Corrupción público-privada

Brasil tiene un largo camino que recorrer antes de salir de la crisis política que atraviesa

Hace pocos días, en una entrevista concedida a El Observador TV, el contador Enrique Iglesias señaló con su habitual lucidez que la crisis en Brasil (donde sí hay crisis) es más política que económica, y que le preocupa más la crisis política que la económica. No dio recetas o consejos de cómo salir de la crisis política, pero no dejó de recalcar su preocupación por las crecientes denuncias de corrupción, que afectan a todos los partidos, que vienen de hace bastante tiempo, pero que en especial afectan al PT que ha venido gobernando en los últimos 12 años. Y añadió que le preocupa que la crisis política, sobre todo esta que afecta a Petrobras, quizá la más importante de Brasil y de gran envergadura a nivel mundial, detenga al sector empresarial y agrave la situación económica.

Iglesias tiene razón en su preocupación sobre el efecto económico de la crisis política. En una columna publicada ayer sábado en La Nación, Francisco Olivera cuenta con notable detalle datos de la trama de lo que ya se llama el “petrolao” (la gran corrupción anterior en épocas de Lula era el “mensalao”, el pago mensual a legisladores para la compra de votos) y que parece que será uno de los episodios de corrupción “máis grandes do mundo”.

Cuenta Olivera que la continua detención de directivos de empresas privadas de gran porte y de larga influencia en la vida política brasileña, algo que se ha agudizado en las últimas semanas a medida que la figura del “arrepentido” va dando sus frutos ante la justicia, el impacto sobre la obra pública ha sido enorme. El BNDS (el potente Banco Nacional de Desarrollo) suspendió su generoso financiamiento a las empresas constructoras, y los bancos privados clausuraron las líneas de crédito. Las empresas quedaron sin crédito y sin trabajo, y ello afectó a muchos subcontratistas. Muchas empresas están tratando de liquidar activos para salvarse del desastre –salvar lo que pueda– ante el avance de la investigación judicial de Sergio Fernando Moro, el juez de Curitiba que no ha vacilado en desafiar al establishment nacional y ha puesto patas para arriba al sistema político brasileño y a su contraparte empresarial.

Para 2015, el efecto de esta retracción en el sector de la construcción y aledaños ayudará significativamente a una caída del PIB del 2%. Para el 2016, con suerte, habrá crecimiento cero. La crisis política habrá agudizado la crisis económica a un punto que no era previsible. Pero en Brasil están demasiado unidos los políticos, los grandes empresarios y el poderoso BNDS cuyo crédito explica el crecimiento y multiplicación de empresas fuertemente atadas a contratos con el Estado. Demasiado malo para la política, demasiado malo para la economía y las empresas, y peor aún para la democracia y para las aspiraciones de Brasil de tener un rol importante en América Latina y en el mundo. Primero tendrá que barrer su casa y ponerla en orden y luego aspirar a inspirar a otros países.

Pero la lección que se saca de este gigantesco embrollo es aplicable a muchos otros países donde las grandes empresas se alían con gobiernos de turno –de derecha o de izquierda, qué más da, como lo demuestra el caso de Brasil– para destronar la competencia, subir los precios, agrandar mercados, construir imperios. Pero todo ello, no es en base a la innovación o a la buena gestión sino en base a la corrupción. Estos empresarios son más bien cortesanos que pioneros. Y en una nación donde predominan los cortesanos, que se especializan en recorrer los pasillos de los ministerios, sobre los pioneros, que se especializan en recorrer los mercados, poco bienestar se podrá construir. Y si se construye será de corto plazo y en beneficio de intereses corporativos.

Brasil tendrá que rehacer sus instituciones y sus prácticas políticas, sus esquemas de financiamiento partidario, y las empresas tendrán que aprender que la rentabilidad no sale de los despachos ministeriales sino de la competencia por los clientes en el mercado. Pero lo importante es que los demás países tengamos claro que esa mezcla entre las grandes empresas y el Estado que se dice benefactor de los desvalidos no lleva a ningún lado bueno. Termina siempre en corrupción y en crisis. Mucho más importante es potenciar las pequeñas y medianas empresas que, como decía Enrique Iglesias en la misma entrevista, generan el 90% del empleo. Allí está la fuente de riqueza de una nación y poco se hace para facilitarle el desarrollo. 


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