Aruba, una isla feliz

Así se la conoce y no es muy difícil adivinar por qué. Playas paradisíacas, música caribeña y una brisa tropical.

Por Natalia Correa

Estábamos por aterrizar, la ansiedad me invadía. Veía el color turquesa del mar desde el avión y no podía pensar en otra cosa que en llegar y zambullirme. Cuando bajamos en el aeropuerto una música alegre hacía que fuéramos entrando en clima. Viajaba invitada por Géant Travel y Copa Airlines, con un grupo de agentes de viajes de varias compañías. Quizá ellos estuvieran un poco más acostumbrados a ese tipo de paraísos pero yo no salía de mi asombro. "Estás en Aruba", me repetía feliz. Ya el nombre me cautivaba, lo había escuchado varias veces en canciones o películas pero lo veía como algo lejano, inalcanzable. Sin embargo, ahora estaba ahí, era real y no me defraudaría.

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El recorrido hasta el hotel me sirvió para tener un buen primer pantallazo de la pequeña isla y me enamoré enseguida. El centro se encuentra en la capital, Oranjestad, que está muy próxima al aeropuerto. No se imaginen una ciudad sino más bien un balneario con casas coloridas de arquitectura colonial holandesa. Es que Aruba, ubicado en el Caribe Sur a 25 kilómetros de Venezuela, es un país autónomo que formó parte de las Antillas Holandesas hasta el año 1986 y actualmente pertenece al Reino de los Países Bajos. Sus habitantes tienen pasaporte neerlandés y hablan al menos cuatro idiomas: español, inglés, neerlandés y papiamento, la lengua nacional. No resulta raro entonces que se encuentren tan preparados para el turismo, saben cómo tratar al extranjero y lo hacen sentir como en casa. A nosotros nos recibió De Palm Tours, la mayor compañía de tours y actividades de toda la isla, con una refrescante botella de agua para soportar mejor los alrededor de 30 °C que había esa mañana. Sin embargo, a pesar de que el calor es muy intenso, el viento que siempre agita las palmeras de Aruba lo hace muchísimo más soportable.

Pequeño paraíso

Así podría definir el lugar donde nos tocó alojarnos, el hotel Riu Palace, ubicado en el área de Palm Beach, a unos 6 kilómetros al noroeste de Oranjestad. Todo lo que uno precise se encuentra aquí: la piscina, la playa, la vista, y un excelente servicio all inclusive que va desde el buffet hasta restaurantes temáticos y gourmet. Quedarse en un hotel así invita a ser muy perezoso y caminar solo lo necesario para llegar hasta la reposera o acercarse a la barra a pedir un trago. Tampoco el calor contribuye a tener ganas de moverse demasiado, la isla está pensada para relajarse y descansar. El Riu Palace es perfecto para quienes desean estar rodeados de gente, en un lugar animado, con mucho ruido. Para los que buscan algo íntimo quizá esta no sea la mejor opción y deban en cambio optar por hoteles más exclusivos como el Hyatt.

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Al llegar me impresionó la belleza del complejo, el edificio blanco tiene la estructura de un palacio y con su forma de U rodea a la gigantesca piscina. Hacia el fondo se encuentra la playa con su agua turquesa, palmeras y arena blanca. La vista desde las habitaciones es increíble, cuando me desperté el primer día y me asomé al balcón no podía dejar de contemplar extasiada la típica postal caribeña que se presentaba ante mis ojos. A pesar de que muchos turistas adoran pasar el día en la piscina, a mí el mar me hipnotizó; una vez que entré no pude salir. El agua tiene la temperatura ideal, ni fría ni caliente, y es la más cristalina que haya conocido jamás. La serenidad y la paz que se respiran en la playa obligan a quedarse al menos hasta que se ponga el sol. El atardecer más hermoso lo vi el segundo día cuando unas nubes azuladas se mezclaban con otras más rosáceas para ocultar el sol y crear una imagen digna de una pintura, que era coronada por la presencia de dos pequeños barcos en el mar. La playa estaba vacía y el espectáculo se desarrollaba solo para nosotros.

La otra cara de Aruba

Si además de relajarse en la playa y disfrutar de los servicios del hotel van en busca de un poco de aventura, hay varios tours que ofrecen conocer el lado más salvaje de la isla. A pesar de estar rodeada por agua, tiene un área desértica con cactus y arbustos que contrastan notablemente con la región de las playas de aguas turquesas. El clima es semiárido, con escasísimas lluvias, lo cual constituye otra buena razón para optar por este rincón del Caribe ya que el buen tiempo está garantizado.

Tercer día en Aruba. Salimos del hotel y dos jeeps amarillos de De Palm Tours nos esperaban estacionados en la puerta. Ya empezaba a emocionarme y todavía no había arrancado la expedición. Nos dijeron que abrocháramos bien los cinturones porque íbamos a sacudirnos cuando empezáramos a recorrer el terreno rocoso. Iba sentada adelante por lo que tendría una visión privilegiada de todo lo que se fuera presentando en el camino. El destino de este safari de medio día era la piscina natural conocida como Conchi o Cura di Tortuga, pero en el medio iríamos realizando varias paradas para tomar fotos y conocer un poco más sobre la historia y la cultura de Aruba. Un detalle agradable es que los conductores llevaban refrigeradores con botellas de agua y barritas de cereal para mantenernos hidratados, ya que el calor se hacía sentir aun más en esta zona de la isla.

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Durante el recorrido era impactante observar como el paisaje se iba transformando a medida que avanzábamos. El mar se ponía cada vez más embravecido y el terreno cada vez más árido y agreste. Dejábamos atrás el lujo de los resorts cinco estrellas para adentrarnos en el corazón de la isla, que tiene una superficie de solo 193 km2. Rocas volcánicas de todos los tamaños aparecían desperdigadas por el suelo. Algunas estaban apiladas formando columnas perfectas y esto llamó nuestra atención. El guía nos contó acerca de una tradición que tenían los marineros de amontonar las rocas para indicar que la marea estaba baja. Luego los turistas la adoptaron pero para estos cada una de las piedras representa una meta a lograr y si la columna se mantiene en su lugar significa que van a cumplirse. Seguramente el poder de los sueños sea muy grande ya que a pesar del fuerte viento las pilas, que se asemejan a pequeñas figuras humanas, se mantenían firmes y erguidas creando un paisaje muy pintoresco.

Una de las paradas la hicimos en el llamado Puente Natural Bebé que forma una pequeña gruta en las rocas por donde pasa el agua. Vale la pena tomarse unos minutos en este lugar para contemplar el verde azulado del mar y cómo la espuma blanca se coloca por entre las rocas. El siguiente alto en el camino lo hicimos en donde solía estar el gran puente que fue derribado por el huracán Katrina en 2005. A pesar de que Aruba no se encuentra en la zona de huracanes, estos repercuten en el clima de la isla y generan tormentas como la que experimentaríamos esa tarde a raíz del huracán Patricia que el día anterior había azotado la costa de México.

La última de todas las paradas fue la piscina natural. Con el calor que veníamos acumulando durante el viaje no veíamos la hora de zambullirnos, pero lo bueno se hace esperar. Primero tuvimos que sortear un terreno tan hostil que el jeep no paraba de dar saltos y hacernos danzar en el aire. Cuando al fin llegamos hasta donde podía avanzar el vehículo la vista era espectacular. Estábamos en lo alto de una roca por lo que podíamos contemplar todo el camino recorrido hasta el momento. Tengo la imagen clavada en mi memoria pero no pude tomar ni una foto ya que enseguida descendimos hacia la piscina. Sumergirse fue la sensación más refrescante y gracias a los equipos de esnórquel que nos entregaron pudimos observar la variedad de peces de colores que nadaban bajo el agua.

Difícil despedirse

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Después de la ardua expedición matutina nos llevaron a almorzar al restaurante West Deck, ubicado sobre la playa en el centro de Aruba. Nos recibieron con un delicioso y fresco mojito servido dentro de un coco para luego empezar a deleitarnos con platos y cócteles característicos de la isla. Probamos polenta frita con queso holandés, costillas de barbacoa, miniaturas de pescado, pinchos de lomo y plátano y para beber el trago típico de Aruba: birrita. Después de recuperar energías, estábamos prontos para lo que nos deparaba el resto del día: el cruce en barco a la isla Renaissance. Durante el viaje veíamos que unos nubarrones negros se aproximaban haciendo que el mar luciera de un color verde esmeralda increíble. La tormenta se desató a los pocos minutos de haber llegado a la isla —que aún con lluvia era bellísima— y tuvimos que refugiarnos en un restaurante. Los arubeños no salían de su asombro ya que, como mencioné antes, nunca llueve en la isla. Varias personas nos comentaron que estábamos presenciando un acontecimiento histórico. Cuando calmó la tormenta decidimos volver, no sin antes observar a los flamencos rosados que son un símbolo de Renaissance.

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Y ya estábamos en la cuenta regresiva y nadie quería regresar porque Aruba nos había atrapado con su encanto y alegría. La última noche fue sin dudas la mejor y voy a recordarla siempre. Empezó con un cóctel en House of Mosaics, un salón de eventos que despertó nuestros cinco sentidos por su excentricidad. Iluminación en tonos violetas y fucsias, cortinas que se abrían hacia nuevos salones, aroma a incienso, decoración oriental, anfitriones vestidos con atuendos estrafalarios. Allí se organizan eventos de todo tipo y a todo nivel. Definitivamente no hay límites para divertirse y pasarla bien en Aruba, eso nos dieron a entender. Después de esta visita nos esperaba una cena en la playa. Cuando llegamos y vi la mesa servida sobre la arena, con lucecitas bajas colgando de las palmeras, no pude más que sentirme una afortunada de encontrarme esa noche en ese lugar. El ambiente era íntimo y acogedor, no corría una gota de viento y todos hablábamos en voz baja para no perturbar la paz que se respiraba en el aire. El tiempo pasaba muy lento y estábamos felices porque la isla nos había contagiado con su espíritu.

A ritmo de salsa y reguetón

Aruba no es para vivirla solo de día, apenas se pone el sol comienza a vibrar con la música que proviene de diferentes rincones de la isla. Las opciones para divertirse son varias empezando por las que ofrecen los hoteles. En el Riu Palace cada noche se arma un escenario en donde se desarrolla un show de baile, juegos y karaoke. Antes o después de cenar, la gente se arrima a tomar un trago y participar del espectáculo. La música permanece encendida hasta la medianoche cuando llega el turno de abandonar el resort y acercarse hasta los bares más cercanos que se llenan de gente bailando salsa, reguetón y demás ritmos latinos. Es un placer ver a los arubeños moverse con esa gracia que caracteriza a quienes provienen de estas regiones tropicales. Es difícil hacerles competencia, pero vale la pena intentar.