El doble campeón de Roland Garros finalizó su racha de partidos invicto sobre tierra batida.
Llegar a Roland Garros inmaculado en tierra desde abril del 2005, ganando 14 finales en esta superficie (contando Hamburgo) hubiera sido para el de Manacor un reto más mental que estadístico, y desde luego físico. Y al final así ha sido, porque acabar en la final alemana ha supuesto igual desgaste para el jugador español que este año si decidió acudir al torneo hamburgués.
Poco estaba de su parte para enfrentarse contra un Federer algo más fresco, enrabietado por sus últimos malos resultados en tierra, máxime cuando el suizo venía de pasar por lo que él mismo calificó como "una semana de locura" cuando hace tan solo unos diez días cayó en los octavos de final de Roma ante el italiano Filippo Volandri (53 del mundo) y rompió con su entrenador, el australiano Tony Roche.
Dos gestos han marcado el torneo alemán en sus dos últimas jornadas. El de Nadal el sábado al finalizar su partido de semifinales contra el australiano Lleyton Hewitt cuando arrojó su raqueta al banquillo, nada más ganar el último punto, hastiado de tanto tenis, y el de Federer hoy al lograr su objetivo y derrotar por fin al español.
El 6-0 del último set, un "rosco" que Nadal no recibía desde el primer set de la final de Wimbledon del año pasado, precisamente ante Federer fue quizás algo injusto, pero el mismo "Rafa" admitió después que había perdido la mayor parte de su fuerza y que estaba cansado mentalmente.
Para Federer sí ha supuesto un alivio y un esperanzador resultado. "Ha sido una increíble actuación por mi parte. He tenido un día formidable y es muy agradable jugar bien de nuevo. Además es mi primer título en tierra en un par de años", señaló.
(EFE)