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El Brexit: una negociación con resultado incierto

El fin del proceso se espera con prudencia debido a los distintos hechos políticos

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10 de agosto de 2018 a las 05:00

Por Alberto Bensión

El mes pasado, la renuncia de los ministros de Relaciones Exteriores Boris Johnson y del Brexit, David Davis, puso de manifiesto, una vez más, las dificultades del gobierno de la primer ministra Theresa May para acordar la separación entre su país y la Unión Europea (UE).

En los casi dos años transcurridos desde el Brexit, sus resultados han sido negativos para el conjunto de la sociedad. No sólo el gobernante del Partido Conservador se auto infringió un importante daño político y puso a la oposición laborista en carrera para un próximo triunfo electoral. Hay estimaciones de que a lo largo de ese período, la producción de la isla es un 2% menor de la que habría sido sin esa decisión. Inevitablemente, la incertidumbre sobre las posibilidades de mantener las ventas al continente europeo, su mercado más importante, ha forzado a una pausa en la decisión de inversión del sector privado.

En este marco, la Sra. May intenta apurar el paso para cerrar un acuerdo con la UE antes de marzo del año próximo. Por lo pronto, ya hay un principio de coincidencia con los europeos sobre la suma que el Reino Unidos (RU) deberá pagarles para dejar la asociación y cumplir con los compromisos devengados en el pasado.

A principios del mes pasado, el gobierno británico propuso un "acuerdo de asociación" a la UE, similar al que ya tiene con otros países como Noruega, Ucrania y Georgia, a fin de conformar un área de libre comercio. El RU insinuó que hasta estaría dispuesto a aceptar que un eventual conflicto entre las normas británicas y europeas en la materia, sea definido por la Suprema Corte de Justicia de la UE.

La propuesta también busca crear una relación flexible para el intercambio de servicios financieros, que es un sector muy sensible para la economía de la isla. Los británicos estarían dispuestos a admitir que Bruselas asimile el acceso de la City al mercado europeo con las condiciones que en la actualidad cumplen New York, Singapur y otros centros financieros, que deben certificar que sus respectivos marcos regulatorios son "equivalentes" a los de la UE.

Aún suponiendo que ambas propuestas puedan culminar en un acuerdo satisfactorio para ambas partes, hay varios otros asuntos pendientes. Entre ellos está el acceso de la pesca británica al mercado europeo pero a la vez, el control que el RU desea conservar sobre los mares. Otros temas a resolver son las normas que regulan el sector de alimentos, el cuidado del medio ambiente y los asuntos sociales y de empleo.

Otro asunto de difícil solución es el de la frontera entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda, puesto que con el divorcio, ambos quedarían a un lado y otro de la UE. Inicialmente, los europeos plantearon la necesidad de una "frontera dura" entre ambos países, pero ello causaría un retroceso político y económico de significación en su relación, que arrastra una larga historia de desencuentros. Para salvar este problema, un "área comercial libre" para los bienes evitaría la necesidad de una aduana y las regulaciones correspondientes entre las dos Irlandas.

En este estado de la negociación fue que ocurrió la renuncia de los dos ministros "euroescépticos". Es que las propuestas de la Sra. May apuntan a lo que ellos, y el sector que los apoya, consideran como un divorcio "blando" de la UE, que dejaría más puntos de contacto y de dependencia que los deseados por quienes inspiraron la iniciativa de ruptura con el continente. Para complicar las cosas, en su reciente visita al Reino Unido, el Presidente Trump dio un nuevo vigor a los separatistas, cuando anunció que su gobierno daría prioridad a los británicos para negociar un tratado de libre comercio, una vez que abandonen la UE. También en el lado europeo hay problemas. Hace pocos días, el jefe negociador de la UE, Michel Barnier. indicó que sus miembros no pueden acceder a un acuerdo en el que puedan perder el control de sus normas y sus fronteras, teniendo en cuenta que el RU aspira a mantener un intercambio libre de bienes con la UE pero no de servicios y personas.

En este cruce de intransigencias, podría ocurrir que la negociación en curso termine en un "no acuerdo". Sería un retroceso de proporciones para ambas partes..

Las exportaciones británicas perderían el acceso preferencial del pasado al continente europeo y el sector financiero quedaría gravemente limitado en su proyección internacional, con la posibilidad de una fuga de capitales y un debilitamiento de la libra.

A su vez, la UE perdería una parte de sus fuentes tradicionales de abastecimiento. De paso, dejaría de percibir las £39.000 millones que el Reino Unido ya aceptó como pago por el divorcio, lo que obligaría a sus miembros a un desembolso adicional para mantener el normal funcionamiento del proceso de integración. Más aún, el comercio entre ambas partes tendría que ser regulado de acuerdo a las normas de la Organización Mundial de Comercio, que a su vez obligaría a la recreación de aduanas y normas de regulación de épocas pasadas

En ambas partes parece haber un predominio de los sectores dispuestos a alcanzar un acuerdo razonable, con las concesiones inevitables propias de todo proceso de negociación. Pero los varios acontecimientos políticos que en estos últimos tiempos se han apartado de las predicciones convencionales, obligan a esperar con cautela el fin de este proceso.
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