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Alfonsín, Menem, Cavallo: los vecinos locos

Una historia del dinero en Uruguay (XLI)

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18 de julio de 2018 a las 05:00

La década de 1980 fue en América Latina un tiempo de restauración democrática tras regímenes militares traumáticos. Abrumados por las demandas insatisfechas y las esperanzas sin límites, los nuevos gobiernos muchas veces no lograron superar los desequilibrios económicos heredados, a la vez que creaban otros nuevos. La combinación de grandes deudas públicas con déficits fiscales, alta inflación y caos hizo que algunos historiadores denominaran a los años '80 como la "década perdida" en materia socio-económica.

Muchas veces las economías se paralizaron y el sistema institucional, democracias recién reconquistadas, se empujó hasta el borde del abismo.

Hay que pasar el invierno

En Argentina, los militares derrotados en 1982 en la guerra de Malvinas dejaron tras de sí un Estado fuertemente endeudado y en quiebra, con una inflación rampante, que trepó a 434% en 1983.

El gobierno democrático de Raúl Alfonsín, que asumió en diciembre de 1983, impuso en 1985 un plan de ajuste, el Plan Austral, cuando la inflación rozaba el 700% anual. Una nueva moneda, el austral, sustituyó al decrépito peso argentino a partir del 15 de junio de ese año. Para dar más credibilidad a su política, Alfonsín prometió que ya nunca emitiría billetes sin respaldo. Funcionó por poco tiempo, pues sólo se trataba de ganar elecciones parlamentarias y provinciales. Después el Banco Central argentino emitió montañas de papel.

Todo el desastre económico argentino se superponía, además, a la revisión de los crímenes de la dictadura y a un par de levantamientos de militares "carapintadas".

Los déficits fiscales (en 1989 llegó al 7,6% del PBI), cubiertos con billetes nuevos, una especialidad argentina desde 1822, cuando se creó el Banco de Buenos Ayres, derivaron en toda suerte de conflictos: controles caros e inútiles, aumento vertical de la pobreza, default de la deuda, inflación que superó el 3.000% en 1989, y la entrega anticipada del gobierno al peronista Carlos Saúl Menem. "Argentina, levántate y anda", proponía el riojano.

Por entonces Tato Bores narraba en clave de humor y genio la terrible historia de la moneda argentina:


Síganme

Domingo Cavallo, ministro de Economía, acabó con la hiperinflación a partir de 1991 con una radical "ley de convertibilidad" que fijó el tipo de cambio en un peso argentino por dólar estadounidense. Claro que para mantener ese tipo de cambio el Banco Central no podría imprimir billetes, y debía tener encajes suficientes para responder a todas las demandas del mercado. El Estado, a su vez, no podría tener déficits; y si lo tenía, no podría financiarlo con emisión de dinero sino con más recaudación, o menos gastos, o más deuda externa.

Todo funcionó muy bien por varios años. La región además vivió un enorme auge del comercio entre los socios del Mercosur, una unión aduanera creada por entonces entre Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay. El optimismo, por fin, se abría paso.

Carlos Menem, un hombre capaz de hacer y decir cualquier cosa sin ponerse colorado, comentó el 31 de enero de 1998 en el exclusivísimo Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, que el Mercosur pronto tendría su moneda común. "Estamos siguiendo los pasos de la Unión Europea", dijo el presidente argentino. "Pero lo que llevó [a Europa] casi 50 años, nos llevaría una décima parte de ese tiempo".

Los funcionarios brasileños y otros representantes sudamericanos presentes quedaron pasmados. La moneda común sólo existía en la imaginación de Menem. Aún hoy, veinte años después, aquella propuesta es una quimera.

El desastre argentino estaba a la vuelta de la esquina.

El gasto público creció, el déficit fiscal se mantuvo alto y la deuda pública aumentó de manera vertical. El "atraso" cambiario, sostenido por años, destruyó buena parte del tejido industrial.

Brasil, que sufría problemas similares, devaluó su moneda en enero de 1999, apenas después que Fernando Henrique Cardoso ganara su reelección, lo que dejó a la producción argentina (y la uruguaya) fuera de competencia. Entonces se inició en Argentina el ciclo endemoniado habitual: menos actividad económica, quiebras y desempleo, caída de la recaudación, mayor déficit fiscal, más deuda para tapar el agujero...

El sistema se derrumbó a fines de 2001 y arrastró al gobierno de Fernando de la Rúa, quien había sucedido a Carlos Menem en diciembre de 1999. El peso argentino se devaluó 300% en seis meses: del "uno a uno" se pasó a cuatro a uno, aunque a fin de año se estabilizó en torno a 3,5. Por un semestre los uruguayos que aún tenían empleo disfrutaron de otra fabulosa temporada de "deme dos", gracias a los precios ridículos del vecino quebrado, como en 1982. Y después, como suele ocurrir, detrás de Argentina naufragó Uruguay, cual chinchorro atado a la popa del Titanic.


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