ver más


El cineasta Sebastián Bednarik, responsable del documental Mundialito, se encuentra en pleno proyecto de adaptación del libro Mi mundial del ex jugador Daniel Baldi, editado por Alfaguara en 2010.

El libro cuenta la historia de Tito Torres, un niño que vive en el barrio pobre de Colonia. A pesar de la pobreza material, Tito tiene un talento: juega muy bien al fútbol. “Para muchos el fútbol es una forma de escape”, reconoce Baldi, al comentar su novela, que está narrada en primera persona.

De pronto irrumpe en la vida de Tito una niña llamada Florencia, con quien comienza una amistad. Tito no es buen alumno del liceo. Llega un representante de Montevideo y lo lleva a entrenar a Peñarol, donde lo contratan. Tito sale campeón en las inferiores y los medios comienzan a hablar de él, hasta surge un pase al Milan, pero antes de viajar sufre un accidente: se lesiona gravemente la rodilla, no puede jugar al fútbol. Vuelve a su barrio en Colonia. Se reinserta en el liceo. Salva el liceo con buena nota y comienza a curarse de la rodilla. Quizá tenga otra posibilidad. Hasta ahí va la ficción.

Pero por momentos, la historia personal de Baldi se confunde con la de Tito Torres. Incluso hay gente que cree que son sus memorias, pero el autor lo niega. “La historia no es autobiográfica. Sí tiene algunos elementos personales, pero está basada en historias de compañeros, de amigos y de conocidos”, dice el autor.

El ojo de Ribas
A Baldi como jugador lo descubrió Julio Ribas en un partido de pretemporada cuando Bella Vista jugó contra Peñarol de Colonia, donde jugaba un adolescente Baldi de 16 años, que además del fútbol ya despuntaba el vicio de escribir cuentos.

Pero el fútbol pudo más. En 1998 dejó el liceo para ir a Bella Vista. Vivía en la casa de la abuela en Montevideo, sin ganar un peso. Ribas le puso de sobrenombre “Pimpollo”. Baldi era tan rápido como hábil. En las prácticas el técnico le pedía a sus jugadores que le pegaran a Baldi, para foguearlo.“Lo tenés que levantar en la pata”, les decía Ribas. “Yo tenía miedo de que me quebraran”, recuerda Baldi. Si bien entrenó con Bella Vista nunca llegó siquiera al banco de suplentes.

Hasta que un día su vida dio un vuelco. Ribas tenía un amigo en la embajada uruguaya en Arabia Saudita. Lo llama a Baldi y le dice: “Pimpollo, vení. El lunes te estás yendo para Arabia”. El muchacho quedó petrificado. Su familia no sabía nada pero con suma ingenuidad lo dejó ir a esa aventura.

Llegó al club Al Nasr, de Arabia, donde no llegó a jugar. Estuvo tres meses entre las ciudades de Riyad y Jeddah, sin saber ni árabe ni inglés, por fuera del mundo musulmán que no comprendía. “Estaba virtualmente secuestrado en Arabia”, narra. Hasta que no aguantó más y llamó a su madre, diciéndole que volvía.

Baldi regresó a Uruguay. Ribas era el técnico de Peñarol y lo llevó a las inferiores aurinegras. A los dos años, sin posibilidad de ascender al equipo de Primera, se fue de Peñarol y quedó libre. Un dirigente le dice: “Si no querés esta camiseta, mejor te vas”.

Entonces, el hijo pródigo volvió a Colonia en 2001, desencantado del fútbol, después de un periplo que lo llevó lejos y donde no pasó nada bien. Decidió dos cosas: primero, como Tito Torres en la ficción, volver al liceo y terminar sus estudios, anotándose en el liceo nocturno; segundo, se fue jugar a Plaza Colonia, en ese momento en la divisional B, creyendo que su paso por las canchas pronto se esfumaría.

El ascenso
“En Plaza me encontré con el mejor técnico que tuve en mi carrera, que fue Daniel Torres. Y la campaña de Plaza fue tan buena que ascendió a la A”, cuenta Baldi.

Para encarar la campaña 2002, Plaza contrató como técnico a Diego Aguirre, estrella como jugador, pero con muy poca experiencia en dirigir. Baldi ganó un nuevo compañero de equipo y de liceo en el defensa Diego Lugano, que Nacional había dejado libre. Juntos terminaron sexto ese año. Hoy Baldi reconoce que no son muchos los jugadores que han podido terminar la secundaria, y son mucho menos los que iniciaron alguna carrera terciaria.

Plaza Colonia hizo un campañón que le permitió acceder a la Liguilla y si no hubiese sido por el sorprendente Fénix de Juan Ramón Carrasco, hubieran clasificado a la Libertadores. “El gol que más grité en mi carrera fue el cuarto en el 4 a 3 contra Peñarol. Ellos me dejaron libre y no confiaron en mí. Fue un gol muy especial”, dice Baldi.
Por su buena actuación lo compró el Cruz Azul de México, donde fue compañero de Sebastián Abreu. “De esa experiencia recuerdo los seis goles que nos comimos con Fénix acá en el Franzini por una Libertadores”, agrega.

Luego de problemas en el Cruz Azul, Baldi regresó a Uruguay al club menos pensado: Peñarol. “Era 2004 y el equipo era horrible. Enseguida me fui a Argentina, a jugar en Nueva Chicago”, recuerda.

En todo ese tiempo nunca dejó de escribir. “Mis compañeros me miraban con cierta desconfianza. Se preguntarían de qué escribía yo. Era raro un jugador escritor”. dice Baldi. La incomprensión llegó hasta la prensa, que lo apodó “El Poeta”, aunque nunca en su vida Baldi haya escrito poesía. “Los relatores me decían eso y yo me re calentaba”, cuenta.

Ida y vuelta
En busca de un futuro mejor, se fue Italia, pero no tenía pasaporte y las cosas se le complicaron. Regresó a Plaza y cuando consiguió el pasaporte volvió a Italia, a jugar en el Treviso de la B, junto a Carlos Valdés y a Gianni Guigou.

En Italia conoció a su esposa, que es argentina. En 2006 nació en Buenos Aires su hijo Salvador, pero él todavía estaba en Italia. Cansado de la vida separada de su familia, volvió a Uruguay. En ese momento recién decidió acercarse a una editorial para mostrarle material. Si Ribas le puso el ojo en una cancha, fue el editor de Fin de Siglo, Edmundo Canalda, quien vio el potencial de la literatura de Baldi. Le publicó La Botella FC, una novela acerca de un equipo de barrio y tuvo éxito. “Las editoriales me publican como literatura infantil, pero yo escribo para todos los públicos”, se queja Baldi.

El autor jugó en Cerro, en Danubio y los últimos dos años en Bella Vista, donde se retiró el campeonato pasado, sin que nadie se enterara, “hastiado de la cabeza, cansado de los dirigentes”, confesó el ex jugador. A pesar de sus ocho libros publicados y los más de 15 mil ejemplares que vendió con Mi mundial, no se reconoce inserto en el ambiente literario local. “Hay quienes me miran por arriba del hombro y dirán: ‘Este jugadorcito, ¿qué escribe?’”

Baldi acaba de terminar de leer Moby Dick, de Herman Melville y le gustó tanto que pintó en el dintel de la parrilla en el patio de su casa a modo de homenaje al barco y al protagonista de la novela: “Pequod, C. Ahab”. Quiere seguir escribiendo, de fútbol y de otros temas. Ahora lo adaptan al cine. Está contento. De alguna forma, venció a la ballena blanca.