay poco menos que pedir un préstamo.

Hay, por lo tanto, directa e indirectamente por culpa del cambio climático y de sus efectos colaterales, modificaciones en las comidas habituales de todos los días en esta época. Como es frecuente que de tardecita y de noche esté fresquito de más, como decía un amigo gallego o corpo pide platos más sustanciosos que los livianitos del verano. De ahí que reaparezcan fuera de época algunos guisos y cazuelas adecuados cuando por las noches tenemos 15 grados o menos.

Dejado atrás ese Triángulo de las Bermudas que son las fiestas de Navidad, Año Nuevo y Reyes y sus excesos gastronómicos impulsados por las tradiciones de nuestros antepasados europeos, que nos llevan a comer alimentos típicos del invierno del Viejo Mundo, y con el propósito de lucir cuerpos más gráciles en las playas -aparte de que el calor hace disminuir el apetito- son muchos los uruguayos que durante el verano llevan a sus mesas platos poco pesados. En estos meses nos da por la dieta mediterránea… aunque hasta cierto punto.

Con los productos de estación, es normal que abunden las ensaladas (pero los uruguayos en general no somos muy imaginativos en este rubro) y platos como la torta pascualina, los zapallitos rellenos, los pollos al espiedo y los espaguetis (mejor de trigo duro) con una salsa simple, suave y gustosa como la napolitanísima pummarola.

Asimismo, con tomates –un fruto del paraíso, como calificaron los europeos a este notable producto americano-, ajíes morrones, berenjenas o zucchine, carnes vacuna y ovina poco grasas a la parrilla y pescados (aunque ahora son un lujo) se consumen en verano, entre otros, platos de variados tipos. Sin olvidar las paellas y arroces sólo con mejillones o con pollo.

Pero, como está dicho más arriba, cuando la noche se pone fresca nos apetecen algunos platos más contundentes, antes no usuales en esta época. Si la cosa sigue así hasta somos capaces de comernos un guiso morrocotudo de porotos o de lentejas. La culpa la tiene el cambio climático.


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