Cómo un amor platónico y adolescente me hizo hinchar por Argentina

Si hay algo que sé de fútbol en mi vida, lo sé gracias a esa selección de Argentina de 1998. Especialmente, gracias a Matías Almeyda
Uruguay no fue al Mundial de Francia 98. Y en mi casa, mi familia (o al menos mi padre) hinchaba —por la sangre de sus ancestros, por su segunda lengua y por una admiración entre racional e irracional— por Francia. Yo no. Tenía 16 y era tan infantil como rebelde. Así que busqué cuál podía ser mi motor para transitar el mes mundialista sin morirme de tedio y tener de qué hablar. Lo encontré bastante rápido, sin mucho esfuerzo y ningún tipo de sustento futbolístico. Creo que ya lo conocía. Jugaba en River Plate y tenía esa sonrisa gigantesca que me dejaba boba y boquiabierta enfrente de la tele. De nuevo: tenía 16 y eso debería ser suficiente explicación para la falta de criterio.
Matías Almeyda era, se imaginarán, más lindo e interesante que cualquiera de los de mis clase. Era, también, igual de inaccesible que cualquiera de los de mi clase. Pero, en aquel entonces, poco me importaba. Así que me puse a hinchar de cabeza por Argentina y la selección de Daniel Passarella que hoy, 20 años después, puedo recitar casi casi que de memoria. El Pupi Zanetti, el Mono Burgos, la Brujita Verón, el Burrito Ortega, el Cholo Simeone, el Muñeco Gallardo, el Piojo López, Hernán Crespo, el Bati y (suspiros y más suspiros) Almeyda. Si hay algo que sé de fútbol en mi vida lo sé gracias a esa selección de Argentina.

Al equipo de Passarella le fue bastante bien. Pasó la fase de grupos, le ganó a Inglaterra (¿cómo olvidarnos de David Beckham y un enano hermoso y rapidísimo de apellido Owen?) en octavos. Hasta que se enfrentó con Holanda, se tuvieron que volver todos para sus casas y a mí se me terminó la motivación. Me acuerdo de ver la final entre Francia y Brasil. De hinchar, de puro contra, por Brasil (¿nunca se supo qué le pasó a Ronaldo en ese partido?). Y de pelear sin ningún tipo de argumentos con mi padre por lo que creía era un partido robado, comprado y coimeado para que el país anfitrión fuera campeón. Detesto a Brasil, pero en ese momento más detesté a Zidane y a los otros diez. Me fui a dormir sin ver la ceremonia de premiación y sumé un motivo más a mis domingos angustiados.

Pero la tontería del enamoramiento, por supuesto, me duró un tiempo más. A saber: en mi casa no había cable y canal 12 repetía mucho canal 13 de Argentina. Y se ve que los jugadores de fútbol aparecían bastante en pantalla. La tragedia empezó cuando caí en la cuenta de que había sido testigo del amor —real— de mi amor platónico con otra mujer que —obvio— no era yo. Luciana García Pena era modelo, notera de un programa de Marley que se llamaba Teleshow. Yo lo veía. Ella me gustaba. Es probable que quisiera ser ella aunque no me pareciera en nada a ella. Ella: morocha, esbelta, carilinda, divertida, rápida con los chistes, desinhibida. Yo: con un rubio venido a menos, lentes (cuando usar lentes no estaba de moda y, por lo tanto, no había buenos lentes), nariz difícil de llevar, la torpeza y falta de gracia de la adolescencia. En fin. La cuestión es que Luciana García Pena estuvo donde había que estar. Y le gustaba Almeyda de verlo en la tele, de verlo en River, como a mí. Pero, claro, trabajaba en la tele y la mandaron a hacer la clásica nota a los jugadores cuando se van al Mundial. Y ella le gritó (se puede ver en Youtube, sean testigos conmigo) desde abajo del ómnibus: "Yo estoy enamorada de vos, te amo". Y de paso le dijo al Piojo López: "Haceme gancho con Almeyda". Él la miró, le estampó su sonrisa, esa que yo miraba abombada, y pensó, seguro que pensó: "Te busco después del Mundial".

En 2015 se casaron en secreto. Antes tuvieron tres hijas. Están las fotos en Google. Pueden buscarlas. Se ven felices.

Ya no necesito, por suerte, hinchar por otras selecciones. Pero –no sé por qué, tal vez porque en tiempos de farándula y redes sociales todo parece un montaje berreta– hincho por Luciana García Pena y Matías Almeyda.

Ellos sí me parecen reales.

Almeyda luciana pena


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