Cristina Fernández en su peor momento político

La popularidad, influencia y liderazgo de la expresidenta se fueron deshilachando a partir de su regreso al llano

Por Alberto Valdez, especial para El Observador*

No cabe ninguna duda de que la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner atraviesa su peor momento político desde que desembarcara a la arena política allá por 1994 en la Convención Constituyente. Paradójicamente se lució en esas sesiones en Santa Fe junto a otra revelación femenina: Elisa Carrió, quien hoy aparece como una de sus principales denunciantes en la Justicia Federal.

La rápida decadencia política de Cristina es un dato impactante, ya que debe ser la jefa de Estado que dejó el poder con mayor popularidad desde el inicio del actual proceso democrático en 1983. Luego de ejercer el poder con el látigo y provocar temor en la mayoría de la clase dirigente durante ocho años, la exmandataria además se despidió de la Casa Rosada con una multitudinaria movilización en la Plaza de Mayo. La mayoría de los analistas le pronosticaban un rol preponderante en la escena política de los próximos años.

Sin embargo, nada de eso ocurrió. Su figura comenzó a debilitarse mucho más rápido de lo que se pensaba. Es cierto que sus gestos autoritarios y el abuso que hizo del poder le hicieron ganar muchos enemigos dentro y fuera del peronismo. No parecía nada sencillo que pudiera competir con chances para regresar en las presidenciales de 2019 pero nadie descartaba su protagonismo con la suficiente capacidad de daño como para condicionar al flamante presidente Mauricio Macri.

Pero su popularidad, influencia y liderazgo se fueron deshilachando a partir de su regreso al llano. Además, su decisión de recluirse tanto tiempo en Santa Cruz lejos de hacer sentir su ausencia no hizo otra cosa que debilitarla entre sus seguidores. El peronismo entró en ebullición por la derrota electoral del año pasado y la mayoría de los gobernadores, intendentes y legisladores que se cansaron de aplaudirla optaron por desconocerla y empezaron a acercarse al nuevo mandatario.

Y, como si eso fuera poco, algunos de sus hombres de confianza decidieron desafiarla. Quizás el caso más emblemático sea el del diputado Diego Bossio, quien durante años manejó la caja de los millonarios fondos previsionales con toda la arbitrariedad que le exigía Cristina. Pero en pocas semanas no le tembló el pulso a la hora de protagonizar la fractura en el bloque de diputados del Frente para la Victoria que le permitió al macrismo poder aprobar, mediante alianzas, el acuerdo con los holdouts que tanto combatió el kircherismo.

Bossio, un dirigente que oscila entre una visión pragmática y el oportunismo, le pasa la factura a su exjefa por no haber respaldado su candidatura a gobernador de Buenos Aires y de paso apuesta a que su supuesta "traición al kirchnerismo" le asegure no ser investigado por una pésima gestión en Anses. Entre los kirchneristas se percibe una clara sensación de "sálvese quien pueda". No cabe ninguna duda de que la expresidenta no previó este escenario y encima maltrató a niveles extravagantes a muchos de los que le fueron fieles durante sus dos mandatos presidenciales.

Para los conocedores del universo K Cristina subestimó su salida del poder. Pensaba que con su sola presencia iba a mantener a raya al peronismo y la sociedad la iba a ir a buscar para ponerle límites a la gestión de Macri. Una de sus actitudes más ingenuas tiene que ver con soslayar la importancia del dinero para hacer política. La militancia y la estructura del kirchnerismo funcionaban a la perfección con la inmensa generosidad de la billetera estatal. Pero ahora que esos millonarios fondos se terminaron no se perciben tantos entusiastas voluntarios "para defender a la señora y resistir al macrismo".

Y como si faltara algo como para agravar su situación: no sólo la justicia la investiga a ella, su familia y allegados, sino que la opinión pública empieza a comprobar cómo gente de su entorno contaba millones de dólares que parecen provenir de la corrupción y aparecen nuevos elementos que refuerzan la hipótesis del crimen del fiscal Alberto Nisman. Esta acumulación de datos que la comprometen le quitan más iniciativa política y la obligan a jugar a la defensiva.

Nadie sabe a ciencia cierta si la expresidenta terminará presa, como desean amplios sectores de la sociedad argentina, pero todo parece indicar que el daño que viene sufriendo su figura la ha paralizado. No tiene plan B para intentar revertir el actual escenario desfavorable, ni cuenta con peso político suficiente como para contraatacar. Sólo le responde su cuñada Alicia Kirchner, por razones obvias, de los 15 gobernadores que antes tenía en un puño.

Su imagen negativa se acerca rápidamente al 70%. El deterioro ha sido muy rápido y parecería que puede agravarse por todo lo que amenazan con mostrarle a la sociedad el periodista Jorge Lanata y Carrió, sus actuales verdugos. Dicen que su única esperanza pasa por esperar un rotundo fracaso económico de Macri en los próximos meses, escenario que no parece muy factible. Y, además, la mayoría de los hombres fuertes del PJ harán todo lo posible para aislarla aún más dentro de la estructura partidaria. Nadie la quiere de vuelta con poder por diferentes motivos. Aunque el más importante pasa por el temor a su venganza. En eso ha demostrado ser implacable.

*Periodista de FM Milenium 106,7 y columnista de Infobae


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