Caricias revolucionarias

Se reedita Adiós muchachos, de Daniel Chavarría, una novela muy entretenida y dinámica que mezcla la comedia con el policial negro

La vida del uruguayo Daniel Chavarría parece sacada de una de sus novelas. Va de San José de Mayo a La Habana, lugar en donde reside desde 1969. Comunista desde muy joven, partió primero a Perú con la idea de unirse a algún grupo guerrillero, luego derivó hacia Colombia y de allí se trasladó a Cuba, en un avión que secuestro para ese cometido.

Comenzó a escribir recién a los 45 años, mientras se ganaba la vida como profesor de griego, latín y literatura clásica en la universidad de La Habana. Hoy habla cinco idiomas con fluidez, es un autor muy querido y popular en Cuba y ha cosechado varios premios internacionales por una obra literaria que abarca los más diversos temas.

Adiós muchachos, sin ir más lejos, ganó en su momento el premio Edgar Allan Poe a la mejor novela policial publicada en Estados Unidos. Se trata de una obra singular, que mezcla con gran eficacia géneros tan opuestos como la comedia y el policial, sin olvidarse de la crítica social.

Este último punto no es menor, ya que Chavarría es hasta hoy un acérrimo defensor de la revolución cubana, un fidelista convencido, como se ha definido más de una vez. Por eso sorprende que en Adiós muchachos la protagonista sea una prostituta que abandona la universidad para dedicarse –con la ayuda de su madre– a esquilmar a los extranjeros ricos que llegan regularmente a la isla para disfrutar de sus placeres.

La novela de divide en dos partes bien nítidas. La primera, muy cómica, está dedicada a mostrar el modus operandi de Alicia para cazar a sus clientes y la segunda, más seria, propone una trama policial atípica, ya que no hay crimen ni investigación pero sí un muerto y una extorsión millonaria.

Destaca de Chavarría su enorme capacidad para poner en marcha la novela y sostenerla, sin un respiro, hasta el punto final. No hay relleno ni digresiones; solo acción trepidante que mantiene en vilo al lector. La prosa, poco proclive a la metáfora, se limita a contar sin adornos los hechos en sí mismos.

El primer párrafo de la novela es ya un ejemplo de esa particularidad estilística: "Cuando Alicia decidió prostituirse en bicicleta, su madre consintió en vender un anillito que llevaba cinco generaciones en la familia. Le dieron U$S 350. Y por U$S 280 compraron una bicicleta inglesa, montañera, de gomas gruesas, con muchos cambios de velocidad, sobre la que Alicia inauguró su cacería de extranjeros adinerados".

Y hay que ver el partido que le saca el autor a esa bicicleta y a esa Alicia escultural por fuera y algo frágil por dentro, que se deja caer adrede delante de los coches de los turistas para conmoverlos con su falso accidente. A ese primer paso para que la presa se enganche en el anzuelo, le sigue siempre el acompañamiento a casa, donde la madre agasaja con lo que puede al salvador de su niña.

La carcajada es inevitable en más de un momento ya que Chavarría maneja el humor con desparpajo caribeño, especialmente en los momentos eróticos. Pero hay que destacar la habilidad del autor para ser picante sin deslizar nunca una palabra soez ni caer en lugares comunes. La descripción de la sexualidad de Alicia y sus comentarios sobre los amantes son realmente originales.

También es estupenda la segunda parte de la novela, que a raíz de un accidente ridículo (tras pisar una aceituna con tacones) deriva en una trama policial, más que nada porque hay un cadáver que esconder, un secuestro que fingir y un rescate que cobrar. No hay investigación de las autoridades, sino que todo se maneja entre los cuatro o cinco personajes de la novela, que salvo Alicia y su madre, trabajan todos en la misma empresa.

No magnífica pero si muy buena, Adiós muchachos es una novela trepidante y muy divertida, que se disfruta de la primera a la última página.


Libro

$320. Adiós muchachos es editado Penguin Random House y tiene 209 páginas.





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Acerca del autor

Andrés Ricciardulli