Opinión > OPINIÓN / FERNANDO DÍAZ GALLINAL

Línea de tiempo (II)

La democracia y una discusión entre fragilidad y tradición

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26 de agosto de 2018 a las 05:00

Argumentábamos el sábado pasado, en la primera parte de este artículo, sobre el escaso recorrido de los regímenes democráticos en el mundo, en contraposición, por ejemplo, a las tradiciones monárquicas. Las tradiciones son importantes porque, en momentos de crisis, facilitan la resolución de los conflictos casi con piloto automático. «Tradición monárquica» significa que, durante siglos (y siglos), cada vez que ha habido problemas, la respuesta popular ha sido: «Busquemos un rey».

¿Tiene la democracia una tradición análoga, pero basada en la confianza mutua y la responsabilidad compartida y exigida? No lo sé. Parece más bien que las crisis profundas tienden a devolvernos a la monarquía. Y que cuando esto sucede, el pueblo (durante un tiempo), no se queja mucho: ahí están o estuvieron Rosas, Putin, Hitler, Franco o Pinochet, alimentando el mito del buen tirano.

No sé si los creadores de la democracia ateniense -el «Paraíso Perdido» de todas las democracias que han sido y serán, pero también una experiencia mitificada que excluía del voto a los extranjeros residentes, a los esclavos y a las mujeres-, tendrían conciencia de su propia carga de tradición. A ellos les tocó hacer existir algo que no existía. Pero les tocó una tarea todavía más difícil: entender si sus ideas y sus leyes, serían buenos para los hombres concretos. Sabemos que no basta con tener la mejor idea en la historia de la humanidad, y como dice Gilson, «es posible elaborar juicios cuyos términos no sean aplicables... a pesar de ser lógicamente correctos».

Dos hechos nos ayudarán a poner en perspectiva esta dificultad. El primero: la gran «narración» de la política que encontramos en la obra de Platón y Aristóteles, sólo vería la luz cuando la democracia ateniense ya había dejado de existir. Por ese lado, poca ayuda. El segundo hecho es tan importante como el primero: los atenienses no tenían un espejo en el que mirarse. "¿A quién nos parecemos?", se preguntarían. El vacío a su alrededor, aunque no era absoluto, era impresionante.

Por los mismos años de la democracia ateniense, un rey persa conquistó el Nilo y puso fin al imperio egipcio que había regido los destinos del mundo durante no menos de 2.100 años. Dos mil cien años, contra sólo cien del experimento ateniense. Pericles debió de sentirse muy pequeño.

Desde esta perspectiva, es interesante poner fecha y hora a los siguientes acontecimientos tomados al azar: la emancipación de las colonias americanas, la Revolución Francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre, la Asamblea del año XIII, la noche de los cristales rotos, el discurso de Wilson en la explanada municipal. Nos parecerá que todo pasó hace un rato. Comprenderemos quizás que, en cierto modo, la democracia ha vivido muy poco. Y que no tiene asegurado su futuro. Aunque lo deseemos con todas nuestras fuerzas, como Pinocho. Ahora sabemos que la duración no es algo que se desprenda necesariamente de la esencia de la democracia -como un triángulo cuyos ángulos internos necesariamente suman 180º. La democracia no es una esencia autoidéntica de ese tipo. Sino un compuesto fáctico muy poco estable, casi explosivo. Que padece o realiza continuamente (como dicen en la jerga del tenis) errores no forzados que la desnaturalizan y la debilitan. Entre los que podemos mencionar el desafecto de muchos hacia la libertad y hacia las leyes; el desprecio hacia las minorías políticas, culturales y étnicas; la tendencia a someter a los que piensan distinto, y a los que creen en Dios y le dan culto; el odio mutuo y (por supuesto) la corrupción.

La democracia puede ser atacada también externamente: por la CIA, o la guerrilla tupamara, o los hackers. Pero Lincoln (no Maiztegui, sino el presidente estadounidense) ha explicado, con su concepto de la casa dividida, que las democracias mueren sobre todo desde dentro. Y ahora, a la luz del día, entre likes y corazones. Esta especie de gobierno se auto-elimina, mediante la pérdida paulatina de su esencia ética. Existe incluso una situación paradójica en la que el voto popular, o las mayorías parlamentarias ocasionales, resignen la libertad o los controles sobre los que ejercen el poder.

La perspectiva de nuestra fragilidad podría darnos cierta ventaja sobre Pericles. Ya no basta con entusiasmarnos, como aquellos gauchos que conoció Darwin cuando la patria nacía. El tiempo transcurrido exige que seamos espectadores y actores menos ingenuos. Y que trabajemos, con los moldes nuevos de la civilización nueva, para que nuestra democracia y el contenido ético que la democracia supone, pueda ser visible en las líneas de tiempo del futuro.

Con paciencia y con optimismo. Sin renunciar a la esperanza del primer amor.

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