Vivir para contarla

El hermano mayor, del uruguayo Daniel Mella, es una novela sobresaliente de neto corte autobiográfico que describe la hecatombe familiar tras la muerte de un hijo
En un momento crucial de la novela, cerca del final, Daniel Mella –en su doble condición de narrador y protagonista– se hace una de las preguntas más difíciles de responder para cualquier autor: ¿es lícito hacer literatura con la muerte de un familiar?

La respuesta, magnífica, está en la última oración de un libro que parte de una tragedia para convertirse luego en una lucha incesante para conservar un yo que amenaza con diluirse, en medio del dolor inconmensurable por la desaparición de un hermano.

La muerte, siempre absurda, resulta en este caso también infame, ya que Alejandro muere al recibir la descarga eléctrica de un rayo en su casilla de guardavidas en una playa cualquiera de la costa uruguaya. Es un accidente, sí, pero ¿cuántas son las probabilidades?

En vez de torturarse con ese punto, Mella acepta los hechos y decide contar todo lo que sucede durante los dos o tres días que van desde que la familia recibe la noticia hasta el día del entierro. Y lo hace desde la más absoluta honestidad, sin guardarse nada: ni las mezquindades, ni los exabruptos, ni las escenas más íntimas de dolor.

La novela no es homenaje al hermano perdido, ni catarsis o exorcismo, es certidumbre.

Conciencia amarga de que la realidad supera a la ficción y que nada se puede hacer. Y todo le llega al lector como un alud, desde la primera a la última página, sin cortes, sin anticlímax, sin intermediarios. Del corazón al papel.

La prosa de Mella, por lo general estupenda, alcanza aquí las más altas cotas de excelencia. En las primeras páginas, por ejemplo, es capaz de describir todo el carácter de su hermano recordando únicamente su forma de abrazar a las personas. Puede establecer diálogos, interrumpirlos y volver luego a ellos, con una soltura apabullante.

No duda además en mostrarse desnudo, en mirarse al espejo sin una gota de maquillaje. Se pregunta si él mismo no ha creado su propia leyenda de joven prodigio de las letras, con su familia mormona a cuestas, que le da siempre un color inusitado a su biografía, con su sorprendente y voluntaria década de ausencia en las librerías tras el gran éxito literario que cosechó con solo 21 años.

Porque la novela es presente pero es, fundamentalmente, pasado. En alguna página difuso, como si fuera el de otro; en otras claro, como el cristal de una lupa. Un tiempo remoto hecho de escenas familiares compartidas pero también individual, secreto.

Hay varias escenas memorables que, sin embargo, son dichas como al pasar, contadas con la misma trascendencia o intrascendencia que las demás. Alguna estremece, como cuando la madre le abre un parpado al cadáver de su hijo para mirar o mirarse en esa pupila ya ausente. O la pelea con la hermana mayor, que no quiere que su madre le revise el celular al muerto porque "¡Eso no se hace!".
Aunque lo cuenta todo, también son importantes los silencios que logra crear Mella. Las pausas entre una pregunta y la respuesta que se demora, las charlas de la familia en el patio, hechas de monosílabos, frases inconexas y comentarios laterales. La naturalidad absoluta a la hora de narrar lo que no es lineal sino arremolinado.

Otro de los méritos del libro es que no resulta triste. No es llanto, no es negación, es encajar el golpe. Con estoicismo, con nostalgia, con algo de revancha si se quiere pero con una gota de esperanza, solitaria pero irrebatible.

"¿Qué íbamos a hacer con la muerte de Alejandro? ¿Íbamos a permitir que nos dejara igual a como veníamos? ¿Cuál habría sido su deseo? ¿Para qué estaba la familia?", se pregunta Daniel Mella. La respuesta es este gran libro.

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Acerca del autor

Andrés Ricciardulli