Los mellizos Matt y Ross Duffer escribieron en unas pocas semanas un episodio piloto de una serie, inspirados en sus películas y libros favoritos con los que se habían criado. Ambientada en la costa Este de Estados Unidos en la década de 1980, la serie tenía varios de los condimentos de las aventuras cinematográficas de la época: un grupo de niños sin demasiada supervisión paterna terminan salvando a uno de sus amigos cuando desaparece y a su pequeña ciudad de una amenaza sobrenatural.
En un dossier de 23 páginas, los Duffer ofrecían el resumen de la serie y una especie de “biblia” con referencias visuales y narrativas para ese proyecto llamado Montauk. Y salieron a volantearlo.
El libro Mundos del revés cuenta que tuvieron “entre 15 y 20 rechazos”. A los ejecutivos no les cerraba que aunque fuera protagonizada por niños, no fuera para ese público, y les rechinaba la ambientación en los años 80. El proyecto llegó a las manos del productor Shawn Levy, que se convirtió en un aliado clave para los hermanos cuando llegó la llamada de Netflix, ávida de nuevas producciones propias tras los éxitos de House of Cards y Orange is the new black.
Les dieron unos millones de dólares y los pusieron a trabajar. Antes de filmar, se dieron cuenta que la locación costera que habían imaginado no rendía, así que la historia dejó de estar ambientada en la localidad real de Montauk y se movió a la ficticia Hawkins, Indiana. Y le cambiaron el nombre al proyecto.
Este miércoles fue el principio del fin para lo que germinó de aquella propuesta inicial: Stranger Things estrenó en Netflix la primera parte de su quinta y última temporada: cuatro mamotretos de episodios de más de una hora que serán continuados con tres más en Navidad, y un episodio final de casi dos horitas que llegará a la plataforma el 31 de diciembre.
Embed - Stranger Things 5 | Tráiler del volumen 1 | Netflix
La conclusión para una de las series más exitosas y populares de la última década llega en un contexto peculiar para el proyecto, con una larga ausencia entre su cuarta entrega y esta, algunas rispideces dentro del elenco y una sensación de cansancio generalizado.
Además, Stranger Things sigue siendo todo un fenómeno aunque la sensación es que su peso cultural ha decaído de forma considerable respecto a estrenos anteriores, algo que no pasó, por ejemplo, con Game of Thrones, que tuvo en su última temporada un nivel de atención y fervor elevadísimo, aunque después el resultado haya sido una debacle que todavía cuesta aceptar.
Nostalgia de algoritmo
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Aunque ahora sea una de las esenciales del streaming, Stranger Things llegó al catálogo de Netflix en relativo silencio en julio de 2016, cuando las plataformas y sus producciones recién estaban asentándose como dominadoras en el esquema del entretenimiento moderno. En un panorama mucho menos saturado que el actual, la serie conquistó a las audiencias gracias a su combinación de ambientación ochentosa, personajes queribles y una trama sencilla pero efectiva.
Si hay algo que reconocerle a los Duffer y al resto del equipo, es la capacidad de usar y apelar a un licuado de referencias y guiños en puntos de la trama, que va desde los clásicos de Stephen King a las teorías conspirativas, pasando por el cine de Steven Spielberg, películas como Los Goonies, Cuenta conmigo, Pesadilla, Terminator y Alien. La música original, por otro lado, remite a las bandas sonoras de John Carpenter, el soundtrack tiene una selección de hitazos de la época, hay referencias a videojuegos, alimentos, series y demás elementos de la cultura pop estadounidense de ese momento, incluso reflejadas en algunas decisiones de casting, como las presencias en el elenco en distintos momentos de la serie de actores como Sean Astin o Linda Hamilton.
Esos ingredientes propiciaron el pastiche ideal para una época en la que todo es un remix y los productos culturales más exitosos son mezclas de influencias y referencias con una mano de pintura nueva encima. Además, suma anclas visuales fuertes en puntos como el vestuario o el diseño de producción, y un guion que cumple con ciertas reglas pautadas por algoritmos y guías diseñadas para retener la atención (se estipula en qué minuto tiene que aparecer un personaje nuevo o darse un giro narrativo, por ejemplo).
Esto se ve, por ejemplo, en El juego del calamar, que se alimenta del manga japonés As the gods will y de la novela Battle Royale (reconocido por su creador), o en La casa de papel, que directamente se robó una escena de la película de robos El plan perfecto, de Spike Lee.
Los niños más viejos del mundo
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Como para hacerse una idea: cuando empezó Stranger Things el presidente era Tabaré Vázquez, el director técnico de la selección uruguaya era Óscar Tabárez y estaba muy firme en el cargo, X se llamaba Twitter y la inteligencia artificial era un concepto de ciencia ficción. En todo ese tiempo, salieron 34 episodios de la serie repartidos en cuatro temporadas.
A modo de comparación con otros fenómenos recientes: Game of Thrones tuvo ocho temporadas en 9 años, Breaking Bad cinco en 6 años, Succession cuatro en 6 años. Ni siquiera es un tema solo de Netflix: The Crown tuvo seis entregas en 8 años, con dos cambios enteros de elenco y pandemia en el medio.
Más allá de cuestiones contextuales como el freno en los proyectos obligado por el Covid-19 y luego por las huelgas de guionistas y actores en Hollywood, las plataformas de streaming impusieron un nuevo modelo de producción que hace que las esperas de dos o tres años entre temporadas no sea una excepción, sino una regla.
Eso genera por un lado que cada regreso incremente su cualidad de “evento”, un ruido necesario para un producto cultural que hoy quiera sobresalir entre el torrente continuo de opciones de entretenimiento existentes contra las que compite en simultáneo sin importar que sean otros formatos.
Por otro, genera una desconexión entre la serie y el espectador que hace que sea difícil retener en la memoria los hechos de las temporadas anteriores (esto puede ser también una jugada de las plataformas para que la audiencia vea de nuevo todas las temporadas pasadas) y una molestia por la demora, además de que puede llevar a que se pierda el impacto cultural y el lugar en la conversación. Y como se han encargado de contar varios memes, en el caso de Stranger Things pesa además el crecimiento de su elenco infantojuvenil.
Claro que influye en esto la escala de la producción, los efectos especiales necesarios, otros proyectos que puedan tener los actores, directores o guionistas. Pero también tiene que ver con que el modelo de negocios y toma de decisiones de las plataformas está centrado en los datos, y lleva tiempo generarlos y procesarlos.
En una nota con el sitio estadounidense Vulture, John Wells, responsable de series como ER: sala de urgencias y The West Wing, explicaba que así como en la televisión un episodio se terminaba de producir a lo sumo un mes antes de que saliera al aire, en el streaming puede llegar a pasar un año entre que se filma y se emite, por las necesidades de efectos y porque “las plataformas necesitan hasta 120 días para subtitular y doblar los productos para todos los territorios donde se va a mostrar”.
A eso, suma la nota de Vulture en base al testimonio de un ejecutivo de una plataforma, “las compañías se toman 30, 60 o 90 días desde que sale la temporada para evaluar cómo le fue y en base a esas cifras ver si la renuevan. Importa cuanta gente la mira, pero también cuántos episodios se terminaron, cuanta gente vio la temporada entera, si trajo suscriptores nuevos, si atrajo a un público de nivel socioeconómico alto, y eso se compara con lo que costó hacer la serie”.
Una vez tomada la decisión, hay que armar el tinglado entero desde cero (porque nadie va a trabajar si no sabe si tiene trabajo seguro): escribir los guiones, coordinar las agendas del elenco, filmar, editar, y todo el resto de piezas necesarias.
La batalla final
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Con el antecedente de que la cuarta temporada es la tercera serie (en inglés) más vista de la historia de Netflix, y que el estreno de este miércoles hizo colapsar momentáneamente los servidores de la plataforma, la quinta y última temporada de Stranger Things llegó con el habitual ruido que generaron todas las temporadas desde la segunda en adelante, pero también con algunas sensaciones nuevas.
Por una parte, la nostalgia ochentosa sobre la que cimentó parte de su éxito se ha diluido en pos de una nostalgia más cercana a las décadas de 1990 y el 2000, a medida que las generaciones que pasaron su niñez y adolescencia en esos tiempos se meten en la adultez plena. Eso hace que después de una década, Stranger Things ya no se sienta tan fresca, y hasta parezca un poco desactualizada.
Por otro, hay algo de escándalo detrás de escena, con una presunta denuncia de parte de la actriz Millie Bobby Brown, que interpreta a Eleven, para su compañero David Harbour, su “padre” en la ficción, el policía Jim Hopper. Brown lo denunció por acoso y maltrato, aunque en el estreno de la temporada se mostraron juntos sin demasiado problema, algo que luego fue reconocido que se hizo como maniobra de relaciones públicas para acallar rumores.
Lo que no es tan nuevo es la propuesta de esta nueva temporada. Los mismos dilemas para sus personajes, conflictos con antagonistas que cambian de cara pero que ya conocemos, una dinámica narrativa ya usada (el elenco se separa en grupos, cada uno con su misión), y hasta ocurrencias repetidas. ¿Eso la hace menos divertida y eficaz? Para nada. El cariño generado por esta narrativa y personajes se capitaliza una vez más y todo funciona. Así que vale la pena subir por última vez a la bicicleta y pedalear hacia la N roja.