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Condiciones para un amor incondicional

¿Es posible un amor sin condiciones?

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09 de septiembre de 2018 a las 05:00

Creo que fue el libro de Stephen Covey sobre «Los 7 hábitos de las familias altamente efectivas» que llamó por primera vez mi atención sobre el binomio «amor incondicional» que luego he leído y escuchado tantas veces. En el contexto de aquella obra, la expresión significaba algo muy generoso: «Mi amor hacia ti no depende de lo que hagas, de la medida en que satisfagas mis expectativas, de las estrellas que el maestro te ponga en el cuaderno, de los votos que el pueblo te conceda. Incluso si quedaras afuera del hemiciclo, incluso si emprendieras el camino del mal y cayeras en lo más bajo, y merecieras por eso un justo castigo… Incluso allí, pase lo que pase, mi amor por ti seguirá vivo para ti, siempre, -amigo, hijo, esposa, lector, etc.


Una concepto así merecía llegar al Top Ten, y creo que lo logró, si atendemos a la frecuencia de sus apariciones. En todo tiempo y lugar, pero más aún cuando el discurso se pone serio -por ejemplo, en las palabras con que una maestra de jardín despide a la camada que «egresa» hacia Primaria- es frecuente echar mano del «amor incondicional», como si «amor» a secas ya no fuera suficiente. El binomio tuvo, o tiene, entonces, el mérito enorme de haber recalificado, o recapitalizado un concepto («l’amour») que el uso sobreabundante había abaratado y vaciado de significado.


«Amor incondicional» es un bicho distinto, menos etéreo que «amor» a secas: no ya la “vibra” positiva de un hippie descalzo en la arena, sino alguien consciente de que el amor a veces exige un precio que yo (y no el otro) estoy llamado a pagar. Pequeño, pero no insignificante detalle que -si no tuviéramos otra cosa- distingue al amor del egoísmo que alguna vez se llamó amor.
Olvidémonos ahora, por un momento, de todos esos amores nobles que en primer lugar se nos vienen a la cabeza cuando hablamos de amor: el de un padre o una madre por sus hijos, el de la Madre Teresa por los leprosos de Calcuta, el de un médico por sus enfermos… Y vayamos al otro lado de la escala: por ejemplo, al amor de algunos empleados por su jefes en cualquier estructura de poder, como un partido político, una empresa o un ministerio. Un amor obsecuente, que hace que el de abajo apruebe, e incluso aplauda con entusiasmo, cualquier cosa que el de arriba proponga. ¿No es eso precisamente la definición misma de lo incondicional? Y sin embargo, poco queda ahí de lo bello y de lo noble que enriquecían el célebre binomio. Estamos legitimados para sacar una sencilla conclusión: que no basta con que el amor sea incondicional para que sea bueno. Hay amores y amores. Y quizás hay también condiciones y condiciones.
Supongamos ahora el caso de una joven que vende drogas en la esquina, y dispara ocasionalmente armas de fuego sobre sus semejantes. ¿Qué significaría en este caso que su madre le brinda un «amor incondicional»? Seguramente que, aún en estas circunstancias lamentables, ella estará ahí para su hija. No obstante, si ese amor es realmente amor, supondrá que la madre, a partir del momento en que cae en la cuenta de que su hija ha delinquido, va a empezar a «condicionarla» de muchas maneras -y la mayoría de ellas no van a ser del agrado de la hija. Por ejemplo, le puede sugerir que se entregue a la policía, que delate a sus cómplices, que vaya a rezar a la iglesia, que pida perdón a las víctimas, que trate de compensar el mal que ha hecho… 

Saliendo de Breaking Bad y yendo a la comedia romántica, esos jóvenes que se prometieron amor incondicional, pusieron también sus condiciones, ¡y qué condiciones! Mencionaré una al azar: a partir de ahora, no hay otros ni otras en el mundo. Exclusividad de uno con una. El amor es un territorio en cierta forma incómodo.


Quiero proponer esta tesis: el amor nunca es realmente incondicional. En la medida en que se quiere el bien para otra persona y se quiere recibir el bien de ella (eso sería el amor), no se quiere, ni siquiera se admite, «cualquier cosa» para ella o de ella. Sino sólo lo bueno. Sin importar cuánto moleste, o pique, o duela. (Me imagino que, por eso, mientras haya en él señales vitales, por mínimas que sean, una cuñada mía tratará de convencer a su marido de que lea a Nietzsche). 


He propuesto una tesis; seré ahora el fanático que la lleve al extremo: el amor no sólo admite condiciones y pone condiciones. En realidad, sólo puede vivir en un mundo de condiciones. Está hecho de condiciones. 


Por eso es tan verdadero y tan difícil -como decía Seymour.
 

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