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La crisis de 2002: cuando todo dejó de funcionar

Una historia del dinero en Uruguay (XLVII)

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28 de agosto de 2018 a las 16:12

La inflación en Uruguay cayó a un dígito en 1998, por primera vez desde 1956, y así se mantuvo hasta 2017 inclusive, gracias a dos décadas de relativa disciplina monetaria. Pero hubo una excepción completamente crítica: el período 2002-2003.

La concentración excesiva del comercio en la región tras la creación del Mercosur en 1991, y la gradual sobrevaluación de las monedas de Argentina, Brasil y Uruguay, produjo una burbuja similar a la que había estallado en 1982, cuando el crack de la "tablita" (ver capítulo XXXIX de esta serie).

El Plan Real, introducido entre 1993 y 1994 por Fernando Henrique Cardoso, entonces ministro de Hacienda de Brasil, acabó con una inflación que superaba el 2.500% anual. Por primera vez en varias décadas, los brasileños comenzaron a vivir sin alta inflación y sin desabastecimiento.

Pero la disciplina del gobierno de Cardoso, ya convertido en presidente de la República, no fue la adecuada para sostener el programa. Acosado por el "atraso" cambiario, la pérdida de reservas y la desconfianza global que provocó la crisis rusa (el "efecto vodka"), el gobierno brasileño dejó de defender su moneda en enero de 1999, lo que significó una fuerte devaluación. El dólar saltó de 1,2 reales a 1,8 y 1,9. Y con ello, Argentina y Uruguay marcharon hacia el colapso.

La producción exportable uruguaya quedó fuera de precio ante su principal mercado. Las empresas comenzaron a tener problemas, cayeron la actividad y la recaudación de impuestos, el déficit fiscal se volvió muy grande (3,9% del PBI), pues nadie hace ajustes en año electoral, y la economía entró en una de las recesiones más profundas del siglo.

La evolución de las exportaciones uruguayas lo dice todo. En 1998 se colocaron en el exterior casi 2.800 millones de dólares, un récord histórico, aunque más de la mitad, 1.532 millones, se concentraba en los vecinos. Ya en 1999 las exportaciones cayeron casi 24%, una pendiente enorme, lo que comenzó a destruir la trama de las empresas y del trabajo. En el crítico año 2002, con Argentina en el piso, las colocaciones uruguayas en el exterior eran solo las dos terceras partes de las de 1998. Ese año hubo un promedio de 211.300 desocupados (que procuraban empleo), en tanto muchos otros se rindieron y simplemente dejaron de buscar una tarea remunerada.

El sistema de banda de flotación se abandonó el 20 de junio de 2002, en medio de una grave crisis económico-financiera. El dólar se dejó libre, sin intervención de la autoridad monetaria, y en tres meses pasó de 17 pesos a 29, antes de estabilizarse. Fue más por miedo y refugio (una sobrerreacción u overshooting) que por razones reales. De hecho, 15 años más tarde el dólar mantenía la misma cotización en pesos uruguayos, aunque comenzó a apreciarse en mayo de 2018, después de sostenidas devaluaciones de las monedas de Argentina y Brasil.

El período 1999-2003 fue uno de los peores de la historia económica del Uruguay moderno.

"¡Pobre Flaco!"

En el invierno de 2002, cuando se desataron todos los vendavales y las personas se ponían a cubierto, un par de tipos con cara de yo no fui tomaron el timón del barco aporreado. Uno fue el contador y economista Julio de Brun, entonces presidente de la Corporación Nacional para el Desarrollo, quien pasó a presidir el Banco Central, en sustitución de César Rodríguez Batlle; y el otro Alejandro Atchugarry, un hombre de la Lista 15 que dejó en Senado para asumir como ministro de Economía y Finanzas, en lugar de Alberto Bensión.

Bensión había renunciado el 22 de julio por exigencia del ex presidente Luis A. Lacalle, líder del Partido Nacional, que integraba con el Partido Colorado un gobierno de coalición.

Atchugarry había sido el negociador principal del presupuesto del gobierno de Jorge Batlle iniciado el 1º de marzo de 2000, cuando ya la economía estaba en recesión profunda y los ingresos flaqueaban. Uno de los testigos, el tupamaro Eleuterio Fernández Huidobro, entonces también senador, contó después a quien esto escribe: "Yo llegué a amar a Atchugarry. ¡Pobre Flaco! Tenía que negociar el presupuesto del año 2000 con los blancos, y a cada paso un parlamentario o un cacique le pedía algún rubro, algún gasto para tal o cual cosa. Nunca lograba armar la mayoría. Se le tiraban al piso a llorar, como los niños que no quieren ir a la escuela. Y allá iba el senador Alejandro Atchugarry, el negociador del gobierno, a convencerlos, a levantarlos del piso, a limpiarle los mocos, a negociar con ellos. Yo no sé cómo el Flaco no se nos murió; se iba achicando, adelgazando. Después de mil reuniones, después de mucho griterío, Atchugarry salió lleno de papelitos con pedidos. Nosotros, la oposición, recibíamos mientras tanto mil delegaciones del sector público, sindicatos, sindicatitos, escisiones de sindicatitos, hasta Directorios despechados. Y así salió el presupuesto: una especie de sancocho, un paquete atado con alambre" (Vea más en: El flaco de los papelitos).

El 25 de julio de 2002, cuando asumieron Atchugarry y De Brun, la economía uruguaya llevaba más de tres años en picada. El Producto Bruto había caído 1,94% en 1999, 1,93% en 2000 y 3,84% en 2001, siguiendo la devaluación de Brasil de 1999 y el naufragio de Argentina. El producto caería otro 7,73% en 2002 antes de tocar fondo e iniciar la recuperación en 2003.

Una "corrida" contra los bancos uruguayos iniciada por los argentinos, seguidos luego por los residentes locales, hizo tambalear el sistema financiero. Las normas y la supervisión del sistema eran bastante relajadas, y los argentinos —huidos del fisco y de las periódicas expropiaciones en su país— eran dueños de buena parte de los ahorros.

"Los uruguayos sienten que hay un déficit moral en Argentina, que tendrán que pagar", comentó el 23 de mayo de 2002 el prestigioso diario británico Financial Times.

Una tormenta perfecta

El lío comenzó con la intervención en 2001 en Argentina del Banco Galicia, que tenía una sucursal en Uruguay. Luego, en enero de 2002, quedó al descubierto una gran estafa de los hermanos Carlos y José Rohm contra el Banco Comercial, del que eran accionistas y directivos. En febrero la calificadora de riesgo Standard & Poor's rebajó la nota de la deuda uruguaya, por lo que se perdió el "grado inversor" adquirido en 1997. La rebaja implicaba el retiro automático de grandes inversionistas que están obligados a guiarse por la escala de las calificadoras.

El Banco de Crédito rápidamente quedó en la insolvencia. Y por último comenzó a rumorearse que el Banco Montevideo, controlado por la familia Peirano Basso, tenía dificultades para cubrir los retiros debido a que había quedado demasiado expuesto por sus operaciones en Argentina (ver el capítulo XXXV de esta serie).

En suma: focos de fiebre aftosa y pérdida de mercados selectos, caída abrupta de las exportaciones hacia Brasil y Argentina, quiebras y desempleo masivo, enorme déficit fiscal, deuda creciente y cada vez más cara, pánico entre los depositantes, bancos en apuros, temor a disturbios y saqueos. Era la tormenta perfecta.

En seis meses de 2002 los ahorristas retiraron el 47% de sus depósitos en Uruguay para guardarlos en otros bancos locales con respaldo internacional, bajo el colchón o para enviarlos al exterior.

La depresión provocó quiebras en cadena, incluidos varios bancos, desempleo récord desde que hay mediciones, caída del salario y pobreza extendida. La moneda se devaluó 88% en pocos días y la deuda pública, que luego se reprogramó en acuerdo con los acreedores, llegó al 100% del Producto Bruto Interno. La tasa de natalidad cayó en picada, síntoma de pesimismo, y cerca de 200 mil personas dejaron el país entre 2000 y 2009 para radicarse en España, Estados Unidos o Brasil.

El Hipotecario y el República en mal estado

El 30 de mayo de 2002 el senador tupamaro José Mujica, un hombre muy popular, comentó que, cuando cobrara su sueldo, concurriría a "poner unos pesos en el Banco República, para que la gente lo vea y como señal de confianza en el sistema".

"Cuando hay susto, todo al Banco República", insistió.

Pero la "corrida" era imparable. Muchos depositantes en procura de su dinero arrastraban a los demás, que no deseaban ser víctimas por dejadez. Al fin, la ruina de una parte del sistema fue una profecía autocumplida debido al clásico comportamiento de rebaño.

El Banco Hipotecario, de propiedad estatal, rápidamente quedó en jaque. Durante muchos años había concedido créditos dudosos y refinanciaciones ruinosas. Buena parte de su cartera era incobrable. La visión política a la hora de administrarlo y de conceder créditos llevó a una morosidad escandalosa, cercana al 60%. No solía ejecutar a los deudores, pero esos privilegios para los deudores implicaban que otras familias se quedaban sin crédito. Además, tenía costos operativos muy elevados: muchos funcionarios y métodos de trabajo anticuados.

El Banco Hipotecario, creado en 1892 con parte de las ruinas del Banco Nacional, sufrió la "corrida" que afectó a todo el sistema, cuando era más endeble que cualquiera. Tomaba dólares y prestaba a largo plazo en unidades reajustables, que dependen del salario promedio, por lo que su patrimonio quedó dado vuelta después de la gran devaluación del peso de junio de 2002.

"El BHU era un reincidente serial que había quebrado tres veces en cuatro décadas", resumió el economista Carlos Sténeri en su libro Al borde del abismo. Por entonces Sténeri era agente financiero de Uruguay ante Estados Unidos y Canadá, por lo que estuvo en primera fila cuando se buscó financiamiento y luego cuando se renegoció la deuda pública.

El Hipotecario se reincorporó en 2008 al mercado de préstamos para la vivienda aunque no para la construcción, algo que había hecho durante décadas. La Agencia Nacional de Vivienda adquirió las tareas no bancarias, como el control de la construcción estimulada por el Estado.

El Banco de la República, por su parte, había estado muy mal a inicios de la década de 1990, desde que en 1985 participó en la intervención de los bancos Comercial, Pan de Azúcar, La Caja Obrera y de Italia, una gestión que durante dos décadas costó mucho dinero a los uruguayos. El República mejoró a inicios de los años 2000 pero luego su posición volvió a deteriorarse: por el retiro de depósitos, y por su intervención indirecta en el mercado cambiario para sostener el peso uruguayo.

El Banco República asumió los depósitos en dólares del Hipotecario y los reprogramó ("corralito") junto a los suyos: los devolvería en tres años aunque pagaría la muy interesante tasa de 6% anual. Terminó liberando el dinero antes del vencimiento del plazo.

La quiebra de la banca privada nacional

Varios bancos internacionales afrontaron sin problemas la corrida gracias a la asistencia de sus casas matrices en el exterior, pero el Banco Central intervino los bancos Comercial, Montevideo (que en 2001 había adquirido La Caja Obrera) y de Crédito. El Banco Galicia también fue intervenido y entró en concordato. El Comercial reabrió en 2003 con el nombre de Nuevo Banco Comercial, con los mejores activos de las otras instituciones, y fue vendido en 2005 a un consorcio internacional.

La vieja marca Banco Comercial, creada a partir de 1857, en los orígenes de la banca en Uruguay, dejó de existir en 2014 después de la compra por parte del Scotiabank, de origen canadiense.

La desaparición de varios bancos en 2002 significó el fin de la política del Estado uruguayo de rescatar a todas las instituciones quebradas, que se inició en abril de 1971, cuando el República absorbió al Banco Mercantil del Río de la Plata.

La corrida de 2002 fue imparable y el respaldo del Estado ya no fue suficiente. "Todo lo que se creía que funcionaba dejó de funcionar", recordó el contador y economista Julio de Brun, quien presidió el Banco Central entre 2002 y 2005, en una conferencia realizada en la Universidad ORT el 5 de abril pasado.

En adelante la solidez de las instituciones privadas pasó a ser crucial, en tanto el Banco Central se concentró más en sus tareas de supervisor y sancionador.

Próxima nota: la recuperación tras el desastre

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