Seisgrados > Entrevista - Cindy Kleist

Joyera full life

Hiperactiva, de ojos chispeantes y de carácter alegre, así es esta mujer de 29 años que estudió diseño de modas y, en paralelo, orfebrería. Su pasión siempre fueron las joyas, y los anillos son la vedete de su atelier

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06 de enero de 2015 a las 19:07

Ir a conocer a Cindy representaba todo un desafío. Puede asociarse a las joyas con la frivolidad, pero lejos estaba esa imagen cuando me abrió las puertas de su casa/atelier. Ni bien entré me sentí a gusto, era como ir a visitar a una amiga que hacía tiempo no veía y que el cometido era ponernos al día. Con un café de por medio comenzamos a dialogar y fui descubriendo a una joven sencilla, agradable y con un carisma particular. Me contó que es hija única, que siempre vivió en el mismo edificio en el barrio Pocitos y que su infancia fue muy feliz.

“Fui bastante consentida. Asistí siempre al mismo colegio, al Instituto Ariel Hebreo-Uruguayo. Era sociable, dinámica pero superresponsable. En mi micromundo todo tenía que ser perfecto. Recuerdo que estaba llena de actividades extracurriculares: talleres de plástica, gimnasia, natación y ballet”, comenta. Es hija de Jaime Kleist, reconocido artista plástico, y de Graciela Gancman, psicóloga social y asistencial. De ambos heredó el amor por su profesión y luchó por lo que quería cuando a ellos no les convencía que su única hija se dedicara a hacer “anillos y collares”.

Pero este oficio no fue su primera opción, hizo toda la Secundaria convencida de que se dedicaría a la gastronomía y hotelería o a la organización de eventos, pero la vida la llevó de viaje y su mundo cambió por completo.

“Cuando me gradué me fui un año a vivir a Israel junto a 100 uruguayos que participaban del mismo movimiento que yo en el colegio. Recuerdo ir a los shuck (típicos mercados donde uno puede encontrar lo que sea y regatear) y colgarme mirando piedras. Ahí se despertó mi pasión. Me compraba anillos enormes, caravanas que acá no había visto”, dice entusiasta.

Desde Medio Oriente le mandó un mail a su madre diciéndole que quería dedicarse a hacer joyas y que le averiguara dónde podía estudiar ese oficio. “La verdad es que no le di trascendencia, pero en cuanto llegué a Uruguay comencé a ir al taller de Álvaro Martino donde estudiaba orfebrería, fui una de sus primeras alumnas”, comenta orgullosa.

Sin embargo los padres lo seguían viendo como un hobby y fueron claros al exigirle un título universitario. “Justo ese año comenzaba la licenciatura en Diseño de Modas en la Universidad ORT; fui a charlas informativas y empecé la carrera. Además mi padre no solo era artista plástico, sino que por un tiempo se dedicó a la estampería, y cuando era chica lo veía, o sea que para mí era cotidiano ver cómo se transforma una prenda”, aseguró.

Mientras hacía la carrera, iba dos veces por semana al taller y luego, muy decidida, se compró una mesa de joyería y la puso dentro de su pequeño cuarto. “Eso implicó tener una garrafa de gas con un soplete y el polvito de la plata y el oro con la limadura que vuela. Esa fue por mucho tiempo la gran discusión de todas las noches con mis padres, ya que temían que explotara todo el edificio”. (Risas)

El boca a boca

“Amaba hacer anillos y comencé sin darme cuenta. Los hacía para mis familiares, mis amigos y para personas conocidas, que se enteraban de mis creaciones por el boca a boca”. Al principio le costaba mucho desprenderse de sus diseños pero luego se dio cuenta de que no quería que fuese un simple hobby e hizo un clic: debía hacer sus anillos y pulseras y venderlos. Ese era su objetivo, el cual fue logrando poco a poco.

Conversamos acerca de sus años en la universidad, “la carrera la sufrí pero me recibí con honores en 2008. Odiaba la ropa, no podía creer la poca importancia que le daban a los accesorios. Mis profesores se daban cuenta de que lo mío eran los anillos, los collares, las caravanas y los cinturones. Finalmente aceptaron que mi proyecto final fuera de joyas. Luego de obtener el título me mudé a este apartamento, que es contiguo al que me crié. Adelante estaba mi padre con su atelier y yo en estos dos cuartos. Necesitaba un lugar para atender”.

“Tenía en mi cuarto una garrafa de gas con un soplete y el polvito de la plata y el oro con la limadura que vuela. Esa fue por mucho tiempo la gran discusión de todas las noches con mis padres, ya que temían que explotara todo el edificio”

Algo que la caracteriza es que entrevista a sus clientes, les brinda un trato personalizado y eso gusta. Ella se siente muy cómoda, al punto de que hoy tiene que dar hora como si fuera una cita con el médico. “Me gusta participar de toda la etapa del diseño, me encanta orientarlos, asesorarlos, decirles qué se está usando y si eso les es fiel a su estilo”. Asegura que cada pieza es única y que si bien diseña líneas de joyas ninguna es igual, ya que no hay dos piedras iguales.

En busca de atraer más clientes, en 2008 participó de una feria de diseño, y fue allí donde comprobó la respuesta del público. “Mis anillos no son los típicos diseños, me gusta darles una vuelta. Me importa mucho que sean contundentes, pesados, no latitas”, sostiene. En cuanto a las caravanas, tiene una visión muy particular: “Todas odian sus orejas, nadie tiene los agujeritos perfectos. Además, hay que sacarle a la mujer uruguaya las perlitas. Busco que sean accesorios que iluminen el rostro”.

Entre las joyas y las ferias de diseño

Cuando todo parecía ir bien, cuando todo el esfuerzo daba sus frutos, en 2009 falleció su padre, su compañero de apartamento, más allá de lo que implica esta pérdida emocional, Cindy se sintió totalmente descolocada. Su duelo fue abocarse al trabajo las 24 horas del día, y con el apoyo incondicional de su madre comenzaron a organizar más ferias para mantener la mente ocupada. Fue así que sintió la necesidad de embarcarse en una locura muy pintoresca. Inspiradas en las ferias que se hacían en Palermo, en plaza Serrano (Argentina) comenzó a contactar diseñadores de indumentaria y creó lo que llamó Moda, magia y otras hierbas. Realizó cuatro ferias en su atelier con 12 stands, cada uno con una tarotista y brownies para atraer al público. “La gente hacía cola para ingresar, el objetivo era vender y armar una base de datos”, comentó. Siguieron hasta que el atelier les quedó chico y llegaron al Word Trade Center, donde hicieron 17 ferias. También estuvieron en el hotel Sheraton, en el Rara Avis, en Parque Arocena y el último en el nuevo Regency Way. De esta forma combinó su pasión por el diseño con la organización de eventos.

“Luego de más de nueve años de relación, ella se las ingenió para que él le propusiera matrimonio. Tenía muy claro que no quería un anillo de una joyería sino de diseño, una pieza única”

Kilómetros de inspiración

Los viajes que realizó por el mundo la inspiraron muchísimo, cada uno de ellos la marcó, y si uno presta atención están reflejados en su trabajo como artista. “Israel fue el primer país en donde me inspiré. Me enamoré de las joyas y de los grandes accesorios, eran totalmente diferentes a lo que había visto en Uruguay. La tendencia la visualizo en mis constantes viajes a Los Ángeles, y un lugar en el que me perdí fue Italia. Fui a la ciudad de Florencia, donde conocí el Ponte Vecchio y quedé fascinada, de hecho una línea de mis joyas se llama Firenze”.

Ella diseña cada pieza. Hoy tiene más de 300 productos y cuenta con la colaboración de tres orfebres que trabajan en sus propios talleres. Es un trabajo “full life” y está pendiente de cada detalle: comprar los materiales, diseñar la folletería y cumplir a tiempo con los clientes. Cada paso es un esfuerzo. “En un momento pensé poner una tienda pero las clientas valoran la personalización. Se toman un café, hablamos, vemos qué quieren. Lo que yo muchas veces planteo es no guardar una joya de oro de la abuela sino aggiornarla, para poder usarla”, entiende.

Amor, compromiso y alianzas

Su viaje a Medio Oriente no solo cambió su vida profesional sino también la sentimental. Allí conoció a Nicolás, un uruguayo que al igual que ella estuvo un año en Israel. Se pusieron de novios y luego de más de nueve años de relación ella se las ingenió para que él le propusiera matrimonio. Tenía muy claro que no quería un anillo de una joyería sino de diseño, una pieza única. Para él fue todo un desafío, y de a poco ella le fue dando instrucciones “discretas”. El día que le pidió unirse en matrimonio él le dio el anillo que ella quería. “Por suerte, si no lo mataba y no me casaba”, dice entre risas. Después comenzó la otra etapa, la de las alianzas, ella las diseñó y las hizo con sus propias manos, con oro de su abuela. Creó dos piezas sumamente especiales con un significado único. Entiende que un pedacito de la historia de su familia la lleva a todos lados, no solo ella, sino también su marido.

“La mayoría de los hombres llegan porque sus novias o esposas les dejan un folleto con el anillo marcado, pero luego se nota cuán involucrados están y cuánto las conocen. Muchos son perfeccionistas y la charla es genial, al punto de llegar a asesorarlos sobre el anillo y sobre cómo pedir matrimonio. Este atelier se convierte en un espacio terapéutico (risas). Los más tiernos son los de veintitantos. Un caso muy particular fue el de un joven que se iba de viaje a ver a la novia y quería hacerle un regalo personalizado. Lo hice de un día para el otro, se trataba de un colgante con los nombres de los dos”, asegura. La joven disfruta de ser parte de ese proceso y señala que es hermoso cruzárselos luego por la calle y ver que muchos ya tienen hijos.

Un anillo de mediana complejidad puede llevarle aproximadamente seis horas ininterrumpidas. “Es un trabajo meticuloso”.

Es clara al decir que es una diseñadora al 100% y si quieren piezas convencionales les recomienda que vayan a una joyería. No acepta hacer, por ejemplo, una virgen niña o un árbol de la vida. “Me gusta que la persona participe del diseño. Tengo una colección que se llama Anillo + Anillo en la que uno tiene la posibilidad de combinar distintos anillos de oro y plata con piedras formando una torre. A la gente le fascina y a mí me llena de orgullo”.

Luego de compartir casi tres horas con ella me queda la sensación de que fundir algo antiguo y significativo como un anillo familiar es importante. Los metales como el oro y la plata son solo eso, el sentimiento y el tiempo que le dedica a cada pieza es el valor agregado.

Su primera joya

“Le hice un colgante a mi madre, con tres piedritas que simbolizaban a los tres integrantes de la familia. Me acuerdo que encontrar esas piedritas fue todo un tema, porque no sabía dónde se compraban las cosas relacionadas con la joyería. Pero quedé conforme".

Community manager

Las redes sociales juegan un papel fundamental en su crecimiento como empresaria. En estos últimos años, la joven Kleist tiene más de 13 mil fans en Facebook y es ella misma quien administra su página web (www.cindykleist.com), donde deja bien claro sus tres premisas: diseño, arte y elegancia. Además está de forma muy activa en Twitter.

La mayoría de sus clientes son mujeres económicamente independientes, profesionales, que se preocupan por su forma de vestir, que les dan mucha importancia a los accesorios, “mujeres vanguardistas”, dice. “Me tiene impactada, no doy crédito cuando viene una persona del interior y empieza a hablar de las joyas por sus nombres, y yo ahí tengo que recordar cuál es, son más de 300 productos. La personalización llega a ese punto, en el que los clientes respetan el nombre de cada pieza. Otra de las cosas que me está pasando es que vienen clientas y me dicen que ya tienen una pieza de cada línea”, afirma incrédula.

Orfebrería for export

“El relacionamiento con el exterior es algo que tengo que trabajar mucho. He tenido pedidos superraros. Por ejemplo, de Noruega un chico me pidió un anillo con el nombre de su novia en hebreo. Yo creo que se comenzó a valorar más lo handmade, lo masivo empezó a resultar aburrido”.

Cindy siempre está buscando oportunidades dentro y fuera del país para que su empresa siga creciendo sin perder la personalización. “No me imagino con un local en el shopping, me gusta ofrecer un servicio personalizado”. Fiel a su estilo e instinto, continuará creciendo empresarialmente y de esta forma dejará su impronta en el arte de la orfebrería en nuestro país.

Festejo por los cinco años

El 30 de octubre se realizó un evento por los cinco años del Atelier Cindy Kleist, una oportunidad para festejar con sus clientas más fieles y agasajarlas. Hubo champagne, chocolate y contó, fiel a su estilo, con una tarotista. “Además de agradecerles personalmente el apoyo brindado, comenté que durante todo este proceso llegué a la conclusión de que lo que más sirve es el boca a boca”.

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