Vistos de afuera, vistos desde adentro

La ganadería no crecerá si persiste la desconfianza entre productores e industria

Uno supondría que en una era global de redes sociales y banda cada vez más ancha todo se sabe y todo se conoce. Tiramos una garrafa de la altura del estadio, el partido de más convocatoria del fútbol local no puede jugarse, todo termina en caos. Eso uno supone es un fenomenal papelón. Lo es sin duda. Pero muestra un aspecto curioso del momento uruguayo. Desde afuera nos ven mucho mejor de lo que somos vistos desde adentro.

El fútbol es un caso emblemático. La selección uruguaya tiene la menor tasa de expulsiones de la historia. Ha apostado por primera vez a jugar caballerosamente. La historia de la selección uruguaya incluye la rehabilitación de Suárez, de villano mordedor a implacable goleador que se supera a sí mismo año tras año.

La imagen contrasta radicalmente con la de una parte del fútbol doméstico –no todo– que ha hecho del actual campeonato uruguayo algo penoso, desvirtuado, que uno casi desea termine de una vez.

Para el observador superficial externo el fútbol de Uruguay es el de un país que en los últimos diez años ha dado un salto cualitativo del subdesarrollo al emprendimiento responsable. Para los observadores locales es la imagen de una degradación cultural en la que la cocaína ha copado sectores importantes de la sociedad y la gente normal y Pacífica ya no puede ir a algunas tribunas del Estadio Centenario.

El del fútbol es un caso fundamental porque es nuestra principal vidriera para que nos conozcan en el mundo. Ir a un Mundial y tener un correcto desempeño es participar de una vidriera con miles de millones de observadores. Algo extraordinariamente valioso. Y arriesgamos a que imágenes extremadamente vergonzosas lleguen al público.

Pero no es el único caso en el que la mirada externa contrasta con la realidad interna.

El de la carne vacuna es otro caso similar. Desde afuera somos un ejemplo. Trazabilidad, animales bien tratados, genética de primera, acceso a casi todos los mercados. Pero adentro hay una discrepancia permanente, una falta de inversión que debe empezar a preocupar.

Los precios se mueven con poca relación respecto a los internacionales. Suben y bajan de una manera muy diferente por ejemplo a los de la soja donde los agricultores sienten que hay una operativa fluida y justa o en los lácteos, donde el productor siente que la industria es una organización aliada. En esta semana se volvió a desatar una guerra de declaraciones entre productores e industriales. La faena de vientres de este año será la mayor de los últimos tiempos y la producción de terneros en el próximo otoño será consecuentemente de las más bajas de los últimos tiempos.

Maracaná derivó en un declive que terminó en una participación papelonesca del fútbol uruguayo en el mundial del 74 y a no clasificar en los mundiales siguientes y a una persistente división respecto a si era mejor jugar con los futbolistas locales no muy buenos pero motivados o las estrellas de afuera que no ponían todo de sí.

Solo cuando se superó esa división, Uruguay volvió a ser competitivo. Por ahora muchos productores sienten que cuanto más produzcan más injusto será el comercio. Sienten que las industrias no tienen mucho interés en generar condiciones para que la producción crezca.

Con las divisiones actuales la ganadería uruguaya será superada por la de Brasil, Argentina y Paraguay, y seguirá perdiendo hectáreas ante la forestación y la agricultura. Nuestro Marcaná ganadero conquistando mercados a los que nadie accedía queda cada vez más atrás.

De afuera nos verán muy bien, pero adentro, hay problemas no menores a los del fútbol uruguayo. Si no resolvemos rápido una situación de desconfianza entre productores e industria, quienes nos idealizan en el mundo, acabarán enterándose de que el exitoso modelo uruguayo no logra crecer y no aprovecha las virtudes del producto. Si no solucionamos rápidamente los problemas instalados al interior de algunos clubes de fútbol, acabarán enterándose de que detrás de la celeste hay un cambalache. No es el fútbol o la carne, es la imagen de Uruguay la que está en juego


Acerca del autor