"Yo antes de ti", un amor sobre la superficie

El filme trata su foco con poco tacto y produce protagónicos bidimensionales

en el universo de las películas románticas, claro está, el exceso de dulzura es un pecado habitual. Más allá de los resultados que declame la taquilla, los filmes románticos que logran soportar la prueba del tiempo (y de la crítica) son los que están más conscientes de la facilidad y del atractivo instantáneo del sacarino lugar común, y, a pesar de ello, eligen deconstruir el amor, darle profundidad a sus personajes o entender que el mejor final no siempre es el feliz o el triste, sino el que vive en el medio, real.

Adaptado a partir del bestseller homónimo de la británica Jojo Mojes, Yo antes de ti retrata el vínculo entre Will (Sam Claflin), un adinerado hombre cuadripléjico decidido a acabar con su vida, y Lou (Emilia Clarke), la alegre joven que lo cuida, con la intención ostensible de ser una de esas películas que trascienden, una suerte de lección de vida sobre el alcance que tiene el amor cuando es confrontado a la autonomía de sus partes, a las decisiones propias.

Pese a sus aspiraciones, el filme falla a la hora de tratar uno de sus puntos más sensibles e importantes: la inmovilidad de su protagonista y lo que eso despierta en él y en su entorno. Originalmente orientada a la compañía y la vigilancia, la relación de Lou con Will naturalmente progresa al amor, pero el "antes" con el que coquetea constantemente Yo antes de ti es la mayor brecha entre ellos. Lou, con la efervescencia que la define, intenta cambiar la forma en la que Will ve la vida, pero él una y otra vez demuestra estar estancado en lo imposible, al igual que sus padres. En él el disfrute solo es efímero, una anestesia volátil; lo que prevalece son las pocas ganas de continuar, una postura que provocó la rabia de los defensores de los derechos de los discapacitados en Reino Unido, quienes ven en Will una representación que, una vez más, une las discapacidades con la noción de una vida que no merece ser vivida.

Uno de los aciertos del filme es la química entre Claflin y Clarke, más fácil de adjudicar a los actores que a la forma en la que sus personajes están construidos. Will y Lou son vagamente delineados por el guion y el trasfondo personal de ambos solo se adivina en un par de referencias a la infancia, como las medias favoritas de ella o el lugar predilecto de él. Lo que los caracteriza hoy, en cambio, es reduccionista: ella, alegre, ama los atuendos extravagantes y no hace mucho con su tiempo libre; él, enamorado de su pasado yo, es fanático de las aventuras y las películas extranjeras.

Aunque la bidimensionalidad con la que se ilustra a Will es la más dañina, el personaje de Clarke también se ve afectado por la visión monolítica de Mojes, encargada del guion. El personaje de Lou responde a la estereotípica Manic Pixie Dream Girl (MPDG) del cine anglosajón, una mujer peculiar, algo infantil y con chispa que existe (en términos narrativos) para asegurar la felicidad de su contraparte masculina o para facilitar su misión en la vida, quiera o no ser ayudado.

Entonces, la MPDG de Clarke va de la mano de una actuación que intenta ferozmente soslayar la solemnidad de Daenerys Targaryen en Game of Thrones, pero solo logra desbordar de intensidad adorable. Claflin, en tanto, hace un esfuerzo de menos decibeles por canalizar al típico galán inglés de sonrisa encantadora y obtiene un resultado más respetable. Lo que resta, sin embargo, es lo que Clarke y su personaje aportan: felicidad y tristeza superficiales, agridulces bajo capas y capas de azúcar.

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