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Entrevista Seisgrados: La Patrona

Paricia Damiani. Su apellido la precede. Pero eligió trabajar en un medio, el agropecuario, en el que llevarlo no implica ninguna ventaja, porque no tiene historia allí

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28 de marzo de 2012 a las 20:38

Su apellido la precede. Pero eligió trabajar en un medio en el que llevarlo no implica ninguna ventaja, porque no tiene historia allí. Su apellido la define. Pero una vez hizo lo que su padre desaconsejó y se dedicó al campo a pesar de venir de una familia con impronta citadina. Su apellido la “condena”. Pero al conocerla y saber qué hace uno comprende que ella es ella por sus propios méritos y en sus propios términos. Su apellido es Damiani. Y su nombre es Patricia. Lo que sigue es una mirada a una mujer que hizo suyos mundos heredados y les puso su firma.

Ahora Conpriste, su empresa, consta de dos establecimientos, uno en Río Negro y otro en Soriano, que totalizan 2.000 hectáreas de tierra. La producción anual en es de 1.200 novillos, que a un promedio de 800 dólares por cabeza, hace una facturación de casi un millón de dólares. Además, en esta zafra Damiani cosechará 1.000 hectáreas de soja que representan una entrada de caja de 100 mil dólares, aproximadamente. Y también están el sorgo, el trigo, el maíz y la cebada con los que rota sus cultivos y alimenta a su propio ganado y a la industria, según cuál sea la planta.

Damiani fue pionera en el feed lot, un método intensivo de engorde de ganado, y es abanderada del casamiento entre la ganadería y la agricultura en un mismo campo. Razones por las cuales la empresaria se estableció como una referente del medio. Sin embargo, hace casi dos décadas este éxito tuvo un comienzo que no fue ni feliz, ni auspicioso, ni mucho menos sencillo. A los 39 años y con tres hijos chicos, Damiani enviudó y tomó “una decisión que me marcó la vida”.

Su marido era ingeniero agrónomo y tenía un campo. “Cuando llegó el momento en que los hermanos de él se quedaron con su parte y nos tocó la parte de mis hijos y mía, ellos me dijeron: ‘Nosotros te lo arrendamos Patricia, no te preocupes’. Y mi padre me aconsejó que lo vendiera”. Pero la futura empresaria decidió que quería predicar con el ejemplo y mostrarles a sus hijos el valor del trabajo y eligió no vivir de rentas. Al campo solo iba de vacaciones familiares para acompañar a su marido. A caballo solo había andado por placer. Y de golpe se había transformado en una incipiente empresaria de una actividad tradicional, casi hermética y prominentemente masculina.

Hacer el surco
En Cerro Largo, Damiani se encontró con la tierra y 40 novillos. “No tenía nada más”, recuerda. Como se suele hacer, al personal se le dio la opción de ser tomado nuevamente por uno de los tres dueños. “No me olvido más de ese día. Nadie se quería quedar conmigo, debían pensar ‘pobre esta señora’ [risas]. Solamente uno que estaba viviendo ahí con los hijos me dijo: ‘Y bueno, yo me voy a quedar señora’ y yo le contesté: ‘Sí, cómo no, quédese’. Me hizo a acordar al juego de chicos Martín Pescador, ¡de mi lado no cinchaba nadie! Esas cosas me dan más ‘manija’.

Cuando las adversidades me entusiasman, salgo más adelante, pienso y estudio más, le pongo más energía y pienso que va a salir bien”. De todas maneras, Damiani confiesa que “al principio pedía que no me preguntaran si me gustaba o no, porque lo hacía con un gran sacrificio, para enseñarles a mis hijos lo que es trabajar”. Durante los primeros años, viajaba en ómnibus de noche para no faltar de día en su casa. Estaba dos días en el campo y llegaba al hogar a la medianoche siguiente, para darles un beso a sus hijos y que ellos supieran que ya había vuelto. “Fue difícil. Pero fue como un entrenamiento en la vida. Te da mucha más sensibilidad en pila de cosas”, sostiene convencida.

Para empezar, pidió un crédito al Plan Agropecuario y tuvo que hacer “colas y trámites. Hasta el día de hoy yo hago la parte burocrática, pago las cuentas y compro las cosas. Cuando el año pasado tuve que habilitar el feed lot, que es un trámite bastante espeso, fui yo al ministerio. Estoy acostumbrada. Estoy todo el día en actividad, que es distinta cuando estoy en la ciudad o en el campo”.

Con el préstamo compró sus primeros 400 terneros, que cuando se vendieron como novillos se transformaron en 800, porque con la plata de la venta de un novillo se compran dos terneros. “Y después empecé a arriesgar con 100 hectáreas de trigo. De a poco. Pero siempre sin endeudarme. Papá, que fue director del Banco República y vio a mucha gente del agro sobreendeudada, me decía ‘no confundas caja con rentabilidad’. Y yo no saco, reinvierto. Fue escalonado. Fui yo misma la que fui creciendo”.

Lo intensivo que incentiva
Creció. Aprendió. “Ahora ando a caballo para trabajar. Siempre digo que desde esa óptica se ve mucho mejor, podés recorrer los lugares por los que la camioneta no entra. Fue toda una evolución. Incluso ahora que soy grande, hay rubros nuevos y me engancho. Es una bendición y agradezco tener este entusiasmo”. Un entusiasmo que tiene mientras habla, que la hace verse como una optimista y una persona que ama la vida.

Damiani habla rápido y aprieta a fondo el acelerador cuando explica su filosofía empresarial, que tiene en el feed lot su caballito de batalla. “Tener una o dos cabezas de ganado por hectárea me parece una exorbitancia. Y son las cargas que se manejan en Uruguay, es un derroche. Es como si tuvieras a una sola persona en una casa, no sé, de 200 metros cuadrados. ‘No puede ser’, decía yo que venía de la ciudad. Si observás, te parece que la campaña está vacía”.

"No me gusta ser rehén de nadie. Sería ideal tener todo, el ternero, el grano y el frigorífico"

Y como a ella le gusta todo lo que sea agilizar o acortar procesos, al darse cuenta de que con el feed lot podía ganarle un año al engorde del novillo, no lo pensó. “Tiene un costo, sí. Pero yo hago la materia prima con que alimento en el feed lot, hago el grano. Me cierra la ecuación. Si ese grano en vez de irse en un camión a la industria o la exportación, yo lo puedo hacer carne, ¿por qué no? Ahora somos 43 feedloteros, pero fuimos de los primeros cinco o seis que hubo”. Y enseguida la empresaria enumera las bondades de esta forma de explotación ganadera y del casamiento con la agricultura.

Y todo lo que dice suena práctico y de sentido común, la forma en que rota los cultivos, para alimentar y para vender, los pasos que ha dado para maximizar rendimientos y no perder el tiempo. “Todo va cambiando, es muy dinámico. El año pasado planté mucha más cebada para darle al ganado, y planté menos sorgo para poder plantar más soja. Porque tenés limitado el campo, no tiene dos pisos [risas], me tengo que arreglar con las hectáreas que tengo”. Le pregunto si sus dos campos le “quedan chicos”. “No sé, les saco el mayor provecho posible. Lo mío no es pastoril. Los animales tienen todos bienestar, pero es bien intensivo. Por ejemplo, cuando cosecho el trigo va la cosechadora y atrás entra la sembradora de soja. Van las dos máquinas en el mismo surco. Si pasás por mis campos no te da la sensación de acá no pasa nada. Hay distintos colores de verde de distintos cultivos y mucho ganado.

Estoy orgullosa de eso, también porque me siento muy responsable. Si tengo una hectárea de campo, la tengo que hacer producir. Producís alimento, commodites, lo tenés que cuidar y cuidar la tierra también, no erosionar, rotar. Todo eso lo asimilo, entiendo que hay que cuidar el medio ambiente”.

Llevar las riendas
Damiani es una mujer muy guapa, en los dos sentidos del término. Es elegante hasta cuando está con ropa de “faena”, no descuida nunca su aspecto. Y, al mismo tiempo, es accesible y sabe moverse en todos los terrenos y en todas las circunstancias, desde una cena de gala para un mandatario extranjero hasta en una charla con un cuidacoches en una calle de Montevideo.

“Mi primer trabajo fue de secretaria de papá, empecé a los 18 años. Hice secretariado del Crandon, porque para llamar y que sea exitosa tu llamada, para pedir un trámite, tenés que saber hablar por teléfono, escribir una carta, saber cómo presentarte. Hay toda una parte de marketing para que te recuerden.

En ese momento, me preguntaban por qué no hacía una carrera, yo que podía. Y yo respondía que iba a aprender mucho más al lado de una persona como papá. Es una universidad, decía yo. Él se movía en varios escenarios, que eso también me encantó y me marcó mucho. En cualquier ámbito de la sociedad me muevo tranquila. Puedo ir a la cancha, fui en un charter lleno de hombres a ver a Peñarol el año pasado, perfecto. Entonces nunca me aburro”.

El saber moverse en todos los escenarios no implica un cambio en su esencia, solo es que tiene “cintura”. Y cuando se trata de ser patrona en un universo masculino, percibo que ella se armó un set de reglas, algo así como un protocolo propio. Y se lo consulto. “¿Sabés que sí?, tengo como un código de procedimiento, me armé algo como cierto orden. Yo siempre digo que si tú vas por una carretera y no te avisan que hay una curva a la derecha, o que hay un puente angosto a tantos metros, es peligroso y no sabés a dónde vas. Es importante tener normas, procedimientos.

Ciertos códigos, aunque sea subconscientemente, puede ser que tenga. La gente que trabaja conmigo en el campo sabe que a partir de que se pone el sol no se puede acercar nadie a mi casa. La señora me prendió el fuego, me dejó la tortilla pronta o la carne o lo que fuere y ya está. Yo no puedo sentir ningún otro ruido. Tampoco atiendo el teléfono fijo”. Además, Damiani no da las órdenes en forma directa al personal, tiene al capataz y al ingeniero agrónomo como mandos medios e interlocutores. “Todavía falta para que en el campo estén acostumbrados a que sea una mujer la que de las órdenes. Pero tengo que estar arriba de todo.

Si hay un solazo como hubo este verano, con el iPad, aprovecho para pensar, hacer listas. Eso también le gusta a la gente, que registre los detalles. Los hago anotar –se vacunó tal cosa, registro de lluvias, entró tal insumo– y que me lo presenten. Así, ellos también sienten que han hecho su trabajo. Y yo se los leo. Delegás, pero que también se den cuenta de que yo me fijo. Las mujeres somos así, nos gusta controlar”.

En el campo de Conpriste, algo no muy común en el rubro, los trabajadores tienen ropa de faena que les brinda la empresa. Mamelucos, chalecos polar, gorras, todo con el nombre del establecimiento, y botas de lluvia y de abrigo. “Es que la vestimenta que tenían, ponchos y ese tipo de prendas, no era práctica, cuando tienen que tener agilidad. Antes tenías la imagen del folklore del campo, pero no va. Capaz que con mi personalidad tampoco va ‘el fogón, el perro y el poncho’. A ellos les facilito el trabajo, y yo lo veo como que se pone la camiseta, que sientan que tienen algo puesto de la empresa. Esa es la influencia del fútbol [risas]”.

Pura intuición
Para seguir en términos futboleros, Damiani admite que armar el equipo es uno de los mayores desafíos. “Cambié muchas veces. Tengo fama de que la gente no me dura, pero bueno… creo que no me duraba, porque ahora hay un señor hace más de un año de capataz y es muy disciplinado y responsable, que es lo que se precisa”.

Como ejemplo de su forma de encarar la actividad, la empresaria cuenta una anécdota. “El otro día me enojé con un empleado porque no estaba el fertilizante y él me dijo: ‘Qué tanto, son solo 20 hectáreas de avena y plantamos 1.500’. 20 hectáreas es mucho. Algo que decía el contador es ‘cuidá la chica, que la grande se cuida sola’.

Tenés que cuidar todo. Hay que cuidar esas hectáreas como si fueran las únicas 20. No podemos derrochar y fertilizar al otro día y sembrar, porque pago la doble pasada del tractor, un día para sembrar y otro para fertilizar”. La empresaria terceriza la maquinaria y en Río Negro su equipo consiste de ocho personas, una pareja de caseros, el ingeniero agrónomo y cinco empleados más.

Aunque llegó fortuitamente al rubro, Damiani parece haber sido hecha para ser empresaria agrícola ganadera. “Tengo mucho de intuición, que se ve que me ayuda. Reconozco que tal vez tendría que hacer muchos más cálculos de números y esas cosas. Pero te juro que con la intuición, puede estar una persona haciendo un estudio o lo que quiera de mi proyecto una semana, y yo digo eso lo hago o no lo hago y me va bien. El campo de Soriano lo compré intuitivamente, y ahora debe valer 10 veces más. Reconozco que me falta leer más, pero me gusta ser más ejecutiva que estudiosa. Me informo muchísimo, eso sí. Estoy informada siempre”.

Pero ella también se preocupó y se ocupó de hacerse un nombre, a fuerza de trabajo y seriedad. “Damiani fútbol, pero Damiani campo nada. ¿Cómo entrás en un mercado ganadero de tradición, gente de toda la vida? ¿Qué había de marketing? No sé si por ser mujer o qué se yo, me gustó el concurso de novillos. Fue así como me empecé a dar a conocer. Y la primera vez que participé ya gané uno de los premios. Y no falto. Estoy siempre. Es importante la presencia. La constancia la tenés que tener en todos los aspectos de la vida. No falto a ningún concurso. Acompaño en las buenas y en las malas, cuando el precio da y cuando no da. Siempre estando ahí. Y eso logró darle calidad al producto. Porque no compito mucho en escala. Mi producción se tiene que distinguir por calidad, no por volumen”.

"Me gusta el esfuerzo físico, estar al aire libre, a la intemperie. Es un poco también mi carácter. Prefiero estar andando a caballo que sentada en la oficina, porque necesito moverme. Soy hiperactiva"

El escenario está cambiando, porque los frigoríficos uruguayos empiezan a tener sus propios feed lot. “Yo puedo venderle al frigorífico, pero me tiene que asegurar que se respete el precio estipulado y la fecha en que me lo va a comprar. Eso cambió, porque tú antes de tenerlo en el feed lot tiene que ir con destino feed lot, es el único destino posible. Si se atrasa la entrega, se resiente mi producción. Así que estoy en eso. Empezar a hablar con la industria para que me aseguren el precio y la fecha en que me lo van a retirar. Si no, estoy pensando una cosa que es insólita, increíble, que los que trabajan conmigo se asombran: alimentar a grano, no a los que están prontos para frigorífico, sino a los que estaban siendo alimentados a pasto. De 380 kilos para adelante son para faena, pero yo los tengo en avena o verdeo y ahí van a cualquier destino. Y así no soy rehén de la industria”.

Homenaje en carrera
Dice no tener miedo. Dice ser la más parecida a su padre de sus cinco hermanos. Le pregunto si eso le da orgullo. “Ay, sí, me encanta. Mis hermanos tienen el perfil más como éramos criados antes, son más…no innovan. Eso de ser un poco más audaz es de mi padre. Ojo, mi mamá fue una divina y me dio toda la parte de esa sensibilidad que tengo y lo de sacrificarse por los hijos (que en mi casa fue más postergarme que sacrificarme), esas cosas las saqué de mamá. Creo que tengo un mix de los dos, de ambos tengo muy buenos ejemplos. Y sobre todo me acuerdo, eso es lo bueno. Nunca fui rebelde, siempre sentí admiración”.

Esa admiración y respeto que la llevó a que, cuando el contador falleció, fue la única que quiso hacerse cargo del stud Sporting Club, que tiene 60 años y es uno de los históricos de Uruguay. “Nadie lo quería, pero dije me ocupo yo. ‘¡No! Eso no es para mujeres, es imposible’, me decían mis hermanos. Pero papá se hubiera sentido horrible si el stud se iba de la familia o desaparecía. Obviamente que por ahora no me da resultados económicos, pero no me importa, va más allá de esto. para mí tiene una carga emocional. Como homenaje a papá y de respeto y seguir adelante.

Lo reinauguré el año pasado el día del cumpleaños de papá, logré que pusieran el nombre a una carrera, Contador José Pedro Damiani, y se transformó en un motivo de unión en la familia”. Igual, como en todo lo que emprende, ella asegura que va a hacerlo funcionar. “Primero voy a aceitar toda la parte humana mía, de cómo llevar adelante eso, y después voy a comprar un buen caballo, una buena genética que se desarrolle, porque los colores se merecen ganar carreras”. Y ya está armando su haras. Así como ya les propuso a sus tres hijos que con un campo que ellos heredaron de su abuelo en Salto se arme una producción de aceite de oliva. “Se me ocurrió porque el otro día fuimos a un restorán en la Barra y me invitaron a degustar aceites de oliva.

Empecé a googlear e hice pila de contactos. Y se me ocurrió hacerlo en ese campo porque la mano de obra del norte ya tiene la cultura frutícola, más manual. Eran siete años los que había que esperar para la primera cosecha, pero por suerte encontré una variedad que no, que a los tres años ya podés producir aceite y, obviamente, esa es la variedad que quiero [risas] Eso es una actividad nueva. Que vos decís, ¿30 hectáreas? Sí, pero es muy especializada. Y además de marketing, hay que conseguirte la botellita, después venderla. A veces, un poco de glamour en algo del campo también me gusta. Así que estoy en ese proyecto. Es un rubro nuevo y eso es lo bueno para mis hijos, porque ellos pensarán que entrar con mamá en el feed lot o con la soja es imposible. Pero esto es nuevo y yo digo les digo ¡empiécenlo ustedes!”.

Damiani no sabe si alguno de sus hijos va a seguir con sus emprendimientos cuando ella se vea obligada a retirarse, pero dice que se interesan siempre por sus cosas. Ella es la referente familiar, en su apartamento de Montevideo se hacen la mayoría de las reuniones y las celebraciones de los Damiani. “Es el mismo apartamento en el que viví con mis hijos, hace 15 años que vivo ahí. Que ahora me quedó enorme, porque se casaron todos. Pero yo siempre digo que la casa matriz de una familia tiene que ser grande, así que por ahora no pienso en mudarme”.

"Que las cosas te cuesten y que te la tomes a pecho, bien, con responsabilidad, después te permite ir más allá"

El respeto es un valor fundamental para la empresaria, y para ella escasea, sobre todo con las personas mayores. “Mis padres me dieron libertad. A mí me encanta la libertad y hacer uso de ella, pero con principios y siendo buena gente. La palabra gracias para mí es la más importante de todas. Siempre digo que es más importante el gracias que el por favor. Trato siempre de ser responsable en eso. Y cualquier persona tiene cosas para agradecer siempre, a tanta gente y a tantas cosas. Soy agradecida. Y digo gracias muy seguido”. En este caso, gracias a vos, Patricia.



Capitana de su propio barco
“El campo es mi lugar de trabajo. La casa es austera. No tengo ningún lujo, no tengo piscina ni aire acondicionado. Para descansar voy a Solana del Mar, que es un lugar que no parece parte de Punta del Este. Vas al supermercado de Solanas y saben tu nombre. Es como de otra época, bien balneario. Ahí tengo la tranquilidad del campo mezclada con el mar, que para mí es lo máximo.

Hace dos años me compré una lanchita, una en la que entran cuatro o cinco personas y que puedo manejar yo sola, no necesito que alguien tire el ancla ni nada. Me siento feliz. Y navego en Punta Ballena y en Solanas, que es re tranqui y en general me acompañan alguna de mis hermanas o mis hijos. Siempre navegué, mi marido tenía un gran barco y aprendí. Después estuve 20 años sin subirme a un barco. Y ahora tuve que dar el brevet para poder manejar mi lancha, me tuve que aprender 100 preguntas, estudié. Me encantó ese desafío”.

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