“Aserrín, aserrán, de la Boca no se van”

El caso de agresión que se dio en el clásico argentino causó estupor internacional

Mientras caen duras sanciones deportivas e institucionales sobre el Club Atlético Boca Juniors, muchas de ellas a instancias de un frenético señor Blatter que truena desde Zúrich, sigue creciendo el estupor internacional ante lo sucedido en dicho partido. Y no meramente por el muy inhabitual e inconcebible uso de gas pimienta (sería la primera vez que hinchas usan armas químicas en una cancha de fútbol) sino por todo el entorno que rodeó el singular y condenable episodio.

El País de Madrid titula “Boca-River, del fútbol a la guerra química” y describe con gran precisión y sorpresa lo ocurrido. Todo comenzó porque un tipo encapuchado (pero luego identificado como un hincha que tenía prohibición de entrada por 45 días en la Bombonera, lo cual demuestra que las normas no se cumplen y las sanciones tampoco) introdujo, ante la pasividad de las fuerzas de seguridad de la Policía y del club el famoso gas en la manga inflable que debía proteger la salida de los jugadores de River. Indudablemente, de poco protegió, y cuatro jugadores fueron severamente afectados, a tal punto que no pudieron seguir jugando y que luego de muchas peripecias para salir de la cancha acabaron en un hospital. Qué pretendían los matones de Boca es difícil de concebir. Sabían que el gas usado no era de efectos pasajeros ni leves; sabían que si lograban dañar a varios jugadores el partido se iba a suspender y que lo habitual es que su equipo pierda los puntos. Fue algo premeditado y no producto de un momento pasional como puede ser una gresca por una circunstancia del partido que, si nunca es justificable, al menos puede ser entendible. Aquí, con plena frialdad, ante la pasividad de las fuerzas de seguridad y de otros hinchas se comete un grave atentado.

Lo más grave, con todo, fue la reacción de la hinchada local y de algunos jugadores de Boca. La hinchada presionó para que el partido continuara como si nada hubiera pasado. El famoso cantito “Aserrín, aserrán, de la Boca no se van” apuntaba primero a eso. Y, una vez suspendido el partido, apuntaba a dificultar la salida de los jugadores de River de la cancha, lo cual ocurrió una hora y media después, bajo un fuerte dispositivo policial y una fuerte lluvia de botellas. Una vergüenza.

Más vergüenza aún: según cuenta el corresponsal de El País de Madrid, una minoría del público sentía vergüenza pero “la mayoría parecía disfrutar más de la situación que de un partido normal que en ese momento iba 0-0 sin mucho brillo. La megafonía intentaba inútilmente convencer a la gente de que se fuera. No había manera”. Y como colofón, señala: “River salió del partido entre una lluvia de botellas. Boca salió entre aplausos y los jugadores, a su vez, aplaudían  a la grada”.

Este apoyo de los jugadores de Boca, encabezados por el portero Agustín Orión, a los fanáticos que apoyaban las acciones de agresión a los jugadores de River, fue quizá lo más penoso de toda la noche.

El problema que engloba a dirigentes, jugadores, barras bravas y hasta cierto público en general que ve con simpatía estos hechos es expresión de algo más profundo. No son “los pocos inadaptados de siempre” sino organizaciones mafiosas, con capacidad de organización, con recursos económicos (la reventa de entradas; la venta de souvenirs, de comida y de estacionamiento; las presiones sobre los jugadores para recibir una paga mensual), sin más ley que la fuerza y la violencia que ellos imponen. Estas mismas barras se prestan, luego, para manifestaciones, para asistir a actos políticos, para los que El País de Madrid llama “una política dominada por la ocupación de espacio, con manifestaciones diarias por los asuntos más dispares”. En definitiva, una mezcla de corrupción y de poder, hoy al servicio de uno, mañana al servicio del otro, siempre del que paga más.

Lo que ocurrió el jueves en la Bombonera y que en menor medida ocurre en otras canchas donde las barras pueden llegar a echar a técnicos, jugadores y hasta dirigentes si no contribuyen a la bolsa común, es expresión de un mal profundamente enraizado en la sociedad argentina, que a muchos deja sin optimismo sobre el futuro. Ojalá que aquí nos detengamos antes de transitar por el mismo camino. Aún estamos a tiempo.


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