Wallander, una vez más

El sueco Mankell condensa su mejor literatura en una obra póstuma que humaniza a su personaje icónico
Jorge Luis Borges creía que la historia de la literatura era la historia de tres o cuatro metáforas esenciales que los hombres reformulaban constantemente según pasaban los años. Aunque algo reduccionista, el pensamiento quería transmitir la idea de que los temas importantes son unos pocos, pero las formas de expresarlos, infinitas.

Lo mismo podría decirse de la literatura policial desde que Edgar Allan Poe la inventó sin darse cuenta. Varían las circunstancias pero siempre hay un asesino, un cadáver, un detective y una investigación más o menos extensa.

Los mejores autores del género, con Henning Mankell (1948-2015) entre ellos, aportaron un nuevo punto de complejidad al juego, al incluir al entorno social como un personaje más. Lo hicieron los escritores estadounidenses que fundaron la novela negra y que criticaron sin pudor el sueño americano, y lo hizo el creador del detective Kurt Wallander, que mostró con sobriedad el lado oscuro de la inmaculada Suecia.

Huesos en el jardín, la última novela de la saga traducida al español, es atípica en varios sentidos pero mantiene la esencia del personaje y del estilo narrativo de Mankell. Lo primero que llama la atención es que se trata de una novela corta, que sorprenderá a quienes están acostumbrados a seguir a Wallander durante 400 páginas.
Este dato no es menor, ya que transforma la obra en un exquisito destilado donde no sobra ni un párrafo y cada pieza del puzle se agrega con precisión matemática. Si bien se extrañan las notables descripciones geográficas, sociales y detalles secundarios que Mankell siempre incluía, la corta extensión de la obra sirve para poner de relieve otras virtudes del autor sueco.

En este sentido, lo primero que hay que destacar es la habilidad de Mankell para, en un par de capítulos, resumir la personalidad de un Wallander que vive con una hija que le recuerda constantemente a su exmujer, que es un fanático de su trabajo aunque no cree demasiado en la justicia, que extraña mucho a su padre fallecido, que vive intentando entender su propio carácter y ese agujero negro que parece devorarlo desde adentro.

Como la novela se sitúa antes de la última de la saga, es conmovedor ver cómo el autor va anticipando detalles del descalabro psicológico del detective, que comienza a sufrir los primeros síntomas del alzhéimer que lo alejará de su trabajo en el volumen que cierra la serie, El hombre inquieto.

Es notable cuando en medio de cualquier parte de la investigación se desliza sutilmente que Wallander olvida las llaves del coche o los lentes. Pero resulta aun más demoledor cuando Mankell lo muestra embobado, dentro de su coche, sin saber que hacer a continuación, para luego súbitamente despertar y lanzarse como un rayo a por su presa.

El caso policial en sí mismo no es memorable, pero si todo lo que lo rodea. Un compañero de trabajo le ofrece al detective una casa rural de un pariente que está a la venta, un sueño que Wallander persigue desde hace años. En la primera visita al lugar, descubre una mano que asoma de la tierra del jardín y luego un esqueleto completo enterrado. Y no hay mucho más, aunque sí lo hay.
Porque lo que importa, en este caso, es como el sueco cuenta las cosas, su prosa prístina y sensible al mismo tiempo. Como la mano parece indicar dónde está el resto del cadáver, como emerge para revelar el crimen. O como el detective se olvida de las cosas, pero no de esconder la botella de alcohol para que su hija no la vea. La naturalidad absoluta de los diálogos o la forma de quedarse dormido frente al televisor.

Sólida y contundente, Huesos en el jardín es una novela estupenda y un regalo inesperado para los seguidores del gran Henning Mankell.

Populares de la sección

Acerca del autor

Andrés Ricciardulli