De cómo dos grandes crisis cerraron la segunda presidencia de Batlle

Una historia del dinero en Uruguay (XIII)

Hace poco más de un siglo buena parte de los países del hemisferio occidental, Uruguay incluido, experimentaban el proceso de desarrollo más vertiginoso de la historia. La Revolución Industrial y las ideas positivistas parecían capaces de subsanar buena parte de las miserias de la humanidad. Pero el espejismo acabó el 28 de junio de 1914 con dos disparos del nacionalista serbio-bosnio Gavrilo Princip que mataron al heredero de la corona del imperio austro-húngaro y a su esposa.

Después vino la Gran Guerra, llamada a posteriori Primera Guerra Mundial, que implicó la caída abrupta del intercambio entre las naciones, salvo de insumos básicos, y el abandono transitorio o completo del patrón oro. Durante décadas este sistema había permitido comerciar como si hubiera una sola moneda en el mundo, pues todas cotizaban frente al mismo fiel.

La gran crisis de 1913

En rigor, los problemas graves para Uruguay habían comenzado más de un año antes de los disparos en Sarajevo.

El clima de optimismo que se vivía durante la segunda Presidencia de José Batlle y Ordóñez (1911-1915), tras un largo período de auge exportador y gran expansión económica, acabó con una crisis que afectó básicamente al Banco de la República.

El BROU, un nuevo banco oficial creado en 1896, había expandido el crédito a gran ritmo: 38,5% en 1911 y 18,7% en 1912. La abrupta abundancia de dinero en plaza provocó un repentino déficit comercial (descalce coyuntural de las exportaciones respecto a las importaciones). Ese tipo de desbalance suele arreglarse solo, como ocurre en los hogares que han gastado demasiado. Pero en esa ocasión se agregó la desconfianza en la sostenibilidad del auge y en la solvencia del banco estatal.

En 1913, con el gobierno metido en grandes gastos, el Banco de la República pidió al banco Glyn Mills & Co la renovación de un préstamo al Estado uruguayo que se vencía, pero la institución inglesa se negó. Finalmente se llegó a un acuerdo para renovar el crédito con una tasa de interés mayor a la original, y con dos garantías: la mitad del monto renovado se cubriría con la recaudación de Aduanas, y la otra mitad sería depositada en oro por el República en el Banco de Londres en Montevideo, a modo de garantía prendaria.

El acuerdo por un nuevo préstamo internacional afectó aún más el nivel de reservas en oro del Banco de la República, que servían como respaldo a los billetes que emitía. Los bancos Comercial y de Londres, que temían que ocurriera una quiebra similar a la del Banco Nacional en 1890, acudieron cada día al República a cambiar billetes por oro, según estaba obligado por el principio de la "convertibilidad". Los clientes del banco hicieron lo mismo ante el temor de que su Directorio decretara la inconvertibilidad o "curso forzoso" (aceptación obligatoria del papel e imposibilidad de cambiarlo por metal). Muchos depositantes retiraron sus ahorros.

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Gavrilo Princip detenido en Sarajevo tras matar al archiduque Francisco Fernando.
Gavrilo Princip detenido en Sarajevo tras matar al archiduque Francisco Fernando.

Un ajuste tan resuelto como ortodoxo

El Banco de la República, cuyas reservas cayeron muy por debajo de lo obligado por ley, dejó de conceder nuevos préstamos y presionó a sus deudores por créditos para que los cancelaran por anticipado. Finalmente el banco oficial acordó con los bancos privados que éstos no rechazarían el billete nacional. La corrida logró detenerse, aunque las reservas de oro del República cayeron sensiblemente: de 16 millones a 7,5 millones de pesos.

La abrupta contracción del crédito produjo una suba en las tasas de interés, lo que provocó un frenazo de la economía. Las importaciones cayeron más de 13% ese año y menudearon las quiebras y el desempleo. Fue una crisis aguda, de las más serias de la historia, aunque relativamente poco estudiada.

José Batlle y Ordóñez, evitando la tentación populista del empapelamiento, tan común en América Latina, de nuevo había recurrido a un ajuste ortodoxo, aunque a costa de una crisis de circulante: recuperación forzada del crédito, empréstitos para aumentar las reservas, convertibilidad mantenida a rajatablas y nada de emisión de nuevos billetes ni de curso forzoso. Por ello la recesión fue tan profunda como relativamente breve, aunque la guerra europea cambió el curso de las cosas.

Batlle y Ordóñez estaba convencido que, en el largo plazo, el buen manejo sería más redituable para el país que la indisciplina. Y además deseaba regresar algún día al gobierno por tercera vez. El 4 de marzo había publicado sus "Apuntes" en el diario El Día, en los que proponía un poder ejecutivo colegiado, un nuevo frente de batalla político que lo mantendría ocupado largos años.

Esa crisis demostró que los hombres públicos uruguayos habían sobrestimado las capacidades del país y las suyas propias. "Uruguay tenía un poder económico insignificante", concluyó Milton Vanger, el gran historiador de Batlle y Ordóñez. Las decisiones de las potencias, e incluso de las naciones vecinas, sobre las que Uruguay no tenía control alguno, podían cambiar rápidamente sus perspectivas económicas, como había ocurrido en el pasado y volvería ocurrir muchas veces más.

Pero entonces Europa enloqueció, lo que contribuyó a difuminar los problemas uruguayos.

La Gran Guerra europea, que ocurrió entre fines de julio de 1914 y noviembre de 1918, acabó con un siglo de formidable desarrollo que se inició tras los últimos disparos de las guerras napoleónicas.

Junto a la Revolución Industrial, las naciones europeas aliviaron parte de sus tensiones y expandieron su cultura con la migración de decenas de millones de personas hacia sus colonias o ex colonias de América del Norte y del Sur, África del Sur y Oceanía.

La inmersión de Europa en la Gran Guerra, hasta entonces el conflicto más total de la historia, electrizó a los uruguayos, que siguieron las alternativas por la prensa. Y un puñado de muchachos marchó voluntario a las trincheras de las patrias de sus ancestros.

El fin de la convertibilidad

Una de las primeras consecuencias de la guerra europea fue la reducción drástica del comercio exterior. La caída de las importaciones de insumos redujo la actividad económica general. El 4 de agosto de 1914 el gobierno proclamó la neutralidad uruguaya ante el conflicto europeo. Ese mismo año declaró su deuda en default (cesación de pagos), que recién abandonó en 1921 para los acreedores externos y en 1925 para los internos.

Al igual que la casi totalidad de los Estados, en agosto de 1914 el gobierno uruguayo suspendió la convertibilidad del peso en oro. A esta política se opuso, solitario, el diputado socialista Emilio Frugoni, que consideraba que la defensa de la moneda era necesaria para el bienestar de los asalariados. Aunque la suspensión de la convertibilidad se creyó transitoria, se tornó permanente después de la guerra, a pesar de que algunos Estados principales regresaron al patrón oro.

Desde agosto de 1914 el peso uruguayo flotó ante las demás monedas. Se trató de una "flotación sucia": con intervención esporádica del Banco de la República en el mercado de cambios para mantener una cotización más o menos fija, cercana a la histórica de 1,034 pesos por dólar estadounidense y 4,7 por libra británica.

La inconvertibilidad de los billetes en oro provocó inquietud entre los tenedores de pesos uruguayos, que no habían olvidado las "corridas" y quiebras de bancos, incluido el Banco Nacional, ocurridas en años recientes y hasta tan tarde como en 1913. Los comisarios de las seccionales policiales, instruidos por el gobierno, divulgaron el siguiente comunicado: "El pueblo debe tener confianza plena en el valor de los billetes del Banco de la República a fin de no dejarse explotar por los especuladores y agiotistas que, valiéndose de medios dolosos, sorprenden la inocencia de los timoratos y adquieran a un precio inferior el papel moneda que el Estado [...] lo recibirá por su valor escrito y sin el menor inconveniente".

La segunda Presidencia de Batlle y Ordóñez, la que introdujo más reformas socio-económicas, además de nacionalizaciones y estatizaciones de empresas, terminó el 1º de marzo de 1915, en medio de una gran depresión económica y con los principales clientes del país concentrados en una guerra total.

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