Actriz estadounidense, Angelina Jolie.
Vicepresidenta de España, Yolanda Díaz.
Diputada argentina Myriam Bregman.
Presidente de Colombia, Gustavo Petro.
Fernando González

Fernando González

Director de El Observador España

Miradas > El ataque de Hamas

El holocausto está en las pantallas y algunos no quieren mirar

A un mes del cruento ataque de los terroristas de Hamas contra Israel, crece el temor a una confrontación global. La hipocresía de cierta dirigencia le abre el camino a los grupos fundamentalistas y violentos y representa una repetición del holocausto en plena modernidad.
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09 de noviembre de 2023 a las 18:19

Algunos lo entienden más temprano o más tarde. Algunos no lo entienden nunca.

En mi caso, me tocó entenderlo hace treinta y un años. Estaba en la redacción de un diario (El Cronista) y una bomba acababa de destruir por completo la embajada de Israel.

El director de aquel diario era un periodista llamado Mario Diament. Lo acompañaba el prestigio de haber pisado fuerte en otras redacciones. La Opinión, el de Jacobo Timerman en los sangrientos setenta. Clarín, El Expreso, La Nación. Había sido corresponsal en la Guerra de los Seis Días y se había ido a vivir a Miami, de donde había vuelto para dirigir El Cronista en la Argentina desconcertante de los ´90.

Menemismo y carapintadas. Un peso, un dólar. Alineamiento con EE.UU. y un par de naves enviadas a la lejana Guerra del Golfo. Enojo de Irán y una bomba en la embajada de Israel. Y habría otra más, dos años después.

Cuando las pantallas de los noticieros empezaron a transmitir desde los escombros de la embajada. Cuando se empezó a despejar la nube de polvo en la calle Arroyo para dejarle paso a los hierros retorcidos, a los bloques de cemento destrozados y a los muertos, y a la sangre, Mario se fue de la redacción. Atravesó la puerta que daba a la calle Honduras, en el barrio que recién empezaba a ser Palermo Hollywood, para caminar hacia un destino que nadie conocía.

Era temprano y no había internet. Por eso, el perezoso diario de papel no iba a empezar a escribirse hasta bien entrada la tarde. Los periodistas miraban la tele, hacían llamados por teléfonos de línea y algunos se iban a almorzar para lo que sería una tarde informativa muy intensa.

Mario Diament volvió pasadas las tres de la tarde. Tenía polvo sobre sus pantalones y en las manos también, cubiertas de una finísima capa de restos de ladrillos y otros productos de la construcción. Pero lo que cubría casi todo su cuerpo era otra cosa. Era la estela de la destrucción. Había ido para observar los escombros de la embajada y había caminado entre la confusión de los cadáveres y las almas todavía atontadas por la tragedia.

Pidió una computadora, El Cronista fue el primer diario que informatizó sus viejas Olivettis, y se sentó en un escritorio ubicado en el medio de la redacción. Para que todos lo viéramos. Golpeaba las teclas con furia y, por momentos, parecía que lloraba.

Estuvo así, escribiendo, por poco más de una hora. Y cuando terminó, dio un par de órdenes para organizar la cobertura periodística de la bomba, y se encerró en su oficina. Para hablar con su esposa, una egipcia educada en Francia llamada Simone. Y con sus hijos. No podía creer todavía lo que había visto. Tenía una tristeza infinita, nos diría al día siguiente.

La columna de Mario Diament se publicó el 18 de marzo de 1992. Iba completa en la tapa de El Cronista y la tituló “Todos somos judíos”. Era un texto vibrante y bellamente escrito que describía con enorme talento, y con profundo dolor, el cansancio ante la violencia salvaje.

Ante el reflejo repetido de la humanidad de querer acelerar los cambios echando mano a la herramienta de la muerte. Al argumento del asesinato y la crueldad. “La carne se desgarró en unos y en otros sin detenerse a diferenciar entre los credos”, decía el artículo,

Y se detenía, incrédulo, a explorar “la estupidez irremediable del antisemitismo”. Hablaba de inocentes y de cobardes.

El texto de Diament tuvo un impacto inmediato y global. Fue reproducida por The New York Times y por la cadena británica BBC. Lo llamaron de cien radios, argentinas y extranjeras, y debió aceptar entrevistas en casi todos los canales de televisión.

Fue un gigantesco trending topic antes de que aparecieran las redes sociales. Y todos, hasta los periodistas jóvenes e inexpertos como era mi caso, tratábamos de entender ese fenómeno político y mediático que ocurría a nuestro alrededor.

Pero pasó bastante tiempo hasta que logramos entenderlo. El otro bombazo, el de la AMIA en 1994, nos agarró más curtidos. Menos ingenuos para comprender el mensaje atemorizador de las muertes masivas.

Haber leído, haber vivido, haber transitado aquel “Todos somos judíos” me preparó para tratar de comprender y de hallarle un sentido al sinsentido del terrorismo. Leyendo después otros cientos de textos esclarecedores, y repasando las listas de miles de muertos que los atentados y los ataques iban dejando a través de los años.

En Estocolmo o en Karachi. En la redacción de Charly Hebdo, en Atocha o en las torres gemelas de New York. Hubo un momento, incluso, en el que me sentí preparado para absorber cualquier otro golpe y aceptar cualquier novedosa discusión.

Pero el ataque de Hamas en la frontera de Gaza me demostró que nunca estamos preparados del todo para enfrentar los mil rostros de la muerte. Otra vez de pie ante los televisores o mirando incrédulo en las pantallas de los smartphones los asesinatos a tiros, los ancianos ensangrentados, los chicos muertos sin piedad, las mujeres golpeadas, violadas y escupidas aunque ya fueran cadáveres con las rodillas dislocadas. ¿Cómo encontrarle algún atisbo de racionalidad a la locura del terror desatada por Hamas en la madrugada del 7 de octubre?

Lo que queda claro, pasado un mes de la tragedia y aunque algunos se resistan increíblemente a esta altura de los hechos, es que el de Hamas no fue un ataque hecho a las apuradas. Se trata de una movida estratégica, fríamente planificada desde hace muchos meses, para asestarle un golpe mortal a la evolución cuasi europea del estado de Israel.

No es casualidad, de ningún modo, que el ataque más salvaje y más cruel se haya desatado sobre una fiesta.

La rave del Festival Supernova que había convocado a más de 4.000 chicos y chicas de varios lugares del planeta. Porque las raves son eso. Una suerte de celebración global en la que se dan cita jóvenes de diferentes países y de diferentes culturas para bailar música electrónica, pero también para intercambiar experiencias de vida, para compartir drogas en algunos casos y para disfrutar el sexo con personas a las que tal vez solo se conozca por unas horas y jamás se vuelvan a ver.

A la rave en un campo a seis kilómetros de la frontera con Gaza habían ido chicos que hacen la milicia en Israel y chicas de Berlín, de Sevilla o de Buenos Aires, que veían en ese rincón de Medio Oriente un lugar en el que podían celebrar tranquilos.

Porque ciudades como Tel Aviv o Jerusalem se habían convertido en polos de atracción globales llenos de turistas.

Ya no había que temer en Haifa, como no había que temer en Doha (donde miles de argentinos y españoles habían disfrutado el Mundial de Fútbol), ni en Abhu Dhabi, ni en Dubai. Con sus Mc Donalds y sus chips de Vodafone el planeta se agrandaba para todos, y mucho más especialmente para los que tenían menos de cuarenta años.

Todo eso se derrumbó en la madrugada de ese sábado mientras sonaban las balas de fusil AK 47 entrando por las ventanas de las casas en los kibutz adormilados. Mientras se escuchaban los gritos de guerra religiosos y los cadáveres se amontonaban en los jardines y dentro de los autos en las carreteras. No había paraíso europeo para israelíes, palestinos, libaneses o saudíes que quisieran vivir un tiempo en paz. Ellos, los paladines del terror, no lo iban a permitir porque la paz les podía arruinar el negocio.

Lo incomprensible no es que el terrorismo golpee donde más le duela a la civilización. Que agite las cimitarras para impedir un acuerdo comercial entre Israel, Arabia Saudita, Bahrein y los Emiratos Arabes que podía facilitar el mundo agradable de las inversiones empresarias. Lo incomprensible es que no adviertan la trampa tantos dirigentes importantes e influyentes del planeta.

Solo hay que leer sus palabras y escuchar sus discursos. Puede ser la vicepresidenta Yolanda Díaz en España, o la diputada Myriam Bregman en Argentina. Puede ser el ex guerrillero que jamás aprendió nada y aún así es presidente de Colombia, Gustavo Petro, o puede ser la actriz Angelina Jolie, a la que debe poner en su lugar su padre, el veterano John Voight, quien parece conocer algo más de las guerras que sus escenas inolvidables de “Regreso sin gloria”.

Todos ellos, y muchos más alrededor del planeta, le tienden una alfombra de plata a los terroristas sin alma pensando que esto sigue siendo el mundo bipolar que alumbró la Segunda Guerra Mundial. Tal vez sigan creyendo que pueden jugar al flower power con Kim Jong-Un, con Vladimir Putin o con las hordas neo fascistas de Hamas o de Hezbolah.

Salvo para ellas, en su ideologismo adolescente, para cualquier otra persona que se detenga un minuto a pensarlo está claro que ni Yolanda, ni Myriam ni Angelina hubieran salido vivas del asalto a los kibutz, ni de las ejecuciones ni de las violaciones en masa.

Es hora de que las dirigencias despierten. A la sombra del estado de bienestar, de los inmigrantes que llegan en cayucos y de la financiación inocente que los organismos multilaterales de crédito vuelcan sobre organizaciones que solapadamente protegen a los terroristas, se fortalecen los nuevos emisarios del mal. No hay tonalidades grises para ellos. Detrás de la cortina de una religión dogmática, despliegan su carnaval de venganzas, de fundamentalismo y de muerte. Todo en homenaje a la sangre.

Hoy vuelven a ser los judíos, como lo fueron hace casi un siglo hasta llegar al Holocausto. Como lo fueron los gitanos, los armenios y vienen siendo los ucranianos. Siempre está la excusa de la raza, o de la religión, o de la intolerancia porque sí.

El odio está allí otra vez y tenemos que encontrar el antídoto para vencerlo. Se lo puede ver a simple vista, en los videos de las redes sociales, en cualquier smartphone, mucho más tremendos que cualquier película y que cualquier ficción. Hace apenas un mes, la maldad entraba de madrugada en los kibutz para disparar a mansalva, para matar con crueldad infinita y para decapitar a decenas de niños.

Cuando Diament escribió aquello de “todos somos judíos”, dejó impreso un mensaje para quienes nos sentíamos tan seguros.

Nadie está al margen cuando el odio agita su bandera de sangre y de muerte. Nadie podrá decir otra vez yo no lo vi. No sabía de los trenes con gas ni de los campos de concentración. Ahora todo el horror está a la vista en los tiempos de la velocidad digital.

Toda la información más siniestra nos golpea en la cara. Esta vez no tenemos excusas.

Si el mal se adueña otra vez de nuestras vidas, será porque nunca estuvimos a la altura del don de la existencia.

 

 

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