La historia de horror que la llevó a matar a su madre y quedar libre

La ahorcó con una correa de perro luego de una intensa pelea; la Justicia la sobreseyó por entender que actuó en legítima defensa
Golpes, gritos, el estruendo de vidrios quebrándose en mil pedazos. Más tarde: silencio y coches de la Policía que paraban en la esquina de Mercedes y Convención, en pleno barrio Centro.
Era el mediodía del 28 de febrero de 2017, y aunque afuera el sol calentaba el asfalto, en el apartamento 004 no entraba ni un poco de luz natural. La pequeña vivienda de tres piezas, paredes blancas y sin ventanas, lucía revuelta, opresiva y lúgubre.

Apenas entraron al apartamento, los policías vieron desorden: astillas de vidrio de colores desperdigadas por el suelo, manchas de sangre, ropa revuelta, un colchón cayendo desde una de las camas, una pecera con agua amarillenta y el cuerpo inerte de una mujer de 54 años, que yacía acostada boca abajo en el piso del living con una correa de perro enrollada en el cuello.

No hubo misterio en este crimen. Minutos antes, la hija de la víctima, una joven de 20 años, se había presentado junto con su padre en la seccional 19ª de La Teja para confesar que, tras una violenta discusión, había asfixiado a su madre hasta causarle la muerte.

La noche anterior, Gabriela le había pedido a su hija, María, que fuera más afectuosa con ella. Pero la joven, que desde pequeña debió arreglárselas por su cuenta debido a un padre ausente y a una madre con problemas psiquiátricos, se mantuvo distante.

El expediente al que accedió El Observador recoge detalles de la habitación, como que allí habitaba un pequeño perro de color marrón o que en la pecera había 10 peces.

"Mala persona, por qué no dejás de respirar", le espetó Gabriela, y se fue a dormir por última vez.
Sobre las 8.30 del día siguiente la joven se despertó, alimentó a los peces y se metió en el baño para darse una ducha antes de ir a trabajar. Gabriela amaneció después, y tras notar que la joven había ensuciado el acuario, entró en cólera.


Abrió la puerta del baño de una sola patada, después comenzó a darle puñetazos a su hija, y a agarrarla del pelo. María debió empujarla para soltarse, y corriendo se encerró en su cuarto.
Esperó a que la situación se calmara. Con su celular como linterna, se escabulló en el oscuro cuarto de la madre –no tenía ventanas–, tomó un frasco con pastillas que la mujer utilizaba para tratar su enfermedad psiquiátrica, y se dirigió nuevamente al baño. "Ahora voy a ser yo la que te dé la medicación", le dijo con el pequeño recipiente todavía en su mano.

Su madre se estremeció. Intentó convencer a su hija de que le devolviera su medicación, que la necesitaba para contener su furia y aplacar sus impulsos suicidas, pero nada podía detener a la joven. De un momento a otro María tiró el contenido del frasco en la pileta del baño, para luego abrir la canilla.
La mujer se abalanzó sobre su hija, logró quitarle el frasco, que para entonces estaba lleno de agua, e intentó recuperar algunas pastillas humedecidas. Mientras María caminaba hacia su cuarto, la mujer maldecía y gritaba en el baño.

Desesperada, Gabriela tomó el teléfono e hizo dos llamadas a la mutualista en la que se atendía. Intentó convencer a la voz del otro lado de la línea que le volvieran a recetar la medicación, y para hacerlo usó el mismo método con el que frecuentemente extorsionaba a su hija: "Denme las pastillas o me voy a autoeliminar". No obtuvo la respuesta deseada.


La pelea duró unos 40 minutos. Al final ambas mujeres tenían cortes en las extremidades y varios hematomas

María declaró ante la Justicia que aquella situación fue para su madre "lo peor que le pasó en la vida".
Aquella desesperación dio lugar a la rabia. Gabriela corrió al cuarto de su hija, comenzó a revolver su ropero, dio vuelta el colchón de la cama, y buscó en cada rincón un blíster de pastillas para dormir que la joven escondía.

A María le habían recetado esa medicación para tratar su depresión, pero había decidido dejarla porque aquello la hacía parecida a su madre, y ella lo odiaba. Por eso empezó a tomar té, y cada tanto algunas de esas pastillas que solo servían para conciliar el sueño.

Al no tener éxito en su búsqueda, Gabriela arrancó el mármol de su mesita de luz e intentó tirárselo, pero la joven logró esquivar el golpe.

La mujer comenzó a tirar del pelo de su hija, que se defendió mordiéndole la mano. Ya en el living, Gabriela tomó los frascos de perfume de su hija y comenzó a arrojarlos al piso. Los fragmentos de vidrio comenzaron a llenar la pequeña sala de dos metros por tres.

Con los empujones, las mujeres cayeron al piso, cortándose con los vidrios del suelo.
Por un momento la pelea pareció calmarse, cuando Gabriela tomó uno de sus frascos de perfume y se sentó en el sillón de la sala. Tomó algo de aire y volvió a insultar y a golpear a su hija. María se defendió, dándole una cachetada.


"Voy a llamar a la Policía y vas a ir presa", le dijo a la joven, y enseguida comenzó a gritar para llamar a un vecino del edificio. María le pidió que dejara de gritar, mientras su madre le daba golpes de puño de los que intentó defenderse arañándola.

En determinado momento de la pelea ambas mujeres cayeron una vez más al piso y Gabriela quedó tendida boca abajo. En ese momento María vio la correa de su perro sobre el sillón. La tomó como pudo y en un instante le dio dos vueltas al cuello de su madre. Con las rodillas en su espalda se afirmó y comenzó a hacer fuerza. En unos segundos la mujer quedó inmóvil.

El griterío y los golpes se habían detenido. Los vecinos de la joven creyeron que la pelea había terminado, que se habían calmado. Pero la realidad era otra.

Gabriela estaba en el suelo y María la observaba sentada en el sillón del living.

La Justicia

María declaró en la Justicia que durante un "rato" permaneció observando el cuerpo de su madre, sentada en el sillón de la sala. "En ese momento no tenía ni un solo pensamiento, por eso me senté y la miraba. Yo quería que parara todo. Yo quería que se cansara y que me deje en paz, no que muriera", declaró la joven ante la jueza Julia Staricco, según consta en el expediente al que accedió El Observador, María pensó que su madre se iba a parar de un momento a otro. Pero al ver el color del rostro, supo que la había matado.

Fue ahí que se puso de pie y caminó hasta el cuarto en busca de su teléfono. "Tuve un problema con mamá, es grave, solo vos me podés ayudar", le dijo entre lágrimas a su padre, a quien no veía hacía seis meses.

"¿Es un tema de dinero?, te puedo ayudar", dijo el hombre en un intento por calmarla. "Tenemos que hablar en persona", le contestó la joven con voz nerviosa.

María se bañó, se vistió, agarró dinero y tomó un ómnibus hasta la casa del padre, en el barrio La Teja. El hombre, que vio a su hija llena de moretones, con marcas de arañazos en el pecho, el cuello y el hombro, la recibió, la invitó a pasar y le sirvió un vaso de refresco.

Ahí mismo la joven le contó que la pelea que había tenido con su madre había llegado demasiado lejos.
María se presentó en la seccional más cercana por recomendación de su padre. Su confesión, la declaración de testigos que la ponían en el lugar del hecho, y otros elementos llevaron a que el fiscal penal, Gustavo Zubía, pidiera el procesamiento con prisión por un delito de homicidio muy especialmente agravado, por haber sido cometido sobre persona ascendiente.

Según entendió el fiscal, la joven "hizo presión apretando sobre el cuello durante un lapso de tiempo dando muerte a su madre, lo que obviamente no fue solo la intención de cansarla sino de darle muerte".
Desde febrero y hasta finales de marzo la joven permaneció internada en la Clínica de los Pocitos, tras lo cual pasó a cumplir prisión domiciliaria en la casa del padre. Finalmente, por problemas de relacionamiento, se mudó con una tía, en julio. En setiembre debió ser trasladada al hospital Vilardebó durante diez días.

Sin embargo, a pedido de la defensora de oficio –que fue aceptado por el fiscal Zubía–el 6 de octubre la Justicia dispuso el sobreseimiento de la joven, que quedó en libertad libre de toda culpa.

220 días pasaron desde que cometió el crimen (28 de febrero) hasta que la Justicia sobreseyó a María (6 de octubre). Estuvo internada en varias clínicas psiquiátricas y cumplió prisión domiciliaria.

La legítima defensa histórica

María había intentado alejarse de su madre en varias oportunidades. Por eso, se mudó con su padre tres veces, pero Gabriela la amenazaba con que si no volvía con ella acabaría matándose, y al final la culpa siempre la llevó a regresar.

"Siempre me culpaba de que ninguno de nuestra familia quería estar con nosotros, o que mi padre no quisiera estar con ella, a mí me culpaba de todo, si algo pasaba era mi culpa, y si no pasaba también era mi culpa. Yo no le servía a ella, y no aguantaba más", contó María ante la Justicia.
La amenaza de la muerte estuvo siempre presente en su vida. Con 7 años aprendió a arreglárselas sola. Cuando su madre no estaba medicada, o internada en un psiquiátrico, la amenazaba con el suicidio, con matarse por su culpa.

La Fiscalía entendió que lo ocurrido el 28 de febrero no puede entenderse solo por lo que ocurrió ese día. Aunque las circunstancias puntuales no justificaban el uso de la correa de perro para asfixiar a la mujer, ya que la joven no estaba en peligro de morir, Zubía entendió que en el caso "debe observarse todo el devenir vital de la relación madre e hija planteada desde mucho tiempo atrás".

13 personas murieron en Montevideo víctimas de "violencia doméstica" o "conflictos familiares" en 2017.

"El deseo de culminar aquella situación antigua, injusta y emocionalmente desgastante llevó a la encausada, luego de horas de repulsa ineficaz de la conducta de su madre, a procurar cesarla con la presión ejercida con la correa" teniendo como consecuencia "el lamentable resultado generado", dijo el fiscal en el expediente.

María vive actualmente en libertad, aunque sometida a tratamiento psiquiátrico. Recientemente cambió de trabajo, debido a los problemas que le generó su situación judicial.

El voluminoso expediente de este caso reposa actualmente en la sede judicial de Uruguay y
Convención, a menos de una cuadra del pequeño apartamento donde aquella tarde de febrero el ruido de una pelea entre madre e hija dio paso a un silencio ensordecedor.

(Los nombres de los protagonistas de este caso fueron modificados para preservar su identidad)

Comentarios

Populares de la sección

Acerca del autor