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La venganza de los trasnochadores: el horario laboral que empieza a las 9 y termina a las 17 pierde popularidad

A la sociedad siempre le han gustado los madrugadores y la productividad en los horarios matutinos, pero empieza a haber cambios para los desvelados

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02 de septiembre de 2018 a las 05:04

Alex Williams
New York Times News Service

He escuchado esto toda la vida: a la sociedad le gusta la gente que madruga. La ama, de hecho. Quienes se levantan temprano tienden a ser más puntuales, sacan mejores calificaciones en la escuela y progresan en la jerarquía corporativa. Estas personas, llamadas alondras, son reconocidas como las triunfadoras, las aduladoras, las directoras ejecutivas.


Pero ¿qué tal si no es así? ¿Qué tal si los búhos son en realidad los genios no alabados? ¿Qué tal si somos los innovadores por excelencia y quienes cambian las reglas, los más aptos para la sociedad moderna y posindustrial dominada por los codificadores trasnochados, nómadas digitales, magnates de trabajo independiente y emprendedores de espacios compartidos de trabajo?


Quizá por fin es el momento de que los búhos del mundo se levanten (pero no demasiado temprano, claro).


Supe que era diferente desde que tenía 7 u 8 años. Los esfuerzos de mis padres para que me durmiera temprano eran infructuosos. La cosa empeoró durante mi adolescencia. Mi padre me despertaba a las 6.30, irrumpía en mi habitación y resoplaba: “La sociedad comienza al amanecer”, mientras sacaba el acolchado de mi cama.


No estaba equivocado. Las escuelas, los empleos en oficinas y las ligas deportivas estaban todos diseñados alrededor de ese horario; no había nada que yo pudiera hacer al respecto.


La idea de que pudiera sencillamente reprogramar mi configuración interna con un poco de autodisciplina parecía evidentemente falsa, posiblemente dañina.


Tomen en cuenta que mi higiene del sueño –para invocar un término que aún no se ponía en boga– era excelente. No tomaba alcohol ni cafeína y me era fácil no pasar tiempo frente a una pantalla antes de irme a la cama, pues la única pantalla en mi casa era una televisión de tubos catódicos que mostraba entretenimiento basura.


Años después, los doctores especialistas en sueño me diagnosticaron lo que comúnmente se llama síndrome de la fase del sueño retrasada, que se refiere a cualquiera que se va a dormir horas más tarde que, ejem, la hora convencional. A menudo el nombre se reduce a sus iniciales de sonido atemorizante –SFSR– como tantas enfermedades que ponen en riesgo la vida.


Tengo un SFSR muy pronunciado. Naturalmente mi cuerpo quiere irse a dormir alrededor de las dos de la mañana y levantarse cerca de las 10. Siempre que trato de ajustarme a un horario más temprano, mi cerebro es una plasta. En cambio, se me encienden los foquitos como árbol de Navidad aproximadamente a las nueve de la noche, y durante las siguientes horas es cuando soy más yo: estoy alerta, me siento inteligente, con inspiración creadora.


Y no es que la sociedad alguna vez haya mostrado mucha flexibilidad hacia mi ciclo del sueño. He tenido un empleo de oficina durante la mayor parte de mi vida adulta y ahora un matrimonio y dos hijos que tienen menos de 10 años, por lo que regularmente me levanto a las 7.30, y me esfuerzo lo más que puedo por fingir algo de alegría mientras empaco almuerzos y mando a nuestros hijos a la escuela.
En consecuencia, sufro de un déficit de sueño crónico. Es decir, tengo un problema del sueño, aunque técnicamente eso no es preciso. Yo duermo bien. Son los demás los que tienen un problema al respecto.


Mi momento de verdad ocurrió este año hace unos meses, cuando leí Why We Sleep, de Matthew Walker, director del Centro de la Ciencia del Sueño Humano, en la Universidad de California, Berkeley.


El libro explica en detalle la manera en que todos los humanos seguimos un ritmo circadiano de 24 horas, un reloj interno, que coordina un descenso en la temperatura corporal, por ejemplo, cuando se prepara para dormir, y se eleva de nuevo cuando es momento de despertarse. Lo que las personas alondras como mi padre nunca han entendido es que no todos tenemos el mismo reloj.


De acuerdo con Walker, cerca del 40% de la población son personas mañaneras, el 30% son nocturnas y el resto se encuentra en algún punto intermedio. “Los búhos no lo son por elección”, escribe. “Están atados a un horario retrasado por una inevitable y sólida configuración del ADN. No es un error consciente, sino más bien su destino genético”, explica.


Para dar aún más pruebas, señalaré que el año pasado los investigadores de la Universidad Rockefeller anunciaron el descubrimiento de una mutación genética que aparentemente explica el SFSR, lo que significa que yo, supongo, soy mutante, igual que Godzilla.


Cuando se obliga a los búhos a levantarse temprano, su corteza prefrontal, que controla sofisticados procesos de pensamiento y el razonamiento lógico, “permanece inactivo, o en estado de ‘apagado’”, escribe Walker. “Como un motor frío cuando se le arranca temprano en la mañana, le toma mucho tiempo calentarse y llegar a la temperatura adecuada para funcionar”.


Eso incluso podría deberse a un propósito evolutivo. Cuando los primeros humanos vivían en pequeñas tribus, los horarios de sueño escalonados brindaban una ventaja para la supervivencia: siempre había alguien despierto para estar atento a los leopardos que merodeaban y los rivales con palos, según el libro.


Pero desde entonces todo ha ido en picada para los que somos búhos. El advenimiento de la agricultura trajo consigo campos que arar al amanecer. La Revolución industrial trajo consigo fábricas con relojes para marcar a las 8.00. Los trasnochadores tuvieron que adaptarse, y al parecer eso ha pasado la factura.


De acuerdo con un estudio muy publicitado sobre cronotipos publicado este año, los búhos podrían morir antes que los madrugadores. Otro estudio, aparecido en la Journal of Psychiatric Research, encontró que es 6% más probable que las personas nocturnas padezcan de depresión que las personas que duermen a una hora convencional.


Distintos estudios han sugerido que los trasnochadores también beben más, fuman más y tienen más parejas sexuales (quizá porque es más fácil tener suerte en un bar a la medianoche que en un Starbucks a las 7.00). Otros estudios han establecido vínculos con la tríada de trastornos de la personalidad: psicopatía, maquiavelismo y narcisismo.


En mi primer trabajo, como reportero de un diario en el condado de Orange, en California, tenía que estar en mi escritorio a las 8.00. Estuve en ese trabajo durante 14 meses, con una sola semana de vacaciones, pero mi cuerpo jamás se aclimató.


Noche tras noche me quedaba despierto hasta la una de la madrugada o más tarde, preocupado por mi inevitable cansancio al día siguiente.
Aunque me arrastraba para llegar a las 7.45, mi jefe ya llevaba ahí una hora, porque los jefes se levantan al amanecer, ¿no? Por eso son los jefes. En el mundo corporativo, levantarse temprano siempre ha funcionado como un útil significante de la ambición sin límites, de la voluntad de tener éxito.


Robert Iger, de Disney; Howard Schultz, de Starbucks, e Indra Nooyi, la saliente directora ejecutiva de PepsiCo, tienen fama de levantarse entre las 4.00 y 4.30, y son relativamente unos flojos en comparación con Tim Cook, de Apple, quien se dice que salta de la cama a las 3.45.
No es de sorprender que los “empleados que comenzaban a trabajar desde más temprano fueron calificados por sus supervisores como más dedicados, así que recibieron mejores puntuaciones de desempeño”, de acuerdo con un estudio realizado en 2014 por la Escuela de Negocios Foster, de la Universidad de Washington.


Pero ¿y si el ambiente laboral moderno ya no funciona con esa fórmula? ¿Qué tal si ser un búho ya no fuera una discapacidad, sino una ventaja?


Nunca he sido madrugador”, dijo Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, en una entrevista por video de 2016 en la red social. Dice que se levanta cerca de las 8.00.


“Los codificadores más productivos que conozco, así como los escritores y probablemente otros muchos creativos –dijo Tim Ferriss, el autor de trucos para mejorar la productividad e inversionista de tecnología– tienden a hacer gran parte de su mejor trabajo cuando otros duermen, en momentos que coinciden con menos distracciones bombardeantes”.


El tradicional espacio de trabajo de 9.00 a 17.00 está perdiendo popularidad, en especial en Silicon Valley y otros sectores creativos donde el día laboral ya no está ligado a las horas de sol. Además, con los robots y la inteligencia artificial erosionando aun más el viejo sistema al encargarse de las tareas rutinarias, la nueva cultura del lugar de trabajo tiene que ver menos con la puntualidad y más con ser creativos y romper las reglas.


Pueden decir lo que quieran sobre los búhos, pero somos una tribu de disidentes. Nuestro salón de la fama –o infamia– incluye a rebeldes (Keith Richards, Hunter S. Thompson), revolucionarios (Mao, Stalin), genios furiosos (James Joyce, Prince) y locos (Charles Manson, Hitler). Incluso nuestros héroes políticos convencionales (Barack Obama, Winston Churchill) son recordados como genios marginales.


Esto podría no ser coincidencia. La esencia misma de nuestro cronotipo nos hace bichos raros, tendientes a ver la vida a través de una lente distinta. Somos los raros que nos sentimos más vivos merodeando en la oscuridad, seguros en la ilusión de que el mundo nos pertenece al menos durante las pocas y preciosas horas de la noche en las que los demás duermen.


En esas horas de la madrugada nos sentimos libres de pensar cualquier cosa, tener cualquier sueño, a salvo del escrutinio y el juicio del mundo puritano.


¿Quiere decir eso que somos, de hecho, narcisistas? Quizá. Al menos somos diferentes. Tal vez especiales.


Por lo menos algunos científicos están de acuerdo. En 2009, Satoshi Kanazawa, un provocador psicólogo evolucionista de la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres, inspiró muchos titulares con un estudio que intentaba sugerir que las personas nocturnas podrían ser más inteligentes que las madrugadoras.


En un estudio de 2014 de la Universidad de Chicago se encontró que los búhos estaban “asociados con una mayor toma de riesgos general” en cuanto a las finanzas, la ética y el tiempo libre. Concedo que esas características pueden conformar a un defraudador tanto como a un innovador, pero, después de toda una vida de escuchar cosas negativas sobre nuestro cronotipo, me quedo con lo que puedo.


El Estados Unidos corporativo ya se está actualizando. Cerca del 80% de las empresas ofrece ahora alguna forma de horario laboral flexible, de acuerdo con una encuesta de 2015 realizada por WorldatWork, una asociación no lucrativa de recursos humanos, y FlexJobs, un sitio de profesiones.


El término “diversidad de cronotipos” está comenzando a ganar fuerza, conforme los administradores de las empresas exploran conceptos como la asincronía energética del equipo: horarios de trabajo escalonados para asegurar que todos los empleados trabajen al pico de su eficiencia.


Ya era hora. Digamos que el mundo por fin está despertando a la idea de que los búhos somos algo más que gente dormilona y rezagada. 

Reloj 

Una investigación de la Universidad Rockefeller revela que los portadores de la variante genética CRY1 suelen retrasar la hora de acostarse entre dos y dos horas y media en comparación con los no portadores.

SFSR 

El síndrome de la Fase del Sueño Retrasada provoca ansiedad, depresión, enfermedades cardiovasculares y diabetes. Y socialmente se sufren las consecuencias de una sociedad habituada a la mañana.

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