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El fin del monopolio de los corchos

Después de décadas en que el corcho disfrutó de un monopolio absoluto como tapón de las botellas de vinos, hoy este privilegio ya no es tal.

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03 de julio de 2018 a las 05:00

Por Eduardo Lanza

Sobre el año 1992 las bodegas australianas creían difícil que existiera corcho suficiente para satisfacer una demanda creciente. En particular debido al gran aumento de producción en China. Esta fecha se puede considerar el principio del fin del monopolio del corcho. Los fabricantes de envases plásticos de USA vieron entonces, la ocasión de producir tapones y desembarcar en un sector que para ellos resultaba inalcanzable. Por esas fechas también se empezaron a probar las tapas rosca de aluminio, para los vinos más económicos. Los menores precios de estos tapones alternativos hicieron que su uso aumentase en los últimos años de la década de los 90.

La naturaleza dicta las reglas

La industria corchera no tomó en serio esta competencia, pensando que su monopolio era inexpugnable. Sabido es que el corcho como producto natural se obtiene sacando la corteza del alcornoque, un árbol robusto de la familia del roble, que puede vivir más de 200 años. Para efectuar esta operación hay que esperar que el alcornoque tenga una edad mínima de tres décadas. Luego se puede repetir la operación cada 9 o 10 años, con lo cual ya podemos hacernos una idea de las limitaciones de la producción de corcho. Por la diversidad de anatomías de los árboles, no se han diseñado equipos mecánicos para realizar esta tarea, como sucede hoy día con las uvas y aceitunas. Por tanto, cada año se deben contratar cuadrillas, cada vez más escasas por la destreza necesaria que se requiere de sus integrantes, para realizar la operación con rapidez y sin dañar el tronco. Además y como un capricho curioso de la madre naturaleza, los alcornoques sólo crecen y se desarrollan en la cuenca del Mediterráneo. En España y Portugal existen las principales plantaciones, aunque también las hay, aunque en menor medida, en Marruecos, Argelia y Túnez. Un escenario bien diferente al de las frutas o los cereales por ejemplo, que se cultivan y cosechan cada año, en tantas regiones del mundo.

El cierre ideal

Desembarcó como tapón de botellas en el siglo XVII y representó una solución ideal, por su condición de elástico, inodoro y hermético. Por más de trescientos años tuvo la exclusividad como tapón de vinos y su producción pudo seguir el lento ritmo de demanda del mercado. Pero el aumento experimentado en las últimas décadas y la diferencia de costos con los tapones competidores, han cambiado totalmente el panorama. El fuerte aumento de un 40 % del precio del corcho en los años 2005 y 2006, debido a una prolongada sequía, favoreció la apertura de mercados para los nuevos tapones.

En la actualidad, casi tres cuartas partes de las botellas que se comercializan, aún se tapan con corcho, ya sea natural de una pieza o colmatados o aglomerados. El problema que se cierne a medio plazo es la creciente baja de calidad, en parte debido a la afectación producida por la carcoma del corcho, que en Cataluña obliga a triturarlo para producir tapones de menor calidad.

La sequía es otro problema preocupante y eso se evidenció en la campaña del año 2012, donde más del 60 % de la cosecha de corcho quedo en el árbol, por dicho fenómeno climático en la Península Ibérica.

Mientras el corcho se ve afectado por factores medioambientales al ser un producto natural, sus competidores son inmunes a estos factores.

La gran baza del corcho es explotar lo natural del bosque de alcornocales, lo sostenible de su origen y las poquísimas emisiones de anhídrido carbónico en su manufacturación. En esos aspectos el corcho no tiene rivales y gana frente a los tapones alternativos. Esa es su gran baza y ahora solo falta y no será nada fácil, difundir esas cualidades por todo el mundo.

Esta nota fue originalmente publicada en el blog Delicatessen
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