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Las metáforas de barcos y velas y la realidad del desempleo

El ciclo de las commodities agrícolas caras, o del dólar barato, como todo ciclo, ha concluido

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01 de julio de 2015 a las 19:55

Varios países agroexportadores, descubren, veinte años tarde, lo que debieron haber sabido entonces si no hubieran estado confundidos por sus ideologías, sus demagogias o sus conveniencias: deben tratar de venderle al mundo.

Suena lindo, pero no es simple. Las naciones agroexportadoras, o agroadictas, usaron con mayor o menor prudencia sus superingresos caídos del cielo para mejorar el bienestar general. Eso no parece bueno, pero en muchos casos se logró vía más impuestos, más gasto del estado e incremento de los costos de producción en dólares, con generosidad salarial no respaldada en productividad. (Agrego el dutch disease del que hablara en otra nota.)

En el caso de Uruguay, usó un surtido de todo ello, lo que produjo bienestar y una sensación de riqueza, junto con una inflación que si bien no es alarmante, (frente al dislate argentino) es relevante, en particular cuando los costos internos vienen siendo indexados por la inflación del año anterior.

Ese paquete hace que los costos de producción suban en dólares. Problema nada pequeño, porque los compradores suelen querer pagar menos por lo que compran, no más. Con lo que para exportar hay que bajar los precios. O sea los costos: los sueldos, los gastos del estado y los impuestos.

La otra alternativa es devaluar, con efectos de corto duración, que hacen que cualquier esfuerzo exportador esté condenado si no se complementa la devaluación con una baja integral de costos, con lo que es lo mismo.

Por lo que sugeriría volver a la idea de bajar los costos laborales y los impuestos. Esto no es hoy aceptable para la sociedad oriental. (En general para ninguna sociedad) Con lo que es probable que surjan grandes presiones para subir impuestos.

Si esas presiones se escucharan, habría que prepararse para mayor desempleo, cierre y éxodo de empresas y un mayor déficit. Las autoridades comprenden perfectamente el problema y no lucen proclives a soluciones facilistas, a estar por las contundentes declaraciones recientes, matizadas con figuras literarias de barcos, velámenes y aguas procelosas.

Sería bueno que también lo comprendiera la población, para que no colisionaran el espíritu de equidad democrático con que felizmente se maneja la sociedad, con los principios económicos con los que infelizmente no se maneja tanto. Los compradores del mundo no se rigen por conceptos democráticos al mirar los precios en el supermercado.

La idea de proteger y subsidiar empresas para que creen puestos de trabajo, es otro sueño que siempre se vuelve pesadilla. No hace falta citar casos: ese sueño termina con menos empleo y precios más caros.

Es de suponer que se comprende que nadie va a invertir en radicar una industria para no poder exportar, quebrar o agonizar por años. Y que también se entiende que la solución no es generar excepciones ni exenciones, sino un contexto general de libertad de comercio e impuestos y costos adecuados. Importa ello para no caer ni en frustraciones ni en apuros, que no suelen ser aconsejables para las negociaciones internacionales.

En cuanto a los tratados de libre comercio en si, se está hoy ante un mundo casi hostil, comparado con los años 90. China ya no quiere comprar a mansalva, y considera las commodities que importa como suficiente contrapartida para las exportaciones que hace a Uruguay, por ejemplo. Estados Unidos, campeón de la apertura al comienzo del siglo, está al borde del proteccionismo masivo y ya es proteccionista en muchos casos puntuales.

India no existe seriamente como comercio exterior. Si bien su economía se ha expandido con los servicios vía la tecnología, la honda brecha en su población no permite soñar con exportarle demasiado, ni con que lo acepten.

La Unión Europea, por poder adquisitivo y propensión al consumo, es el mercado más viable, pero no exactamente el más fácil. Como ningún país quiere confiar en la probada Ley de rendimientos decrecientes, nadie está dispuesto a fundir su industria de mantequilla para dedicarse a fabricar solo cañones (Samuelson). Una pena en términos económicos, pero la realidad política – y electoral – es ésa. Grecia es ejemplo de estupidez democrática y política, una tormenta perfecta, con un barco, (ya que hemos abrazado la metáfora náutica) piloteado por un capitán empecinado y un primer oficial playboy e inepto.

El Mercosur no será de ayuda, como debería, porque ni Brasil ni Argentina quieren reducir su proteccionismo que ha creado tantos vivos millonarios y tantos pobres muertos de hambre. De modo que el esfuerzo será individual por país y también para cada empresa o individuo.

Estos procesos son lentos y el gobierno uruguayo parece estar encarando las negociaciones con la rigurosidad y profundidad que merecen. Pero se debe aceptar que aún cuando culminaran en algún momento con tratados en serio, no tendrán demasiado valor si el sistema económico no asume que exportar cinturones, tornillos, autopartes, o cacerolas a presión, no se asemeja en nada a exportar carne.

Los tratados abren un portal. Levantan las barreras del proteccionismo suicida. Pero no reemplazan la tarea de búsqueda de clientes, de relaciones personales, de prueba y error, de vocación de servicio, de reingeniería de productos, ni el tiempo y esfuerzo individuales. Detrás de un farito de un Toyota, hay una familia japonesa que se pasa la vida fabricándolo, y hace de esa tarea su orgullo y su meta .

Además, nada reemplazará estos 20 años perdidos, ni en Uruguay, ni en ningún otro emergente. Lo que significa que el gradualismo en el ajuste que imaginan las autoridades no servirá, salvo que se caiga en el error de endeudarse para pagar gastos corrientes, estupidez que ruego que se deje como exclusividad de mi país, que tiene el derecho democrático de suicidarse, no sé si el de suicidar a sus habitantes.

En esa tarea, el precio es vital. Si Uruguay no está dispuesto a bajar sus costos y su proteccionismo, el camino no es la apertura y no debería perderse tiempo en ello, porque sólo será una senda de frustración.

No me pregunten cuál sería entonces el camino a seguir, porque no lo se. Si se que el efecto sería el de mayor desempleo, y no de dos dígitos bajos. Tenemos otra vez un ejemplo del otro lado del río, Drexler dixit, donde el desempleo es del 22% disfrazado de cifras más bajas por la humillante e insostenible limosna del estado populista y proteccionista.

Mientras se recorre el largo y duro camino de abrir los mercados y de elegir los perdedores internos por el modo que fuese, vienen varios años complicados. Es de esperar que nadie se deje tentar por el fácil recurso del impuestazo y el endeudamiento.

El incendio de Grecia es un faro que, como el de Alejandría, ilumina los rumbos que deben seguir los barcos para no estrellarse contra las rocas.

* Periodista, economista. Fue director del diario El Cronista de Buenos Aires y del Multimedios América
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