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Estilo de vida > Recuerdo

Mi amigo Lincoln

Eduardo Espina recuerda en este emotivo texto la vida de Maiztegui y una de sus mejores cualidades: la conversación.

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20 de septiembre de 2015 a las 18:29

Cuando mi madre agonizaba, solía conversar con ella hasta muy tarde. La quimioterapia le quitaba el sueño. La penúltima noche que la vi con vida me dijo: "Voy a extrañar nuestras conversaciones". Hablábamos de todo. De la vida y del más allá. Fue esa la noche cuando me preguntó, y ahora que lo recuerdo fue la última pregunta que me hizo: "Y vos, ¿crees que existe el cielo?". Le di una respuesta que no me vino fácil y creo que la aceptó, pues vi en su cara algo muy parecido al alivio o al entendimiento. La felicidad, pensé destrozado esa vez antes de irme a dormir, es poder tener con alguien una conversación infinita. Con pocas personas he tenido una certeza tan indiscutible. Lincoln Maiztegui fue una de ellas.

Lo conocí hace 21 años, gracias a mi hermano Alejandro Espina, quien fue el que lo trajo al diario. Alejandro siempre ha tenido gran ojo para distinguir a los inútiles de quienes sirven. La primera vez fue justamente en el diario, una noche ya tarde, cuando la edición del día siguiente estaba pronta. Como en la redacción de El Observador por ese entonces todavía se podía fumar, las palabras vinieron acompañadas del humo del cigarrillo de Lincoln entrando a mis pulmones como si fuera parte de una ceremonia de iniciación. Lo fue. Vino también acompañada de una gran dosis de cafeína. Lincoln ha sido la única persona que podía superarme tomando Coca Cola, la única que, como yo, podía tomarla en cantidades industriales después de las diez de la noche. En varias ocasiones pude comprobarlo.

Al poco rato de empezar a conversar me preguntó por qué me había ido del Uruguay y le dije, en broma aunque no sé si tanto, que entre otras razones me fui para saber cómo era ser pobre en Estados Unidos, algo que pude comprobar de primera mano, pues por seis años que fueron eternos sobreviví comiendo arroz y fideos sin marca todos los días. Como contrapartida Lincoln me contó parte de su experiencia en España por esos mismos tiempos. Entramos en sintonía enseguida. Las afinidades se amontonaron rápido. Los francotiradores, igual que los enanos, se reconocen a la distancia. Lo que vino luego, en los años siguientes, es una historia larga, llena de anécdotas, vivencias, ideas, cine, fútbol, literatura, con pocas discrepancias y tantísimas coincidencias, una historia ocupada por años ininterrumpidos de conversaciones, aunque en verdad no fueron varias sino la misma siempre: aquella que comenzó en la redacción de El Observador y que algún día, quiero creer, continuará en otra parte donde no habrá cigarrillos ni Coca Cola, pero sobrará el tiempo.

En esas dos décadas, que hoy mirando hacia atrás fueron muy cortas, cada vez que viajaba a Montevideo lo llamaba para vernos, porque la conversación seguía y solo era cuestión de retomarla. Lincoln dio el tono de lo que serían los reencuentros. "¿Por qué no venís por casa y vamos a cenar?", me dijo. "¿A qué hora te parece bien?" "Y... venite entre once y media y doce..." Las inobjetables cenas a altas horas de la noche, en una parrillada cerca de su casa, a pocas cuadras del Estadio, no solo convocaban a lo primero que el pensamiento tuviera a mano, sino también al colesterol, pues eran un festín bestial de carne y achuras, coartada perfecta para que la conversación fuera larga, cosa de ayudar a la digestión. En una de esas noches que hoy son patrimonio exclusivo de la memoria, el reencuentro quedó abreviado porque al otro día yo tenía el avión de regreso temprano en la mañana (es uno de los problemas cuando se compra un pasaje barato). Como ya se había hecho costumbre, Lincoln hizo la misma pregunta de otras veces, "¿Cuándo volvés?", a la que respondí con otra: "¿Por qué antes de que vuelva yo, no vas vos?" Le propuse buscar la forma para que pudiera pasar un semestre en Estados Unidos.

Gracias a la Comisión Fullbright, lo que comenzó como propuesta utópica después de unos chinchulines, se convirtió en realidad y así Lincoln llegó un día a Texas, a pasar un semestre dando una clase de historia y literatura para estudiantes avanzados de licenciatura, y haciendo investigación en la Biblioteca Presidencial George Bush, a donde iba dos veces por semanas, no sé si a investigar en los archivos clasificados o a leer en los cómodos sillones rodeado de libros. Entre otras cosas, en la biblioteca están todos los documentos y notas personales de la visita de Bush padre a Uruguay. De principios de enero a fines de mayo de 2006 vi a Lincoln casi todos los días, pues no solo vivía a dos cuadras de casa, sino que tomábamos el mismo ómnibus cada mediodía. Varias veces Lincoln lo dejó pasar para poder terminar su cigarrillo. Su tiempo en Texas, inolvidable, sin altibajos, y con mucho de magia y de realismo mágico (lo digo yo y me lo dijo él), está lleno de anécdotas que algún día deberé contar con pormenores, más no sea para hacer justicia con los recuerdos sin caducidad que dejó su visita.

Un día decidió comprarse un auto. En el diario había encontrado una gran oferta. Un muchacho desesperado por dinero tenía a la venta un auto Ford que parecía de colección, pero que se estaba cayendo a pedazos. Lincoln prefirió la noble genealogía de aquel modelo que ya no se fabrica, propio de la antigua estirpe de Detroit, eso, antes que la confiabilidad, pues el auto no tenía pinta de que pudiera durar mucho. Pero el coche, rojo y de líneas atractivas, le fue fiel hasta su partida. Funcionó a la perfección, salvo la vez en que tuvimos que llamar a un mecánico pues el motor no arrancaba. Después de una rápida revisación dictaminó: "el único problema que encontré es que no tiene nafta". Tan bueno le había salido el auto, que un día Lincoln cayó a casa con una noticia que nos pareció increíble; había decidido regresar a Uruguay manejando, pues quería conservarlo. Sentía una especial conexión con el Ford. Le advertimos: "no va a resistir un viaje tan largo, con tantos cambios de clima"; "el motor te va a dejar varado en medio de la jungla o en el desierto chileno", etc. etc. Al final lo convencimos de que desistiera, argumentando que narcos o pandilleros podrían robarlo apenas cruzara la frontera. Dos días antes de regresar a Uruguay vendió el auto por un precio mayor al que había pagado. Su comentario fue zen: "Este es un país bárbaro".

Entre los cientos de recuerdos que tengo de Lincoln, por una razón u otra memorables todos, hay uno que se roba el escenario. Es el del viaje a Dallas para participar durante tres días en un congreso sobre "diásporas y exilios", al que nos había invitado una profesora española. Nos dio trato de rey. Era abril y la primavera expandía su florido esplendor. Apenas terminó el simposio, un sábado a mediodía, lo llevamos a ver lo que Lincoln, según dijo, había querido ver toda su vida: el lugar donde mataron a Kennedy, en Dealey Plaza. Fuimos al Sixth Floor Museum, ubicado en el edificio de donde salieron los disparos. La ventana desde donde tiró Lee Harvey Oswald está igual. Nunca antes ni después vi a Lincoln tan callado. Creo que no dijo nada durante toda la visita. Era uno de esos silencios llenos de sentido que no se parecen a otros. Lincoln miraba cuidadosamente todo, paredes, documentos, fotografías, con la atención propia de un forense que busca la prueba definitiva para intentar cerrar un caso sin resolución. Después salimos y fuimos a la curva en el boulevard Elm donde el Lincoln Continental descapotable en el que viajaba Kennedy recibió los impactos de bala. El tránsito era impresionante, y más porque era sábado, pero Lincoln igual se puso a caminar por la calle como si nada, dribleando autos y camiones, porque no se quería ir sin pisar el sitio mismo donde el gran presidente estadounidense perdió la vida. Ahí le saqué una foto, que en alguna parte debe estar. Un tipo desde un auto increpó enfurecido: "Pero qué hace, ¿está loco, o quiere morir donde murió Kennedy?". Lincoln no le prestó atención. No sé si lo oyó.

Camino al hotel, Lincoln comentó: "¡Qué lugar!" Estaba conmovido. Como si hubiéramos estado en territorio sagrado. Para él (y para mí) había sido una tarde de esas que en la vida hay tan pocas. El silencio había ocupado el espacio que dejan las palabras cuando la realidad y los sentimientos hablan por ellas.

Dos semanas después de aquella tarde en que el lenguaje estuvo de más, lo fuimos a despedir al aeropuerto de Houston, pues todo lo que comienza termina y el viaje de Lincoln Maiztegui a Texas había terminado. Todo se va tan rápido. Lo pensé entonces, y lo pienso hoy. Instantes antes de que United Airlines llamara a embarcar, me dijo, más en plan de confesión que de agradecimiento, que hacía mucho tiempo que no pasaba cinco meses tan buenos como los que había pasado enseñando, investigando, conversando, haciendo planes, fumando, escribiendo, tomando Coca Cola en dosis siderales, en fin, viviendo como si la vida fuera lo único a tener en cuenta.

Regresé a casa con poco más para seguir diciendo, aunque estaba convencido de que algún día Lincoln volvería. Eso ya nunca será. Pero no quiero quedarme en la pena propia de lo incumplido, de aquello que se acaba antes de tiempo y hace más injusta a la existencia, terriblemente inexplicable, asimétrica a más no poder. Hoy, y en los tiempos por venir, quiero recordar a mi amigo con la misma felicidad que le vi tener una noche de abril en un restaurante texano, cuando se dio cuenta que ahí sí se podía fumar, que el restaurante estaba abierto las 24 horas del día, y que nuestra conversación, tan infinita y fiel como siempre, recién comenzaba.

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