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“Jubitubers”: los abuelos aprenden a hacer videos

El Plan Ibirapitá ofrece talleres en donde los jubilados se capacitan para generar contenidos audiovisuales

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02 de agosto de 2019 a las 05:03

Por Matías Castro - Especial para Cromo

Veintitrés veteranos se sientan alrededor de una mesa muy larga. En el centro hay una caja con casetes, una cámara de fotos analógica y una guía telefónica. Cada uno de los que están en la mesa tiene una tableta. Algunos filman, otros exploran las pantallas y todos a su vez escuchan a una profesora que les explica que las tareas del día consistirán en filmar tutoriales sobre cómo encontrar en sus dispositivos los equivalentes digitales de esos objetos analógicos en el centro de la mesa.

 

“Silencio, luz, cámara… ¡acción!”, exclama un hombre y aplaude para simular una claqueta. Ahí comienzan a filmar a una de las integrantes del taller, que habla sobre el uso de aplicaciones de la tableta para sustituir a esos objetos analógicos. Mientras, los demás observan y ocasionalmente meten la cuchara para contribuir a las explicaciones. Uno de ellos se humedece la yema del dedo con la punta de la lengua como si fuera a pasar las hojas de un libro. Pero lo que hace es tocar la pantalla y mostrar las distintas aplicaciones de su tableta, que sirven para seguir temas como calidad de vida, deportes, ocio, hacer trámites, usar redes sociales, escuchar radios, leer diarios y hasta libros.

Este grupo, reunido en el salón Porvenir del barrio Pérez Castellanos, forma parte de los más de 17 mil jubilados –cuyas edades en general oscilan entre 70 y 80 años– que han asistido a los llamados Espacios Ibirapitá, centros en los que hay talleres de capacitación de distinto tipo, orientados a la inclusión digital. De acuerdo con cifras oficiales, en la última semana de julio funcionaron 80 de estos espacios en el país, en los que se brindaron talleres temáticos.

El Plan Ibirapitá fue creado en 2015 y está en manos del Centro Ceibal para el Apoyo a la Educación de la Niñez y la Adolescencia. Según sus datos, han distribuido 230 mil tabletas entre jubilados que cobran pensiones menores de $ 33 mil. Desde hace casi dos años, además, realizan propuestas pedagógicas como la de este taller.

Para el grupo del salón Porvenir, el tema elegido en las últimas dos semanas fueron los tutoriales de YouTube. Y su primer ejercicio consistió en mostrar cómo se prepara y cocina una torta. Más que ese, el ejercicio es reconvertir el lenguaje de las recetas escritas como las que leyeron en el libro del Crandon, o antes todavía en el de Doña Petrona (en el taller hay una integrante de 93 años), a los códigos visuales de las redes en el siglo XXI. El detalle es que, por ahora, ese video y los demás que filman no están en redes, así que se trata solamente de youtubers en potencia.

Qué hicieron

“No hay nada que no puedas aprender con la tableta”, dice Clara, de 66 años, que fue la encargada de hacer la torta ante las cámaras. Inquieta, creó un grupo de Facebook para la sala en la que funciona el taller, en el que sube las fotos que van tomando sus compañeros.

“Una cosa es tener 60 años y otra es tener 70 u 80”, dice. “Esos 10 años traen mucha diferencia entre lo que podés aprender. Hay que tener mucha comprensión, porque si nunca tuviste celular y te dan la tableta, claro que te cuesta. ¿Con 80 años quién va a comprarse una? Pero como te la regalan, se te despierta la curiosidad y por eso la gente vuelve a los talleres”, apunta.

En otro momento del taller, Nora, de 78, explica a las cámaras de las varias tabletas que la filman cómo hizo un avión de juguete artesanal con una botella, goma eva e imaginación. Del mismo modo hizo una alcancía decorada con un San Antonio y estrellas, que podría ser un regalo para un niño.

La necesidad de la paciencia

Cristina, que tiene 70, es la más activa de todos los que la filman. Camina alrededor de la mesa y luego, cuando Nora se queda sin letra, ella se ocupa de retomar la explicación y darle pie para que siga hablando, pero sin dejar de registrar la elaboración de la manualidad.

Cuando aparecieron los cibercafés, hace casi 20 años, el marido de Cristina abrió uno. Él le pidió que hiciera cursos para que lo sustituyera cuando él no podía atenderlo, pero ella no puso en práctica lo que aprendió porque no se animaba, recuerda. “Capaz que ahora me animé porque estoy más vieja y me interesan más cosas para ver hasta dónde puedo llegar”, asegura.

Los participantes comparten que quienes intentaron enseñarles antes del taller, casi siempre hijos o nietos, no tuvieron paciencia. “Los jóvenes son maravillosos, son nuestra vida, pero en eso de enseñar no existe la paciencia que hay que tener”, comenta Cristina. Necesitaban de alguien con un poco de dedicación para aprender sistemas intuitivos y simples pero que, conceptualmente y para mentes formadas en un mundo analógico previo a la TV en blanco y negro exigen una particular predisposición a aprender.

Nora, por su lado, no sintió que este mundo fuera totalmente nuevo, ya que desde antes de este taller se valía, entre otras cosas, de los tutoriales de YouTube. Ahora usa la tableta en su vida cotidiana, incluso como agenda. “Aunque no pueda con el cambio en la piel o las piernas, con la cabeza voy para adelante”, dice. “Lo seguro es que no me voy a dejar envejecer”.

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