Dan Mitrione insepulto

"Ahora es posible contar mejor la historia", dice Fernando Butazzoni, refiriéndose a su último libro: una crónica novelada de diez días trágicos de 1970

El 31 de julio de 1970 los tupamaros secuestraron, entre otras personas, a Dan Anthony Mitrione, un asesor policial estadounidense, y exigieron al gobierno la liberación de sus presos, que eran unos 150. El presidente Jorge Pacheco Areco se negó al canje, pese a las presiones, y en la noche del 9 de agosto el rehén fue asesinado.

Los tupamaros sostenían que Mitrione era un agente de la CIA, la agencia de inteligencia del gobierno de Estados Unidos, y de enseñar técnicas de tortura a la Policía uruguaya, incluidas clases prácticas en el sótano de su casa en las que se mataban pordioseros ("bichicomes"). Otras fuentes niegan esos extremos y ponen en duda la pertenencia de Mitrione a la CIA. Lo consideran un asesor policial relativamente vulgar, incluso "un pobre tipo".

Dan A. Mitrione

"La pertenencia de Mitrione a la CIA no está probada", sostiene el escritor y periodista Fernando Butazoni, casi medio siglo después. "De todos modos, era un personaje absolutamente secundario".

Butazzoni publicó en agosto una crónica novelada de esos hechos, bajo el título Una historia americana (Alfaguara, 498 páginas, $ 590).

Aquellos jóvenes amantes de la acción

Respecto a Mitrione, los tupamaros se basaron exclusivamente en el testimonio de Manuel Hevia, un agente doble –simpático, sociable y activo– que trabajó para los estadounidenses y para los cubanos.

Más tarde Hevia publicaría en La Habana su testimonio sobre Uruguay, donde vivió varios años entreverado con la Policía y con personal de la embajada estadounidense, bajo el título Pasaporte 11333.

Una historia americana, el reciente libro de Butazzoni, tiene algunas novedades importantes, como el testimonio de varios sobrevivientes de aquella tragedia, y en particular el de algunos tupamaros que compartieron las últimas horas de Mitrione. El detalle de situaciones, opiniones y diálogos es un aporte significativo, del tipo del que hizo el ex embajador británico en Uruguay, Geoffrey Jackson, también prisionero de los tupamaros en 1971. En su libro Secuestrado por el pueblo, Jackson describió de manera exhaustiva a sus captores, casi siempre muy jóvenes, que profesaban un "total, dominante, omnipresente y mortal empirismo", y que también mostraban idealismo, ferocidad, fetichismo por las armas y destellos de humanismo. Para ellos, un apocalipsis violento era el preámbulo necesario del socialismo revolucionario, concebido como una suerte de Paraíso Terrenal.

"Ahora es posible contar mejor la historia", opina Butazzoni, refiriéndose a su libro: "Muchos actores no me hubieran dicho nada de esto hace apenas diez años".

De Las Piedras a Managua

Fernando Butazzoni ingresó al aparato militar de los tupamaros en octubre de 1971, cuando tenía 18 años y vivía en Las Piedras. Por entonces, a poco de la fuga masiva de militantes del penal de Punta Carretas, el movimiento guerrillero estaba en su cima. Pero algunos meses después, en el invierno de 1972, el MLN había sido derrotado por completo por los militares y la Policía.

Butazzoni pasó a Buenos Aires en agosto de 1972, luego a Chile y por último, en abril de 1973, a Cuba. Butazzoni pasó a Buenos Aires en agosto de 1972, luego a Chile y por último, en abril de 1973, a Cuba.

En Cuba hizo cursillos de tácticas guerrilleras, trabajó en la construcción como carpintero de obra y en 1976 se radicó en Holguín, en el oriente de la isla, donde fue docente de enseñanza secundaria.

En 1978 pasó a combatir a Nicaragua, en la guerrilla del Frente Sandinista, como operador de morteros de 81 mm. Después del triunfo de julio de 1979, vivió en el país los primeros meses de euforia y esperanzas. Luego regresó a Cuba, donde tenía mujer e hijo. En 1983 se fue a Europa, donde vivió entre Suecia e Italia. Por fin, en mayo de 1985, regresó a Uruguay, tras casi trece años de exilio itinerante y aventurero, y se ganó la vida como periodista. Fue director en la Intendencia de Montevideo entre 2005 y 2010, durante la gestión de Ricardo Ehrlich, y presidió el Sodre entre 2010 y mayo de 2013.

Butazzoni nunca dejó de escribir, desde la publicación de su primer libro, en 1979. "Vivo de lo que escribo", dice: desde derechos de autor a guiones de cine. Ha tenido algunos éxitos notables, como las novelas El tigre y la nieve (1986) y Las cenizas del cóndor (2014) hasta la película Esclavo de Dios (2013).

Ahora, con Una historia americana, insiste en un género que tiene mucho de crónica novelada, al estilo de La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, aunque con un lenguaje más frío: menos opulento o barroco.

"Las fronteras entre los géneros son difusos y móviles", afirma Butazzoni. "Es un híbrido narrativo, un libro a caballo entre muchos géneros, literarios y periodísticos". Entonces la crónica se mezcla con la ficción. Compete al lector determinar qué cosa es cada cosa.

Pacheco Areco y la derrota del MLN

Una historia americana es poco previsible. Para empezar, en sus páginas el presidente Jorge Pacheco Areco no es el personaje basto y estúpido que caricaturizó un sector de la izquierda, sino más bien el hombre astuto y firme que describió el general Líber Seregni, o que develaron Jorge Chagas y Gustavo Trullen en su interesantísimo ensayo La trama oculta del poder.

Pacheco llegó de rebote a la Presidencia, tras la muerte de Óscar Gestido, pero no fue un mero vicario.

Muy pronto comenzó a ejercer el poder, bordeando el autoritarismo, en tiempos de crisis y múltiples revueltas, en Uruguay y en el mundo. Durante su gobierno, entre 1967 y 1972, las protestas estudiantiles y sindicales y las acciones guerrilleras y represivas tuvieron un crescendo dramático, como ocurrió en otros países del mundo.

Tal vez Pacheco haya sido "el más grande creador de tupamaros que hubo en el Uruguay jamás", como solía decir Eleuterio Fernández Huidobro, uno de los fundadores del MLN. Pero también, según esa dialéctica endemoniada, los tupamaros fueron los grandes creadores de pachequistas.

Las opiniones más moderadas pagaron el precio de la polarización. En las elecciones nacionales de noviembre de 1971 su extravagante propuesta reeleccionista, aunque no ganó, obtuvo el apoyo de casi el 30% de los ciudadanos. La Presidencia recayó en su delfín, Juan María Bordaberry, quien daría un golpe de Estado en 1973. Después de derrotar a los tupamaros, los militares siguieron de largo.

Fernando Butazzoni
El autor, Fernando Butazzoni<br>
El autor, Fernando Butazzoni

Una historia americana también desnuda la precariedad general del MLN en 1970. Pese a ser ya un mito internacional de eficacia y escuela de lucha urbana, la organización era corta en recursos materiales y cuadros preparados. En su mayoría eran meros aficionados. Sólo sobraban el entusiasmo y las medidas de seguridad –que se hundirían después, cuando el aluvión de ingresos de fines de 1971 y principios de 1972.

Los tupamaros llegaron a ser populares en ciertos círculos de jóvenes urbanos de enseñanza media o superior, pero muy impopulares en el grueso de la población.

Butazzoni narra como el secuestro y asesinato de Mitrione fue el punto de quiebre hacia la derrota, aunque aún daría margen a toda suerte de teorías conspirativas, incluso una película legendaria: Estado de sitio, del griego Costa-Gavras, con la actuación del francés Yves Montand.

El MLN fue "una sucesión de pequeñas victorias hasta la gran derrota final", resume el autor.

Al fin no es un ensayo sino literatura

Quien busque en el nuevo libro de Butazzoni una crónica completa, minuciosa, de esos diez días en que Uruguay, un país marginal, permaneció en el ojo del mundo, hallará algunas lagunas. Así, por ejemplo, no narra en detalle la caída de casi toda la dirección de los tupamaros, incluido Raúl Sendic, en una casa de la calle Almería, en Malvín, el 7 de agosto. Esa y otras capturas inmediatas descabezaron al MLN en el momento crucial de la crisis de los rehenes, y fortalecieron la determinación de Pacheco de no negociar. Y luego provocaría un desplazamiento del centro de poder hacia los jóvenes tupamaros de la columna 15, partidarios de "la acción por la acción", a contrapelo de la estrategia más política de los veteranos fundadores, según narra Alain Labrousse.

Esas capturas, que Eleuterio Fernández Huidobro atribuyó a una "brillante acción de pesquisa policial que duró dos meses", no son detalladas ni explicadas por Butazzoni. Algunos miembros del MLN hablan vagamente de traición, tal vez del omnipresente Héctor Amodio Pérez, pero no lo fundamentan.

Una historia americana tampoco detalla la acción misma del secuestro de Mitrione en Malvín, cuando resultó herido de un balazo, ni del cónsul de Brasil, Aloysio Dias Gomide, un personaje "plañidero y fastidioso", aunque da algunas pinceladas memorables sobre su tremenda mujer, dona Aparecida. Da esos hechos por sabidos, lo que al fin resulta un vacío y una interrogante para buena parte de los lectores.

Una historia americana no es un ensayo completo, ni un veredicto, ni el fallo final. No pretende serlo. Pero echa un poco más de luz sobre un personaje, Mitrione, y aún más sobre sus secuestradores.

Butazzoni hace literatura, que se lee fácil y bien, con destreza organizativa y momentos de gran tensión. Y agrega nuevos elementos a la historia con la perspectiva que dan los años, el privilegio de haber pertenecido y el valor de revisar.


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