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Esa estúpida camiseta

El Observador entrevistó a cuatro intelectuales uruguayos que no vibran con el fútbol, les aburre ¡y hasta lo critican!

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13 de junio de 2014 a las 16:58

Esta nota se podría haber titulado “Es la camiseta, estúpido”, con ese airecito fascistoide que aparece en cada Mundial en el que participa Uruguay. Como para aclararle, al que no se hubiera dado por enterado, que la gloria está al alcance de la mano, que una raza de sangre celeste está a punto de pisar el césped sagrado. Pero esa sería otra nota, porque en esta se trata de los uruguayos que están por fuera, los que no vibran con el fútbol, los que lo ven de afuera.

El Observador entrevistó a cuatro indiferentes: Ana Ribeiro, historiadora; Marianella Morena, directora de teatro y dramaturga; Dani Umpi, artista plástico y sonoro, y Álvaro Ahunchain, dramaturgo, director de teatro y creativo de publicidad. Son intelectuales que tienen una relación distante, conflictiva con la pelota: raras avis en una patria futbolera.

Una carencia

La historiadora Ana Ribeiro pide disculpas: “Para mí, el Mundial es como si no existiera. Te juro. Es terrible, siento que es algo que me falta. Sé que son 11 contra 11, pero muy poco más. No me interesa. Algún colega me ha señalado, “¿cómo podés escribir de historia y no saber nada de esto? Pero es así”, confiesa.

“Lo veo de otra manera. Pregunto cosas extrañas. Trato de ver si hay alguna relación con lo que pasa en el ámbito político. No entiendo las camisetas. En el último Mundial (Sudáfrica, 2010. Uruguay vuelve a semifinales después de 40 años), yo estaba en España. Mi marido iba a ver todos los partidos. Y me invitaba, pero yo estaba con la dichosa tesis, y entonces me quedaba”, dice, para rematar de manera dramática: “No vi ningún partido”.

Es una conducta que mandará en este campeonato: “No voy a ver los partidos. No soporto verlos. O me aburro o me pongo muy nerviosa. Es todo tan crudo, tan violento”.

El bufón

Dani Umpi lo ve de manera contradictoria. “Por un lado es una liberación. Todo el mundo está focalizado en eso y entonces podés hacer otra cosa y hay muchos lugares donde no hay nadie. Está todo paralizado. No se puede hacer nada. Para mí es muy productivo”.

Por otro lado, “agobia, un poco, porque yo no estoy ni ahí”. Umpi cree que la atención que genera la justa deportiva es desproporcionada: “Es muy increíble. Se toma como si fuera lo más. Para este Mundial está instaurado, ya, de una: todo celeste”.

El artista se divierte con una carencia nacional notoria: “Hay una gran incapacidad de funcionar, porque no se puede estar en dos cosas a la vez. Ahora es el Mundial”.

Las ventajas son más que las desventajas: “Está todo el mundo distraído y puedo estar en paz. Yo no soy uruguayo. Soy de Tacuarembó”.

“No soy camisetero”

Álvaro Ahunchain está de acuerdo con Umpi en el lado positivo del asunto: “Yo tengo una superexigencia de agenda y ahora hay más tiempo para descansar y para pensar”. En cuanto a lo negativo, el dramaturgo y director es mucho más crítico: “El Mundial funciona como anestesia de las carencias que tiene el país. Yo soy muy crítico de ese espíritu camisetero que aparece”.

“No desconozco al fútbol como motor de la economía” –señala–, “pero se producen actitudes irracionales, como esa saga del diario Olé, que botijean a todos los demás, incluido Uruguay, con esa perspectiva porteña de soberbia y arrogancia. Es la misma del barra brava. Se plantea el deporte como algo de bandos”.

Esa actitud existe también en Uruguay y Ahunchain lo lamenta: “Yo prefiero enfrentarme por cosas más conceptuales y no por una estúpida camiseta. En el Mundial, si bien el espíritu es el de todas las naciones hermanadas por el deporte, se tiende a asumir un nacionalismo feo. Aparece la burla, el menoscabo del otro”.

Según Ahunchain, esa manera de ser no tiene que ver con la historia de Uruguay sino que es algo de los últimos tiempos, con la “porteñización” de la cultura. “Ahí es que aparece ese fanatismo fascistoide. Copiamos esos modelos y no está nada bueno”, sentencia.

“El fútbol genera rédito económico pero el valor de una sociedad no se mide en dinero sino en el valor de su cultura”. También hay escrúpulos éticos y estéticos que lo alejan del fútbol: “Me aburre. Prefiero los espectáculos que tienen un guion y no este deporte manejado por mafias de manera inescrupulosa”.

Hoy: ensayo

Marianella Morena, directora de teatro y dramaturga, le encuentra el lado positivo: “Me parece fascinante el fenómeno sociológico. En 2010, no miré ningún partido, pero me parecía increíble la alegría que provocaba, la esperanza, esa cosa del ‘se puede’. Una cuestión viral positiva”.

A Morena, el fútbol le aburre. “No lo miro. Me parece que es algo para vivirlo. No lo entiendo como espectadora”. De hecho, esta tarde marcó un ensayo de una obra que se estrenará después del Mundial. ¿Cree que va a haber elenco completo? “Hoy estaba pensando en eso”, contesta.

Otra cosa que le ofusca, más allá del hecho de que hoy tal vez falte algún personaje o que lleguen tarde o que estén pensando en otra obra, es la “unanimidad”: “Me da un poco de mal humor. Me ofusca que todos los medios pongan a (Luis) Suárez en la tapa. Me parece descomunal, Excesivo. Se detiene el país. Es una suerte de felicidad de fácil acceso. Y es muy contagioso. No podés quedar inmune o ileso”. Y dura muy poco: “Al otro día es como el vacío. No está sostenido en nada real. Me cuesta entender esta felicidad”.

Morena tampoco está conforme con ese concepto de “patria” que sobrevuela el asunto: “Representan al país como tantos otros. Yo he viajado y representado al país, pero el negocio es el fútbol. En ese estadio se prenden todas las luces”.

La explicación estaría en la frivolidad del tema: “Tiene algo el deporte que no roza nada incómodo, no hay ideología. Es perfecto para representar al país (y lo digo irónicamente). No es heroico. No son los Treinta y Tres Orientales”.

La directora arriesga una razón por la cual el uruguayo es tan pasional en estos casos: “Tiene que ver con la baja autoestima de los uruguayos. Cuesta valorar al que está acá al lado. Cuando pasa esto, que te coloca en el mundo, te agarrás a eso”.

Queda dicho, entonces, que cuando juega Uruguay, no juegan tres millones, sino un poco menos. Dos millones y pico, a lo sumo.

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