La historia de dos estudiantes que la pelearon desde abajo y llegarán a la Universidad

Gonzalo y Rodrigo se enfrentaron a un entorno adverso pero siguieron estudiando; serán los primeros en sus familias en tener un nivel terciario
Gonzalo Sena estaba acostumbrado a ver a los jóvenes fallar. Es la realidad que conocía y lo que solía ver todos los días en su barrio de toda la vida, el Borro. En su entorno el ciclo es más o menos el mismo: los niños comienzan la escuela, algunos –los más afortunados– logran superar esa etapa. Luego llegan los primeros años del liceo y para aquellos que no quedaron por el camino, el trayecto se vuelve trunco. Unos dejan el estudio a un lado por necesidad y otros por aburrimiento y desencanto. La realidad es que muchos, el 40% en los sectores más pobres como aquellos de donde viene Gonzalo, terminan por abandonar; "desvincularse", como le dicen ahora las autoridades.

Pero el joven descubrió que no quería ser como los demás. No quería incluirse en esa métrica que enciende alarmas en el gobierno y llena de promesas la agenda política.

"No porque naciste con cierta posición o en cierto lugar estás condenado a ser y hacer lo mismo que hace tu entorno y todos tus familiares. Es difícil, lo tengo que admitir, pero se puede", explica Gonzalo sentado en lo que hace pocos años fue su salón de clase en el liceo Jubilar de Casavalle.

Rodrigo Moreira tiene una virtud: sabe reconocer en el estudio un camino para hacer lo que verdaderamente le gusta y ser una mejor versión de sí mismo. Se requiere madurez, inteligencia y suerte para tener esa consciencia en quinto año de secundaria.

gonzalo sena
El joven vive en el barrio Los Bulevares -cerca de Paso de la Arena- estudia en el liceo número 6 del Prado, y es un enamorado de la ciencia, en especial de la química. En su historial ha visto pasar a muchos compañeros que cuando llega la mitad del año se enfrentan a un boletín de notas con seis, siete, ocho o más notas insuficientes y tiran la toalla hasta el año siguiente, cuando vuelven a probar abatidos.
"¿Cómo voy a salvar el año?", se preguntan ellos.

Rodrigo viajó a Perú este año para competir en la Olimpíadas Iberoamericanas de Química con una delegación uruguaya y aunque admite con timidez que no se llevó ninguna medalla, no es consciente que el mérito es enorme.

"A mí lo primero que me dicen es que soy un genio. En realidad eso no es cierto, yo solo le dedico tiempo al estudio", dice.
"A mí lo primero que me dicen es que soy un genio. En realidad eso no es cierto, yo solo le dedico tiempo al estudio", dice.

Motivados a superarse

rodrigo moreira
Gonzalo es hijo de un albañil y de una empleada doméstica. Realizó toda su primaria en el colegio Banneux, aunque mucho no sabe cómo consiguió ser becado ahí. Cree que su madre lo llevó porque escuchó a algún vecino decir que era bueno.

En ese entorno más contenido y conectado a otras opciones, la familia Sena escuchó sobre la existencia del liceo Jubilar, que es una institución gratuita de gestión privada. Primero probaron anotando a su hijo más grande, que hoy tiene 17 años, pero no tuvo suerte en el sorteo y se fue de misión a África. Cuando llegó el turno de Gonzalo el sorteo se inclinó a su favor y sí pudo entrar. Cómo el joven se convirtió en un buen alumno es casi una anécdota.

"Siempre fui un alumno normal respecto a las notas. Pero en mi último año pasé con 12 porque tenía un compañero de banco que era muy bueno y yo quería pasarlo. Era un tema de celos infantiles pero me sirvió para aprender a estudiar y que me empezara a gustar", dijo.
"Siempre fui un alumno normal respecto a las notas. Pero en mi último año pasé con 12 porque tenía un compañero de banco que era muy bueno y yo quería pasarlo. Era un tema de celos infantiles pero me sirvió para aprender a estudiar y que me empezara a gustar", dijo.
La motivación de los buenos resultados comenzó a hacer mecha en el optimismo de Gonzalo que cuando terminó el ciclo básico se postuló a una beca en el colegio Seminario, uno de los más prestigiosos del país. Y la consiguió. El salto fue duro a nivel académico y también social, donde el choque de clases, por momentos, fue demasiado evidente.

Ahora solo le faltan algunas materias para ser bachiller y el año que viene espera poder empezar la carrera de medicina en la UdelaR.

Rodrigo disfrutará de un verano libre de exámenes y en dos años quiere cursar la facultad de química. Si Gonzalo y Rodrigo logran sus objetivos, serán los primeros en sus familias en haber alcanzado un nivel terciario. De esta manera, ambos habrán escapado a la sombra de la deserción estudiantil, un problema que hasta el mismo presidente Tabaré Vázquez se comprometió públicamente a abordar.

En Montevideo, el 18,6% de los estudiantes se desvincula del liceo antes de terminar los cursos; un 14,3% repite y el resto aprueba. Cuando se considera a todo el país, la cifra de desvinculados cierra en 14,2% y de repetidores en 11,5%. En Bachillerato, el dato se vuelve más ambiguo ya que el Consejo de Educación Secundaria (CES) no lo tiene desglosado. Solamente diferencia a los estudiantes habilitados y a los no habilitados, que son aquellos con más de tres asignaturas pendientes. En Montevideo, el 46,23% de los estudiantes son considerados como no habilitados. En total, en Uruguay, ese grupo representa el 37,37%. "Es lindo tener un título, algo en lo que puedas especializarte cuando seas grande", opina Gonzalo. El sueño de ser un profesional es de él, de su familia y de algunos vecinos del barrio testigos de su evolución porque "no solo pasan cosas malas en el barrio Borro".

En Montevideo, el 46,23% de los estudiantes de Bachillerato son considerados como "no habilitados".
Consciente de la realidad a la que se enfrenta el sistema educativo, Rodrigo aventura una posible solución. "No basta con dividir a los alumnos en científico y humanístico. Hay otras cosas más y la clave está en enseñarles a los alumnos cómo pueden aplicar todos esos conceptos teóricos en algo que les guste y los apasione. Con eso, todo mejoraría", se entusiasma.

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