Entre los tiros de Casavalle y la marcha de Carrasco
El miedo institucionaliza la peor consecuencia que una sociedad puede sufrir producto de la inseguridad: la intolerancia.
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05
2013
Nada más peligroso que una sociedad temerosa. Las sociedades temerosas han terminado por aceptar las barbaridades más espantosas. Dictaduras, leyes autoritarias, justicia por mano propia.
Hay ocasiones en las que uso el Twitter solo para recibir el rebote. Cosas en las que dudo o quiero confirmar, las tiro en esa olla de grillos mudos donde se lee cualquier cosa, y miro como rebota. En un tuit hice notar que mientras en Casavalle suenan tiros todos los días, hubo un enfrentamiento de narcos y la escuela suspendió las clases, la marcha por seguridad de hoy se hace en Carrasco.
No hay necesidad de alentar la fragmentación haciendo comparaciones que no vienen al caso, pero bastó simplemente contrastar ambas situaciones sin juicios de valor para confirmar, en el rebote, algunas cosas.
Los vecinos de Casavalle, el barrio más pobre de Montevideo, no tienen idea de lo bien y en paz que seguramente se sentirían si tuvieran una casa en el barrio costero, y los vecinos de Carrasco, que temen a la realidad que les toca vivir, no tienen idea –porque una cosa es leerlo en el diario- lo que es recibir una llamada para que vayan a buscar a sus hijos porque un grupo de narcos está a los tiros en la puerta del colegio.
El que alienta el resentimiento y la estigmatización es un peligro (“En Casavalle son más propensos a hacer marchas por la muerte de algún rapiñero”, disparó uno en el TW) pero el que piensa que todo es igual es más peligroso aún, por ignorante.
Lo único que iguala a quienes viven en un barrio y en otro es el miedo, pero las realidades sociales, los contextos donde se desarrolla esa violencia y las posibilidades de hacer frente a ella no tienen punto de comparación.
No lo entenderá quien no quiera entender que la inseguridad es algo subjetivo: aquí le temo a un robo, aquí a una balacera en la esquina; aquí le temo al momento de bajar del auto y entrar al garage, aquí a caminar dos cuadras por una boca de lobo en medio de una fila de ranchos.
Expresar que se está en contra o que causa aprensión una marcha por seguridad es ganarse la repulsa intolerante de un montón de gente. Uno no los califica ni les desconoce el derecho, solo expresa su discrepancia y eso alcanza para convertirse en un filo rapiñero.
Tirar un tuit sobre este punto, me permite ver en algunos rebotes uno de los principales riesgos institucionales que la inseguridad le acarrea a una sociedad: el estado de intolerancia que genera el miedo.
05
2013
El fin de semana el diario El País informó acerca de una reunión que autoridades policiales mantuvieron con jueces y fiscales en la que los uniformados informaron sobre la peligrosidad que implica que organizaciones internacionales de narcotraficantes hayan comenzado a operar en Uruguay en el marco de lo cual se han detectado amenazas a la integridad física de los magistrados.
Si bien la crónica no da nombres, dice que por un lado los magistrados se molestaron porque no se les avisó debidamente sobre estos supuestos riesgos y por otro hubo quienes desconfiaron de la información y la interpretaron como una maniobra de la Policía para lograr una mayor mano dura de parte de los jueces.
Si esto es así, los jueces que piensan de esta manera son unos ignorantes, irresponsables o inocentes. Es probable que en la maraña de trabajo que implica la tarea de juez y el atender casos que van desde robo de gallinas hasta delitos de cuello blanco pasando por asuntos del crimen organizado y denuncias por difamación, los magistrados no tengan tiempo de leer algunos trabajos internacionales sobre los alcances de la mafia.
Uruguay no era un país de consumo sino de tránsito de drogas hacia otros mercados, hasta que lo fue. Toneladas de marihuana llegan al país con el único fin de ser consumidas aquí.
Uruguay no era un país donde el consumo de drogas se convirtiera en problemático para la seguridad pública, como lo fue en su momento la heroína o el crack en otras naciones, hasta que apareció la pasta base.
Uruguay no era un país de producción de drogas, hasta que en varios operativos se encontraron laboratorios para procesar la pasta base y convertirla en la más rentable cocaína.
Uruguay no era un país interesante para las grandes organizaciones del narcotráfico (salvo a los efectos del lavado de dinero) hasta que aparecieron narcos colombianos y mexicanos requeridos en el exterior por pertenecer a peligrosas organizaciones delictivas.
Las cárceles de Uruguay no eran un potencial centro de accionar delictivo de importancia hasta que los narcos locales, instruidos por estos expertos internacionales, comenzaron a manejar el tráfico desde sus celdas.
Las cárceles de Uruguay nunca habían estado tan al alcance de la corrupción de grandes capitales, hasta que estos ricos narcos extranjeros se convirtieron en un nuevo problema carcelario.
En Uruguay no había sicarios vinculados al narcotráfico pero hoy es larga la lista de abatidos en ajustes de cuentas por pequeños y no tan pequeños negocios (recordar los ocho tiros que mataron al “empresario” Washington Bocha Rissoto).
En Uruguay era impensable que se atentara contra una autoridad nacional, pero hoy hay varios funcionarios que andan en coches blindados desde que un informante de la Policía reveló que un narco local estaba organizando desde el exterior un atentado con bomba contra el director nacional de Policía, Julio Guarteche.
En Uruguay es impensable que el narcotráfico asesine a un juez.
10
2012
Hace casi 40 años, solía jugar al fútbol en las calles aledañas al Marconi. Hace 40 años que los pibes del Marconi pasaban por ahí, descalzos, a veces en harapos, tirando ellos de carros cargados de todo porque ni caballos tenían.
Hace 40 años jugábamos al fútbol en las canchas del Marconi y será imposible olvidar el olor a orín y a excremento que había en los pasadizos repletos de ranchos, de perros y de pibes revisando la basura.
Hace 40 años que pasan cosas horribles en el Marconi. Lo de esta semana fue una más, horrible, pero una más al fin.
Aquellos pibes que hace 40 años pasaban tirando carros, nunca salieron de ahí. Ni ellos, ni sus hijos, ni los hijos de los hijos. Porque si vivis en el Marconi y tuviste hijos y no te moriste antes de esas muertes imprevistas que a veces ocurren en esas zonas, ahí podés ser abuelo con 30 años, mamá con 15 y con 10 tenés muchos kilómetros de calle recorridos.
Apenas uno de cada 10 muchachos termina el liceo. Hay quienes dicen que es mucho peor ahora por la pasta base y todo lo demás, pero en aquellos días, hace 40 años, conocí a muchos que solo iban a la escuela de General Flores y Guerra porque ahí daban de comer. Y era lo único que comían en todo el día.
Hace 40 años. Hay algunos, de esos que solo conocen al Marconi en períodos electorales, que dicen que en esto de la seguridad pública no hay herencia maldita. La visión cortoplacista de nuestros hombres públicos no es sólo hacia adelante; también tienen roto el espejo retrovisor. No sé dónde estarían hace 40 años, ni sé si saben a qué huele un rancho levantado en el medio de la mierda y el orín.
Hace 40 años que viven entre la mierda y el orín y eso no les da patente de nada ni los pone por encima de la ley. Pero lo extraño no es que haya pasado lo que pasó en estos días; lo extraño es que no pase más seguido.
08
2012
En estos días que se empieza a hablar del control de los contenidos violentos en televisión y en momentos que la seguridad pública parece haber salido -obvio que transitoriamente- del centro del debate, puede ser bueno un ejercicio de comparación. Comparar horrores y vernos a nosotros frente a ellos.
Ya nadie parece discutir que el asesinato de un empleado de La Pasiva en mayo marcó un antes y un después en la actitud del gobierno. Hubo marchas de indignados, organizaciones gremiales hicieron oír su voz, los editorialistas pusieron el foco en la rapiña, se repasaron cifras, se debatió. Y un tiempo después el gobierno casi en pleno se presentó ante la ciudadanía para anunciar un plan de medidas en torno a la seguridad que hicieron pensar que el “efecto La Pasiva” activó al oficialismo.
Un tema de los que estuvo en debate fue la decisión de los canales de TV de repetir decenas y decenas de veces las imágenes de la cámara de seguridad del negocio que registró el crimen. ¿Cuántas veces se debió emitir para que hubiese una especie de consenso social que dijera que era suficiente?
Pongamos que sí, que estamos de acuerdo en que se emitió demasiadas veces. entonces ¿cuánto era lo correcto?
La responsabilidad y la pericia de los comunicadores se mezcla con los límites de la libertad de expresión y con el interés ciudadano.
Sin aquellas imágenes no hubieran sido posibles las marchas, las manifestaciones gremiales ni, seguramente, aquella conferencia de prensa del gobierno cuyos anuncios por estos días han cambiado bastante producto de diferencias internas.
Y sí, las imágenes también alentaron a los reaccionarios, a los de la mano dura, a los políticos que han venido aprovechando el tema de la inseguridad para levantar algún voto más. Pero así es la libertad.
Como contracara de aquella muerte que las pantallas emitieron una y otra vez, esta semana tres pibes fueron asesinados, uno era un recién nacido, el otro tenía 15 meses y la última 5 años, a quien mataron a puñaladas con un destornillador. Cinco años. Imaginatela.
No hay indignados, ni grandes protestas, ni habrá conferencias de prensa oficiales. Tampoco habrá cuestionamientos a los medios porque las cámaras no estaban allí para mostrarnos a la nena desangrada. Por suerte no las había y por suerte no la vimos. Claro, no hay indignados, ni grandes protestas, ni habrá conferencias de prensa oficiales.
Parece que precisamos ver para reaccionar como suelen reaccionar los humanos ante situaciones como esta. Es un dato, apenas uno más, a tener en cuenta si es que en algún momento alguna brigada de la corrección quiere decidir qué vemos y qué no.
07
2012
Hay quienes sostienen que es positivo que los gobiernos oigan los reclamos de la ciudadanía y mucho más que se hagan eco de ellos. Sin embargo, hay algunos asuntos delicados que, ante el reclamo incluso de las mayorías (si es que fuera posible medir los reclamos más allá de las urnas), lo que se pone a prueba no es la sensibilidad de un gobierno sino sus convicciones.
En la democracia la ciudadanía habla a través del voto y luego el que gobierna es el gobierno. Los gobiernos pueden tener los oídos bien abiertos, pero deben tener siempre el pulso firme. Cuando los gobiernos empiezan a gobernar al grito de la ciudadanía (aunque sea el grito de la mayoría) entran en un terreno complicado y en ocasiones riesgoso.
Más de uno aplaudió la conferencia de prensa que el gobierno dio hace unos días para anunciar un plan de medidas de seguridad porque, presuntamente, respondía a un reclamo ciudadano. Lo que finalmente quedó en evidencia fue un tremendo acto de improvisación, quizás porque buena parte de las medidas que anunció no estaban dentro de sus planes porque la izquierda no cree en ellas.
Por años la izquierda, a mi juicio con tino, hizo notar que la evidencia empírica demostraba que el aumento de las penas no redundó en una reducción de los delitos o de la violencia; pero la tribuna pedía a gritos más severidad.
Así, anunció un aumento de penas para los menores, algo que no podrá concretar porque sus legisladores, más coherentes que el Ejecutivo, no están de acuerdo con ello. Pero la improvisación no se quedó en ese asunto.
Lo de la legalización de la marihuana, un anuncio que recorrió el mundo, se fue tornando con el paso de las horas en una medida que parece salida de una charla de boliche. El gobierno no consultó a casi ninguno de sus técnicos en el tema drogas. Primero dijo que se venderían 40 porros por mes, pero luego aclararon que serían 30 gramos. Primero dijo que habría un registro de consumidores, pero luego lo pusieron en tela de juicio. Primero dijo que el Estado monopolizaría la producción, luego dijeron que se podría tercerizar. El presidente habló de devolver las colillas (¿colillas?), luego se indicó que no.
Toda esta improvisación parece producto de la presión que la ciudadanía o parte de ella ejerce con sus reclamos de más seguridad. Cuando la seguridad flaquea y la tribuna pide medidas, lo que se necesita es un gobierno firme, cuyos aciertos y errores sean producto de sus convicciones y no de una presunta sensibilidad frente a reclamos populares, algo que se parece mucho a la demagogia.
Ser opinólogo no requiere diploma ni cuesta nada.
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