Suba de impuestos populista

Columna de análisis en El Observador Agropecuario
Por Luis Romero Álvarez, especial para El Observador

Recientemente, tanto el PIT-CNT como el MPP se expresaron sosteniendo la conveniencia de aumentar impuestos. Esto demuestra que estas fuerzas están presas en una visión ideológica populista que reconoce viejas raíces.

Conviene leer El engaño populista, de Axel Kaiser y Gloria Álvarez, para calibrar la magnitud de los desaciertos que defienden.

Todo comenzó con un pensador francés del siglo XVI, Michel de Montaigne, quien dijo que los indígenas de América eran buenos antes de la llegada de los colonizadores y que el progreso de un hombre sólo se podía lograr con la pérdida de otro. Este concepto es un veneno letal que prendió en los espíritus de occidente y dura hasta hoy, aunque es completamente falso; sería verdad si la riqueza fuera una cantidad fija, pero no lo es, la riqueza crece en todos los países.

Luego vino Jean Jacques Rousseau, quien estribó en las ideas de Montaigne y concibió el concepto del Buen Salvaje, que fue degenerado por la propiedad privada y para corregir esto propuso el Contrato Social: todos debían entregar todo al Estado, sus bienes, su libertad, etcétera.

Luego, en 1789, llego la Revolución Francesa con un fuerte acento en la igualdad material y un desprecio evidente por los derechos del individuo, lo que derivó en El Terror cuando Maximilien Robespierre dijo encarnar la voluntad general del pueblo y, por tanto, todo lo que él decidía no podía ser frenado porque al pueblo no se lo puede frenar (clásico argumento populista y antidemocrático, que termina en el más puro totalitarismo). Así nació la guillotina y los miles de muertos que siguieron a la revolución.

Luego, en el siglo XIX, llegó Karl Marx, montado conceptualmente en las ideas anteriores, pero sosteniendo que la sociedad estaba condicionada por las estructuras (leyes, derecho de propiedad, etcétera) y que la única solución era la acción armada para derrocar todo lo existente. Marx pensó que las sociedades capitalistas iban a seguir sus recomendaciones, con la lucha de clases, pero fue una sociedad casi feudal como la rusa de 1917 la que implantó sus ideas a sangre y fuego.

Recientemente, tanto el PIT-CNT como el MPP se expresaron sosteniendo la conveniencia de aumentar impuestos. Esto demuestra que estas fuerzas están presas en una visión ideológica populista que reconoce viejas raíces.

Luego en Europa llegaron el nazismo y el fascismo que reivindicaron públicamente las ideas marxistas (y en el caso de Hitler también el antisemitismo flagrante de Marx).

En realidad, Marx, como Montaigne y como Rousseau, estaba completamente equivocado en todo.

Pero a mediados del siglo XX llegó Antonio Gramsci, fundador del partido comunista italiano, quien dijo que no eran las estructuras las que gobernaban la sociedad sino las ideas: en vez de hacer la revolución, había que capturar las élites intelectuales, la cultura, la enseñanza, etcétera y desde allí, al cambiar la manera de pensar, se capturaría el poder para el marxismo.

¿Les suena parecido a lo que ha sucedido aquí o en otros países de América Latina?

Gramsci abandonó estas ideas y se convirtió al catolicismo antes de morir.


En paralelo, en 1776, se dio la Revolución Americana que, en vez de poner el énfasis en la igualdad material, puso el énfasis en la libertad del individuo y el control del poder del Estado. Por esa época nació la economía como ciencia, con el libro de Adam Smith, La Riqueza de las Naciones, que explicaba, con acierto, que las economías crecen si los individuos son libres, los Estados limitados, las leyes respetadas y el derecho de propiedad defendido. Estos principios se probaron ciertos siempre, en todo tiempo y en todo país.

Incluso aquí en Uruguay, Argentina y Chile llevaron a décadas de bonanza espectacular que se eclipsó al llegar el populismo y renació (caso Chile en los años 80) al volver a aquellas ideas fundadoras de la buena economía.

Así que estos pedidos de más impuestos son claros indicadores populistas y vendrán de la mano de más actividades estatales, control sobre las personas (¿la Ley de Inclusión Financiera?), en fin, más populismo de la peor clase.

Llegó la hora de rechazar en Uruguay estas concepciones que han probado ser devastadoras para todas las sociedades que las han dejado entrar y avanzar.

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