Ahora, la fábula de la inversión

A riesgo de caer en la repetición, importa volver a aclarar algunos puntos sobre la inversión que se aguarda con tanta expectativa

A riesgo de caer en la repetición, importa volver a aclarar algunos puntos sobre la inversión que se aguarda con tanta expectativa. Definamos entonces que el término implica el accionar de algún privado que arriesga su dinero y su esfuerzo en un emprendimiento propio, con fines de lucro.

Resulta trascendente que se entienda tal definición, para no estar esperando la carroza ni a los Reyes Magos. Nadie invertirá para perder, nadie invertirá en una actividad de cuya viabilidad no esté convencido, nadie invertirá para que el Estado le maneje su riesgo, y nadie invertirá donde no tenga un mínimo de libertad y seguridad. Tampoco habrá inversión cuando hayan dudas serias sobre la inflación, el tipo de cambio y las leyes laborales.

Uruguay debe hacer un punteo para ver si cumple estos requisitos básicos, que nadie le exige, pero que debe satisfacer, por lo menos para tener una coherencia intelectual en sus manifestaciones y sus supuestas políticas.

No hay muchas áreas donde se pueda invertir con libertad. Se trata de un mercado donde muchas actividades que en el resto del mundo son campo fértil para las inversiones han sido vedadas a los privados, suponiendo seguramente que el Estado está más capacitado para manejarlas y para generar riqueza, aunque una y otra vez esos conceptos prueben ser tercamente erróneos.

El modelo de coparticipación del Estado con privados en algunas actividades secundarias, al menos tolerado, ofrece muchas limitaciones y se puede aplicar en un número reducido de casos. Además, a poco que se la explore, o se la investigue, se encuentra el riesgo de corrupción al juntar en la misma gestión al zorro con las gallinas. Es apenas un mecanismo de financiación con tasa un poco más interesante.

De modo que lo primero que se debe pergeñar es el listado de las áreas donde se sueña con que estalle la inversión. Lo corto de la nómina ayudará a bajar a la tierra y a aceptar la realidad.

La inflación como sistema es un ahuyentador serial de inversiones. Unida casi siempre a alguna clase de control de cambio, como sabemos localmente, crea un escenario de inseguridad e incertidumbre que se agrega al riesgo natural de cualquier negocio. Para aclarar dudas, 10% anual es una cifra alta de inflación en el mundo actual; 11% y 12% también.

Un mercado laboral inflexible y con altos costos es otro elemento antiinversión o al menos obliga a generar márgenes de utilidad muy altos para cubrirse de los costos y juicios, sobre todo cuando se advierte que esas leyes irán siendo más restrictivas, gravosas y rígidas paulatinamente.

En un mercado muy pequeño, el inversor tiene poca capacidad de recupero y de expansión, lo que empeora cuando se le agregan costos arbitrarios o voluntaristas. Esto vale tanto para una enorme empresa europea (no digo americana porque comprendo que es un imperialismo no aceptable) como para cualquier pequeña industria local, que tenga la estúpida pretensión de invertir, crecer y crear el empleo cuya pérdida ahora se llora.

Acostumbrados a tener al Estado como contraparte y a una lógica depredacionista creciente, las gremiales uruguayas pueden destrozar cualquier apuesta al riesgo en poco tiempo. Incluso antes de empezar. Eso también es conocido.

Esperar el efecto “derrame” de la inversión en Argentina también es iluso. Por un lado, existen allí restricciones estupidológicas muy similares a las orientales. Por otro lado, no hay ninguna razón seria para suponer ese derrame, a menos que ambos países estén abiertos a desarrollar proyectos conjuntos, que hasta ahora parece otro sueño imposible, por falta de vocación y grandeza de ambos hermanos rioplatenses.

Una última característica no mensurable, pero elemental para atraer la inversión, es la apertura mental hacia la innovación, las nuevas ideas, la revolución de conceptos, la adaptación continua a un universo global cambiante, en donde los modelos de relación entre los factores y los consumidores sean capaces de variar todo lo necesario.

Entender que la clientela es el mundo, que el producto debe inventarse y que, además, debe inventarse el modo de elaborar ese producto. Cuesta un enorme trabajo imaginar a las gremiales digiriendo ese punto. Basta leer con qué vehemencia se defienden errores elementales casi de aritmética para concluir que la innovación buscará otros rumbos.

Es entonces incoherente decirle a la ciudadanía que se esperan inversiones extranjeras en un medio en que la única inversión que se permite es la del Estado, mediante el gasto público en algunos de sus formatos o disfraces, mientras la central gremial vocifera la promesa de enfrentarse al poder económico global.

Uruguay continúa, aún en momentos de pérdida de empleos y baja de la actividad, indexando los salarios por la inflación pasada y en muchos casos otorgando beneficios adicionales. Eso no solo conspira contra la inversión, sino que amenaza la estabilidad económica, el nivel de empleo, la seriedad fiscal y cualquier expectativa de crecimiento. Y ciertamente, preanuncia mayor inflación, mayor recesión o ambas.

En esas condiciones, solo invertirán los que tengan proyectos dudosos en su viabilidad ambiental o financiera, o en su seriedad. Experimentos que terminan siempre en escándalo.

Para decirlo en criollo, solo un loco invertiría en un medio así. O sea el Estado, que más que loco es siempre bobo, cuyos accionistas obligatorios, expoliados y perdidosos son los contribuyentes, los consumidores y, aunque el PIT- CNT no lo comprenda jamás, también los trabajadores.

Periodista, economista. Fue director del diario El Cronista de Buenos Aires y del Multimedios América


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Dardo Gasparré

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