Opinión > ANÁLISIS / EDUARDO BLASINA

Jaurías fuera de control

Los ataques a los distintos animales de la fauna nativa aclaman una solución

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05 de agosto de 2018 a las 05:00

Los osos pardos estuvieron casi extintos en España en los años 90. Hasta que empezó un programa de reintroducción y cuidado de los mismos. De esa forma en las zonas montañosas, donde apenas quedaban cuatro, ahora hay unos 300. Los cuatro originales y unos cuantos más que fueron traídos de Eslovenia, para evitar que la consanguinidad dañara a la prole de los cuatro sobrevivientes.

Justamente de Eslovenia, como parte del programa de recuperación de esa población que otra fuera la del carnívoro nativo de la zona, llegó en 2016 a los Pirineos Goiat, que según explica El País de Madrid, en una variante del catalán quiere decir "mozo". Pero este "mozo" se viene portando mal y ya ha matado a 10 caballos y cinco ovejas.

Por lo tanto hay en España un debate respecto a qué hacer con Goiat, que se ha cebado y agarrado el gusto de matar lo que no estaba previsto que matara. Unos opinan que el retorno a Eslovenia, otros que darle otra oportunidad e intentar enseñarle que caballos u ovejas no, y los más radicales proponen la eutanasia.

En Europa hay también programas para reintroducir lobos a la vida silvestre. Allí estuvieron durante milenios hasta que se extinguieron o se convirtieron en perros. Que tal es el camino evolutivo que tomaron nuestras tan queridas mascotas. En Alemania la fundación Konrad Lorenz entrena a los lobos para que puedan salir a vivir en libertad. Pero es muy improbable o imposible ver en Europa un perro sin dueño, en la ciudad o en las zonas rurales.

Mientras, aquí, los perros salvajes se multiplican descontroladamente y muchos productores tienen la sensación que, como en los demás problemas de seguridad, nadie sabe bien qué hacer y debemos simplemente observar atónitos como el problema se agrava sin remedio.

Es evidente que la solución a un problema de plaga de perros es muy difícil en tiempos electorales. Los perros que los ciudadanos y por lo tanto votantes conocen son sus amigos, los que viven con ellos, y son amigos incondicionales, dispuestos a dar la vida por los humanos, amigos que no saben de traiciones ni resentimientos ni malhumores. Matar a un perro es inadmisible.

Los economistas suelen despreciar a Malthus, quien describió la tendencia de las poblaciones a crecer exponencialmente. Pero ya sea que tengamos cucarachas en la cocina, ratones en el almacén o perros salvajes dispersos por los campos, el descubrimiento de Malthus nos trae un gran problema. La población crece y mientras tenga alimentos crecerá cada vez más. Los productores intentan en muchos casos defender a sus majadas con burros, llamas o inclusive algunos perros adiestrados a tales efectos. Pero es en vano, los ataques se multiplican y de los 24 millones de ovinos que Uruguay tuvo, quedan 7 millones. El precio de la lana y la carne ovina es bueno, pero los productores tienen un desánimo difícil de revertir. La faena de ovejas este año crece, lo que significa que sigue sin darse una apuesta a retener vientres y producir más.

El problema es muy complejo. ¿Cómo hacer para capturar miles y miles de perros y en tal caso qué hacer con ellos? ¿Castrarlos? Seguramente las facultades de Veterinaria y de Ciencias tendrán que ponerle pienso a un problema sanitario muy grave. Porque en definitiva es una causa principal de la mortandad de lanares. Las organizaciones de defensa de los animales deben ser puestas a pensar una solución razonable que incluya defender a las víctimas tanto como a los perros, rescatar cachorros o adultos, buscar soluciones lo más humanas posibles.

Cuando la cantidad de perros sueltos en Uruguay se estima por encima del millón parece evidente que no hay soluciones compatibles con el amor y la paz, lamentablemente. Del mismo modo que con los jabalíes, el control de la población se hace inevitable. Pero debe ser sistemático, científico, no es salir a tirar tiros sin ton ni son.

En materia de fauna, claramente debe preservarse la nativa y debe erradicarse o controlarse lo más posible la fauna introducida en las zonas silvestres. Las especies introducidas siempre son problemáticas por la simple razón de que las mismas especies locales no están adaptadas a su presencia.

En esta semana se conoció de ataques en la estación experimental Mario Cassinoni. No fueron los primeros por cierto y no es más que uno de los cientos de ataques que han diezmado a la población de ovejas y corderos. Que se suman a los robos lisos y llanos. Ya no se pueden tener ovinos cerca de centros poblados.

Controlar a la población inevitablemente implica eliminar a los perros que no se trata de una apología de la crueldad. Lo más cruel es dejar que la población descontrolada crezca exponencialmente y el precio lo paguen no solo las ovejas y los corderos, sino también innumerables pequeños animales de la fauna nativa que no vemos. Estamos inmersos en una sociedad cada vez más violenta, 66% más homicidios, 56% más rapiñas. Pero, sin llegar a tales extremos, también es más violencia trabajar, cuidar a una majada y encontrar una mañana a los animales destrozados por una jauría, o que entren a robar impunemente como también sucede con una frecuencia inaceptable.

No habrá noticias ni estadísticas al respecto, pero hasta que no se encare el control, no habrá crecimiento en la producción ovina y sí habrá un silencioso y creciente desastre ecológico. Uruguay re introdujo el pecarí, y debería plantearse el objetivo de seguir restableciendo su riqueza en biodiversidad. Y cuando algún animal transgreda la buena convivencia, tenerlo trazado y controlado como el oso Goiat. Por ahora es una utopía.

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