Un aventurero del periodismo

Con una admirable vida como periodista, el fallecimiento a los 89 años de José María Orlando es una enorme pérdida para El Observador y para todo el periodismo nacional
En la larga década que trabajé como periodista en la redacción de El Observador siempre entendí que la empresa apostaba a la tecnología como seña de marca, algo reflejado en el diseño, el desarrollo precoz de la página de noticias en internet, la utilización de máquinas Apple de última generación y un estilo de modernidad que fue sello de la empresa desde el inicio. Pero en medio de las torres y los monitores, entre los cables, los escáneres y los ratones, había un hombre que, humildemente, sacaba lápiz y papel y escribía a puño y letra los editoriales del diario. Como un marciano, como un personaje de otra era, un testigo de otros tiempos del periodismo. Con otros compañeros más jóvenes nos reíamos a escondidas de este elegante señor del que ignorábamos casi todo, salvo que en invierno aparecía con una recortada gabardina inglesa, una gorra estampada y la pipa, eternamente prendida, entre los labios, y en verano con una guayabera color crudo y la fiel pipa. Cuando entendimos quién era realmente José María Orlando, empezamos a admirarlo.

Nació en la ciudad de Florida hace 89 años. Influido por la personalidad de su hermano mayor, Rubek, que fue editor del diario La Mañana y comentarista de política internacional, entró en el periodismo y pronto entendió que sería la profesión a la que le dedicaría la vida. Tan es así, que el editorial de El Observador de este miércoles, el día de su deceso a causa de un sorpresivo paro cardíaco, era de su autoría. Hasta el final, el periodismo corrió por sus venas.

Luego de las primeras armas en medio locales, José María Orlando pegó un formidable salto al exterior como corresponsal para la Associated Press (AP). Trabajó como enviado en Cuba, en Santiago y en Buenos Aires. Su efervescente estancia en La Habana en 1960, cuando la revolución castrista aún no tenía un rumbo definido en el marco de la guerra fría, tuvo algunas anécdotas dignas del cine. Conoció a una mujer que luego supo era espía del régimen y pretendía robarle información, trató de primera mano a los hermanos Fidel y Raúl Castro y al Che Guevara. En conferencias de prensa, pero también en cenas, cócteles y reuniones informales accedió a información interna sobre los liderazgos que molestó al régimen, que decidió su expulsión formal con la firma del mismísimo Fidel.

José María Orlando
A mediados de los sesenta, Orlando estuvo destinado en la también convulsionada Bolivia. El presidente de facto era el general René Barrientos, con el que el periodista se entrevistó varias veces. Un día el militar le hizo una broma: le preguntó qué creía que significaban las letras "RB" en las arcadas del palacio presidencial. Orlando le respondió: "República de Bolivia", a lo que el dictador negó con la cabeza. "No, ¡significa René Barrientos!". Orlando contaba la anécdota con una risa detrás de la pipa, pero cuando se disipaba el humor, agregaba: "Seguramente fuera así".

En la década de 1970 pasó a comandar como editor continental la oficina de la agencia inglesa Reuters para América Latina, con sede en Buenos Aires, donde tuvo trato con los principales líderes políticos argentinos. Para la agencia, redactó un riguroso manual de periodista. Los constantes viajes a Londres moldearon a Orlando en un auténtico gentleman, no solo en su aspecto, sus trajes a medida, sus formas educadas, sino en algunas costumbres como la de beber coñac. Fue jugador de tenis, practicó la equitación, y como mítico fumador de pipa consiguió que una tabaquería londinense le prepara un tabaco para pipa personalizado. Producto de su curiosidad, sus experiencias y viajes, fue toda su vida un gran gourmet, interesado en platos exóticos y en saber las formas de preparación.

En Argentina, también abrió la Agencia Latin, un servicio independiente de noticias en español. En abril de 1983, otra dictadura determinó su expulsión. Esta vez fue Paraguay, a causa del enojo del dictador Alfredo Stroessner por las crónicas que Orlando escribió sobre su sangriento régimen. Su regreso a Montevideo, en esos meses, estuvo marcado por la vuelta al periodismo local, donde fue editor del El Día y también colaboró junto a Enrique Tarigo en el semanario colorado Opinar.

En la década del noventa trabajó en la secretaría de comunicación del Banco Central. Cuando se jubiló, en 1996, Ricardo Peirano lo captó para el equipo de editorialistas de El Observador, donde escribió con rigor, con pluma nunca ajena a la polémica y al encontronazo, alejado de lo políticamente correcto pero siempre apegado a la sinceridad y a sus convicciones más profundas. Todos los días se lo veía caminar por las calles de Pocitos, de paseo con su pipa y su estampa caballeresca. Con una vida profesional envidiable, aventurera, ilusión de lo que todo periodista con sangre en las venas desea, su muerte es motivo de tristeza en El Observador y en todo el periodismo nacional. Lo sobreviven tres hijos: José María, Carina y Lucrecia, y un montón de nietos. El velorio será celebrado este jueves desde 9 a las 11 de la mañana en la sala 203 de la empresa Martinelli, y el cortejo fúnebre partirá a las 11.15 hacia el cementerio Los Fresnos, en Carrasco.

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