Cristina Kirchner sufre "efecto rutina" de su peripecia judicial

Los casos de corrupción en su sector hicieron que el apoyo mermara
Todo tiene un límite, incluso el entusiasmo de los militantes K. Incluso la potencia del "relato", con su reconocida capacidad para transformar situaciones negativas en gestas épicas.

Esa parece ser la conclusión tras la nueva presentación de Cristina Fernández de Kirchner en los tribunales federales de la calle Comodoro Py, donde el clima fue bien diferente al que existía hace apenas tres meses, la primera vez que debió concurrir para declarar en la causa por la ventas de contratos a precios "de liquidación" en el mercado de dólar a futuro.

La letra de Cristina sigue siendo la misma, pero la música es diferente. Su argumento sigue siendo que se la persigue políticamente y que hay una connivencia entre el "partido judicial", el gobierno de Mauricio Macri y los medios de comunicación. El objetivo de ese "hostigamiento", según la ex presidenta, es claro: castigarla por las políticas populares de su gobierno y, de paso, generar una cortina de humo que distraiga a los argentinos de las consecuencias del ajuste económico macrista.

Lo que cambió es el contexto. Por más carisma y habilidad retórica que tenga la expresidenta, hay ciertas cosas que no se pueden evitar. Es difícil transformar en hecho político -y mucho menos en un acto de resistencia- algo que en realidad es una comparecencia judicial para ser notificada sobre su situación procesal y un embargo de bienes.

El contraste entre su primera presentación, en abril, y la citación del miércoles pasado salta a la vista. En aquella oportunidad, la ex presidenta había convertido esa circunstancia en un hecho político relevante y en una demostración de poder.

Habló durante una hora ante una multitud que le ratificó su apoyo incondicional. Se mostraron junto a ella gran parte de los dirigentes peronistas. Y los medios de comunicación, incluidos aquellos que la fustigaban por su gusto por las cadenas nacionales televisadas, siguieron el acto en vivo y sin interrupciones.

Frases como "no les tengo miedo", o "me pueden citar 20 veces más, me pueden meter presa pero no lograrán callarme" o "estoy segura de que si pudiesen prohibir la letra K del abecedario lo harían" cumplieron el objetivo de desestimar la causa judicial como una mera persecución política.

El miércoles, el clima fue bien diferente. Apenas un puñado de militantes –y casi ningún dirigente de relevancia– siguió a la expresidenta. No hubo discurso, sino un desordenado diálogo con los "movileros" de TV, ese tipo de contacto con la prensa que Cristina siempre trató de evitar durante su mandato.

Y, lejos de las frases de gesta épica, se destacó la justificación sobre por qué había vuelto a dolarizar los ahorros que antes había pesificado en 2012 cuando, en plena vigencia del "cepo" cambiario, impulsaba una "batalla cultural" contra la dolarización.

Lo que por ahora se mantiene es el atractivo que su figura despierta en los medios de comunicación, aunque lentamente empieza a insinuarse un efecto de saturación en el público.

Ese es, acaso, uno de sus mayores miedos: que sus presentaciones ante los juzgados dejen de ser un hecho político para transformarse en una rutina procesal. Todo indica que le espera una agenda judicial intensa, con declaraciones en varias causas. Y tanto el entusiasmo militante como el interés del público en general van sufriendo un desgaste inexorable.

Como síntoma de esa situación hay un dato revelador: el domingo más caliente para el periodismo político, cuando en el canal del grupo Clarín debutaba Jorge Lanata y, en el mismo horario, Cristina era entrevistada por periodistas afines en el canal C5N, la mayoría de los argentinos prefirió sintonizar el regreso de Susana Giménez.

El primer fracaso

En los casi tres meses transcurridos entre su primera presentación en abril y la última el miércoles pasado pasaron demasiadas cosas.

Para empezar, el caso del exsecretario de Obras Públicas José López –a quien encontraron tratando de esconder bolsos con casi US$ 9 millones en un convento de la localidad de General Rodríguez, a 50 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires– fue un golpe duro de digerir para la militancia.

Esto quedó en evidencia en las declaraciones públicas de los militantes de alto perfil, como artistas, intelectuales y activistas sociales, que no disimularon su decepción y que siguen esperando explicaciones.

Además, en las últimas semanas continuó el éxodo de legisladores del Frente para la Victoria que se pasaron a otras filas del peronismo, en busca de escapar de la incómoda compañía con los funcionarios que están bajo sospecha de corrupción.

Pero, sobre todo, quedó la constatación de que Cristina tuvo su primer gran fracaso como dirigente en la oposición, tras aquel acto de Comodoro Py había llamado a conformar un "frente ciudadano" integrado por el kirchnerismo y las demás fuerzas opositoras.

El objetivo, según explicó, era transformar al Congreso en una "escribanía del pueblo" que le marcara límites a las políticas de ajuste del presiente Mauricio Macri. La realidad le dio un cachetazo cruel a ese sueño de Cristina: todas y cada una de las iniciativas macristas fueron votadas con una holgada mayoría, que incluyó el apoyo de muchos kirchneristas.

Fue así que se votó –en explícita desobediencia a las indicaciones de la expresidenta– el acuerdo con los "fondos buitre", el aval a los nuevos jueces de la Corte Suprema y el proyecto de blanqueo de capitales y reparación histórica a los jubilados.

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