Brexit: el drama

La salida del Reino Unido de la Unión Europea se ha convertido en un drama político en varios actos
La crisis política que el brexit ha desatado en Londres los últimos días se parece mucho a las tragedias shakespearianas –concretamente a Macbeth–, o a la vieja serie televisiva de la BBC House of Cards. Y los más jóvenes encontrarán, incluso, muchas similitudes con la actual Game of Thrones.

Esto es algo típicamente inglés en las luchas de poder, que se remonta a la conformación de los viejos reinos anglosajones en la Britania del siglo V, tras la caída del Imperio Romano, cuando Roma debió abandonar su provincia más occidental. La traición, la ambición, las puñaladas por la espalda entre amigos y aliados de todas las horas, las conspiraciones palaciegas, el coraje, la cobardía, la mentira... Todas las virtudes y miserias del hombre han recorrido estos días los intramuros de Westminster como una trama tomada directamente de una obra de Shakespeare.

En el centro de la escena, el excéntrico exacalde de Londres Boris Johnson, amigo y rival del primer ministro, David Cameron, desde que fueran compañeros de promoción, primero en el Eton College, y luego en la prestigiosa Universidad de Oxford.

Ambos ingresaron juntos a la política en el Partido Conservador, como parte de la nueva camada de políticos Tory, reformistas y más europeístas que los conservadores dirigentes de la vieja guardia Thatcheriana, que hacía poco habían perdido el poder a manos de unos jóvenes laboristas moderados encabezados por Tony Blair. Y durante buena parte de los años 2000, ambos integraron también la bancada Tory en la Cámara de los Comunes como destacados parlamentarios.

El momento del recambio en el Ejecutivo británico llegaría pocos años después. Pero ya no había lugar para las ambiciones de los dos amigos rivales. Y en 2010 le tocó a Cameron ser primer ministro del Reino Unido. Como en 1987 en Oxford, a Johnson le tocaría otra vez ser el segundo de la promoción detrás de su amigo, a pesar de ser él, el más popular, el más simpático y extrovertido, al decir de sus compañeros. Esta vez debió conformarse con la alcaldía de Londres, que había obtenido dos años antes, como candidato elegido por su partido en una clara jugada para despejarle el camino a Cameron hacia la residencia de 10 Downing Street.

Y así continuó la rivalidad solapada por una alianza a la que por momentos le costaba trabajo ocultar las intenciones de Johnson de ocupar el puesto de su viejo compañero de clase.

La gran decisión, el dilema Shakespeariano, llegó para el entonces alcalde de Londres en la primavera boreal, cuando tuvo que elegir entre apoyar a Cameron, con la opción de permanecer en la Unión Europea que planteaba el referéndum, o irse con los que querían abandonar el bloque.
Johnson nunca se había mostrado como un euroescéptico muy convencido. Incluso, semanas antes había hablado de "la necesidad imperiosa" de que el Reino Unido permaneciera en Europa. Pero pudo más la ambición. En febrero, tras retirarse un fin de semana a meditar la decisión en su casa del bucólico norte de Londres, emergió apoyando la campaña del Leave para abandonar la UE. La traición estaba consumada. Luego trascendió que durante esos dos días de ponderación había escrito dos cartas, una con su postura a favor del brexit (que fue la que finalmente difundió) y otra en contra.

Pero la trama no acaba allí. Contra todo pronóstico, el brexit se impuso en el referéndum del 23 de junio; y entonces quedó al descubierto que lo de Johnson había sido una jugada para desmarcarse de Cameron y no quedar atrapado bajo su sombra. Como la mayoría, no pensó que el Leave fuera a ganar. Era simplemente una estrategia para trazar una diagonal, para plantearle un cisma dentro del partido (que tenía varios impulsores del brexit) y eventualmente quedarse con su liderazgo para aspirar a la primera magistratura.

Quedó en evidencia que no sabía qué iba a hacer después del triunfo; no tenía plan ante el desbarajuste y la conmoción que causó la salida de UE; y se dedicó a hacer breves y escasas apariciones públicas, más que nada cuando acudía a reuniones partidarias a puertas cerradas.

No era la victoria que quería; podría decirse que el brexit era el último resultado que Johnson hubiera deseado. Pero estaba decidido a seguir con las componendas hasta ponerse sobre su cabeza la corona que había rodado de la cabeza de Cameron al día siguiente del referéndum.

Hasta el último jueves por la mañana, tenía preparado el discurso que daría esa tarde aceptando su candidatura para suceder al primer ministro. Pero para entonces, ya los euroescépticos le habían retirado el favor. Su incondicional aliado en la campaña por el brexit, el secretario de Justicia, Michael Gove, había operado toda la noche con la dirigencia del partido y lo había dejado sin apoyos. Gove había llevado a cabo su traición con ayuda de su esposa, Sarah Vine, hoy motejada en el Reino Unido como Lady Macbeth, la ambiciosa y despiadada esposa del personaje en la obra del señero dramaturgo inglés.

Al mediodía del mismo jueves, Gove anunciaba su propia candidatura para suceder a Cameron. Y pocas horas después, Johnson habría de deponer la suya.

"Si con dar el golpe se atajaran las consecuencias y el éxito fuera seguro, yo me lanzaría de cabeza desde el escollo de la duda al mar de una existencia nueva", dice Macbeth en la obra. Johnson pudo dar el golpe pero no atajar las consecuencias. Y el que a hierro mata, a hierro muere.

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