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Con un año de antelación, arrancaron las internas en Argentina: Macri se perfila en la oposición

Cristina Kirchner critica con dureza a Alberto Fernández pero no da señales de querer postularse. El presidente pide la unidad peronista como garantía de que no vuelva el macrismo

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06 de junio de 2022 a las 05:01

En un país volátil, en el que hacer un plan a tres meses se considera “pensar a largo plazo”, puede parecer extraño que se esté debatiendo sobre candidaturas electorales cuando todavía falta un año y medio para ir a las urnas a elegir a un nuevo gobierno. Sin embargo, es lo que está pasando en Argentina, y lo que a primera vista puede parecer contradictorio tiene, en realidad, su lógica: se percibe que la crisis económica y social es de tal gravedad, que todos los partidos están dando señales de prepararse para conducir un cambio de rumbo.

En otras palabras, se adelantaron los tiempos políticos. No es que se vaya a adelantar el cronograma electoral propiamente dicho: las primarias se harán en agosto y la elección general en octubre y, si hubiera, el balotaje en noviembre. Pero ya ha ocurrido en Argentina que una elección estuviera resuelta muchos meses antes de la votación y que el día de la elección fuera un mero trámite.

Ocurrió, por ejemplo, en 2011, cuando la oposición se atomizó ante una Cristina Kirchner en el pico de su popularidad. Las primarias confirmaron su enorme distancia respecto de los otros postulantes, de manera que la elección no tuvo suspenso alguno.

También en 2019, al presentar la fórmula Fernández-Fernández, el peronismo forzó al resto de los candidatos a apurar de hecho sus acuerdos internos, de tal manera que las primarias se transformaron en la verdadera elección. Ya en agosto se sabía que Alberto Fernández sería el presidente, aunque faltaban más de dos meses para ser electo.

Y ahora está ocurriendo lo mismo: el debate político de ambas coaliciones se está acelerando de tal forma que es como si todos los días se estuviera votando una mini primaria que se va acumulando, al estilo estadounidense, pero en vez de disputarse en las urnas se hace en actos políticos, en la TV y las redes sociales.

Y se trata de internas furibundas, con precandidatos que se profesan una fuerte antipatía pero a quienes mantiene unidos el espanto de que pueda vencer la coalición de enfrente.

La vuelta de Macri, con discurso anti “palomas”

En la oposición hay un convencimiento pleno de que en 2023 habrá un recambio de gobierno. Por si no fuera motivo suficiente de convencimiento la derrota electoral del oficialismo en las legislativas de medio término, los malos datos de la economía reafirman esa sensación.

La percepción que todos los días expresan los principales dirigentes de Juntos por el Cambio es que la inflación, la caída salarial, la precarización del empleo y los escándalos vinculados a la gestión sanitaria del covid y la campaña vacunatoria serán un lastre ilevantable para el peronismo. Creen, además, que el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional enfriará la economía y no resolverá la inflación.

Las encuestas marcan un pesimismo sobre la economía, los medios machacan con notas sobre profesionales que emigran en busca de un mejor futuro y, por primera vez, los ex funcionarios macristas se sienten reivindicados. Su convencimiento es que la opinión pública no estaba preparada para cambios estructurales en 2015, pero que sí los aceptará en el próximo período de gobierno.

“Necesitamos una revolución” fue la expresiva frase con la que Mauricio Macri definió el momento, y si bien no dijo explícitamente que será candidato -contó en una entrevista que su esposa le pide que no se postule-, en los hechos se comporta como si estuviera en campaña.

Después de dos años de “bajo perfil”, ahora habla prácticamente todos los días en los medios y no tiene miedo de hablar de temas polémicos, como por ejemplo su disposición a cerrar Aerolíneas Argentinas por su elevado nivel de déficit.

Esa reaparición de Macri impactó en la interna opositora, dado que hasta ahora se daba por sentado que el candidato natural del espacio sería el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, quien disputaría una interna con algún dirigente de la Unión Cívica Radical.

Rodríguez Larreta ganó popularidad y visibilidad nacional durante la cuarentena, con actitudes que lo diferenciaban de Alberto Fernández, como por ejemplo reabrir las escuelas. Y el presidente le hizo un favor involuntario cuando, al recortarle parte de su cuota en la coparticipación de impuestos, le permitió victimizarse: eso le significó un salto en las encuestas de imagen.

Sin embargo, la reaparición de Macri ha cambiado el panorama, porque reafirmó la idea de que en el espacio opositor hay una disputa entre “halcones” y “palomas”. Rodríguez Larreta es percibido como el líder de esta oposición de estilo más tibio, que está dispuesta a pactar con el peronismo y que quiere reformas gradualistas.

Macri, en cambio, cultiva el discurso furibundo contra el kirchnerismo y pone en duda que los otros precandidatos estén a la altura de los tiempos que vienen.

Cuando se le preguntó explícitamente qué opinaba del resto de los aspirantes a liderar la oposición, dijo que tienen un año para “demostrar que entienden la profundidad del cambio que el país necesita y que van a tener el coraje de llevarlo adelante, porque ahora, a diferencia de 2015, los argentinos entienden que no se trata sólo de un cambio político sino de un cambio global”. Todos interpretaron que se estaba refiriendo a Rodríguez Larreta.

Pero el intendente porteño tiene puntos a su favor. Para empezar, Macri sigue teniendo un rechazo alto en las encuestas. Pero, sobre todo, el gobierno de la ciudad de Buenos Aires le permite armar un poderoso equipo de campaña, donde el límite presupuestario no es problema.

Es así que Rodríguez Larreta se jacta de estar en plena preparación de un plan de gobierno, con un voluminoso equipo programático que prepara medidas para cada área de gestión. Para contrarrestar la imagen de “gradualista” que le endilgan desde el macrismo, suele repetir una frase elocuente, sobre todo cuando habla ante auditorios empresariales: “El próximo gobierno no va a tener los famosos 100 días para presentar su plan de reformas, va a tener sólo 100 horas”.

Otra ventaja de Rodríguez Larreta consiste en su buena relación con la Unión Cívica Radical, socio minoritario de Juntos por el Cambio, que está exigiendo más protagonismo. Fue en atención a ello que el pasado 25 de mayo el intendente porteño protagonizó un acto junto a la plana mayor de la UCR, donde machacó en el concepto de unidad.

“Juntos vamos a ganar la elección nacional de 2023; ¿estamos convencidos o no?”, preguntó el jefe de gobierno porteño, tratando de transmitir la confianza propia de un candidato ganador.

Cristina critica, ¿Massa se postula?

En la vereda oficialista, también se juega una interna feroz, con el ingrediente de que uno de los contendientes es el propio presidente, a quien desde el kirchnerismo se critica con dureza.

Las diferencias no son menores ni se limitan a cuestiones de estilo, como el hecho de que Alberto Fernández sea dialoguista mientras Cristina Kirchner prefiere la confrontación. Hay divergencias de fondo sobre la economía, que llevaron por ejemplo a que la vicepresidente boicoteara la votación del acuerdo con el FMI.

Su pronóstico es que la economía explotará antes de que termine este año y que no se cumplirá el crecimiento del PBI ni la caída de inflación que promete el ministro de economía, Martín Guzmán. Curiosamente, es un punto en el que casi todos los economistas de la oposición coinciden con Cristina.

Claro que ahí se termina la coincidencia, porque lo que la vice propone es un giro drástico hacia el intervencionismo estatal. Le sugiere en público a Alberto Fernández que instaure retenciones móviles a la exportación agrícola, como forma de “desacoplar” los precios internacionales de los locales, y le dice que lo tiene que hacer por decreto, sin esperar el apoyo opositor en el Congreso.

De hecho, cada vez que Cristina habla en público, alecciona al presidente sobre los errores que está cometiendo por su actitud pasiva y le explica lo que ella haría en su lugar. Por ejemplo, le reclamó que, para proteger las reservas del Banco Central, cortara el acceso a las divisas por parte de las empresas que tienen deudas en dólares.

Fernández le contesta con el argumento de que su prioridad es mantener el proceso de desendeudamiento del país, dando a entender que Cristina lo quiere empujar a una ruptura con el FMI que llevaría a Argentina a un default.

Pero también le ha enviado señales de paz. Por ejemplo, ha renovado las críticas al poder judicial -uno de los temas que desvelan a Cristina, que tiene varias causas judiciales en curso-, e incluso ha dado pasos en el sentido de reformar la Corte Suprema de Justicia.

Y, sobre todo, adoptó la estrategia de no pelearse más en público con el kirchnerismo, sino de centrar sus ataques en Macri. En un reciente acto, lo llamó “ladrón de guante blanco” y lo responsabilizó por el endeudamiento del país.

De hecho, ese es su principal argumento para evitar la ruptura de la coalición gubernamental: Fernández repite casi a diario que la última vez que el peronismo se dividió, Macri llegó al poder.

Así como el temor a Cristina es el elemento que mantiene cohesionada a la oposición, el miedo a un regreso de Macri es lo que sostiene la frágil unidad del peronismo.

Hay, sin embargo, una diferencia fundamental entre ambos bandos: mientras en la oposición Macri emerge como candidato, Cristina no ha dado señales de ambicionar un tercer mandato. Lo cual abre la especulación sobre una amplia lista de nombres. Entre ellos, destaca el de Sergio Massa, el “tercer socio” de la coalición oficialista, que viene levantando el perfil con propuestas de impacto en la clase media, como el alivio del impuesto a las ganancias.

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