¿Y qué hacemos con los teléfonos públicos?

Esta crónica arranca en Barcelona, en el verano de 2003. Vivía sin televisión, smartphone ni internet (y era feliz)

Un aparato de radio era el único contacto con la realidad en aquel apartamento de la calle Acácies, en el distrito de Nou Barris, en el norte de Barcelona.

No había televisión, internet ni mucho menos computadora. Yo tenía 13 años menos y era feliz. Usaba un teléfono móvil con el novedoso sistema de mensajes de texto y siempre muy poco crédito arriba, que compartía con Laura, mi novia. No había tanta ansiedad por saber qué pasaba en todos lados, no conocíamos la adrenalina de las redes sociales ni esa maldita culpa que hoy aparece si uno no mira el celular cada cinco minutos.

Para saber qué sucedía en Uruguay teníamos que buscar una computadora en la biblioteca pública más cercana, en la universidad donde estudiaba o en la casa de unos familiares -mis tíos Alicia y Carlos-, una suerte de padres postizos en mi año catalán.

Parece de la prehistoria pero es real: para realizar algunas llamadas a veces había que ir a los teléfonos públicos que –por cierto- en ese entonces ya se encontraban en un estado general deficiente en Barcelona. Y este es el punto central del post.

Estoy seguro que la red de teléfonos públicos era lo único que funcionaba peor allá respecto a Montevideo. Se había deteriorado muy rápido, debido al avance de los celulares y, de hecho, conseguir uno que no estuviera roto era una misión difícil. Lo comenté en la redacción del diario El País en Barcelona, donde realizaba prácticas. Casi nadie se había enterado: se ve que ellos tampoco los usaban. Investigué un poco y el asunto terminó siendo tema de uno de los artículos que publiqué en el verano de 2003 en la edición catalana de ese diario.

Resulta que, de las 6.600 cabinas públicas que existían entonces en la provincia de Barcelona, entre 200 y 500 -dependiendo del periodo del año- permanecían rotas al menos un mes seguido. La conclusión era evidente: ya no resultaban un negocio.

En todo aquello pensaba el otro día cuando me crucé con una cabina destrozada acá en Montevideo: ni teléfono tenía.

El tema hoy a nadie le preocupa (o al menos eso parece), debido al auge de la telefonía móvil en todos los barrios y clases sociales. Al fin y al cabo todo tarda pero llega.

¿Acá se siguen vendiendo tarjetas telefónicas? Esta semana llamé a consultarlo al teléfono 121 de ANTEL y el muchacho que me atendió se sorprendió por la pregunta, poco habitual. Luego de titubear, respondió que se venden en los supermercados Disco, Devoto y Geant, en Abitab y, si no, en los centros de ANTEL "tendría que haber".

Luego comprobé que la respuesta estaba lejos de ser correcta: ni en la red de cobranza ni en esas cadenas de supermercados se pueden conseguir hoy tarjetas con chip. Ya no las venden.

El funcionario me explicó que el problema es que se trata de un servicio que hoy "casi no se usa", más allá de que se sigue promocionando en la web de la empresa.

¿Pero hay teléfonos públicos que funcionen bien? ¿Cómo se puede saber dónde están? Si no se usan, ¿por qué no se retiran? "No le sabría decir", me dijo el desconcertado muchacho que me atendió en el 121.

Entonces consulté al departamento de prensa de ANTEL que, vía correo electrónico, me respondió que hoy quedan 2.000 teléfonos en todo el país, de los 15.000 que originalmente existían. La reducción se debe "a la merma" en el uso, sumado a "los costos asociados a su mantenimiento y la escasa recaudación reportada".

Dice ANTEL que la mayoría de los teléfonos que aún funcionan se encuentran en escuelas y liceos públicos, aeropuertos, terminales de ómnibus, puertos, hospitales y mutualistas, seccionales policiales, cárceles, centros CAIF, hogares del INAU y, claro, locales de la propia empresa.

Pero no estaría mal que retiraran de la calle los esqueletos como el que ilustra este post, en la rambla a unos metros de Kibon. Montevideo sería una ciudad un poco menos decadente.


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