Crónica de un fenómeno anunciado: así se instaló el sicariato en Uruguay

Los principales encargados de combatir a los narcos pronosticaron que se crearía la industria de los asesinatos por encargo
Hace décadas se repetía que en Uruguay no hay terremotos, sicarios ni secuestros. La tierra no ha temblado demasiado, pero la ola de violencia que creció junto al narcotraficante cambió el escenario criminal del país en la última década. En Uruguay hay sicarios y secuestradores. Los primeros tienen en vilo por estas horas a la Policía tras dos atentados que dejaron cinco muertos, de los que solo uno tenía vínculo comprobados con actos delictivos. En cuanto a los secuestradores, el ministro del Interior, Eduardo Bonomi, dijo en la noche del jueves que cuatro bandas están en prisión.

Las palabras de los encargados de combatir el narcotráfico suenan proféticas a la luz de los últimos crímenes. Los traficantes "disputan por el territorio, disputan por el cargamento de drogas, disputan por el mercado, se roban mercadería entre ellos, se secuestran personas, se piden rescates, después empiezan los ajustes de cuentas, y en muchas partes del mundo eso termina después pasando a otro terreno, a personas que no están vinculadas al mundo del delito y se ven expuestas a este tipo de delitos", dijo el 30 de mayo de 2015 el subsecretario del Interior, Jorge Vázquez, a Subrayado.

El fiscal de Corte, Jorge Díaz, también anunció la instalación de la muerte por encargo en el país. "En 1997 dije que en Uruguay no había sicariato porque no se encontró la oferta con la demanda y hoy tengo una mala noticia: la oferta se encontró con la demanda", expresó en junio de 2015 al programa En la mira de VTV.

¿Cuándo se encontraron la oferta y la demanda en Uruguay? ¿Cuándo se instaló el sicariato? En diciembre de 2006, sicarios asesinaron en Rivera a dos policías brasileños, Ronaldo de Almeida y Leonel Ilha Da Silva, presuntamente por cuestiones vinculadas al contrabando.

En 2009, una camioneta propiedad del empresario Washington Risotto fue baleada en Palermo y los atacantes incendiaron el auto en el que viajaban para borrar los rastros. "Llegó tu hora", le dijeron dos sicarios encapuchados a Risotto el 2 de enero de 2012 y le dieron ocho tiros letales. Risotto tenía su celular, un reloj Rolex y $ 20.000. Nada de eso se llevaron los asesinos. No buscaban dinero sino cobrar cuentas más grandes. Risotto también tenía antecedentes por narcotráfico.

Tres años antes de su muerte, el dirigente nacionalista y abogado Alan García dijo que la vida vale entre US$ 200 y US$ 300 para un sicario en la zona del Chuy. Una investigación judicial reveló que una banda de jóvenes de Casabó cobraba el año pasado $ 3.500 por matar.

El narcotráfico creció en los barrios y muchos narcos pesados, varios extranjeros, cayeron en prisión. Allí lograron reclutar mano de obra barata, dispuesta a tirar para cobrar deudas o disputar territorio. Algunos de esos delincuentes que ingresaron por otros delitos terminaron entrando en el negocio gordo. El caso más destacado es el de Alberto "Betito" Suárez, un rapiñero devenido en narcotraficante. El juez especializado en Crimen Organizado Néstor Valetti dijo en diciembre de 2012 que Suárez "controla un ejército personal de 50 sicarios, disputa así el mando territorial de algunas zonas y manda desde la cárcel". El juez agregó entonces que los narcos "reclutan menores, los hacen adictos y los transforman en sicarios a cambio de droga". Como en las películas, pero acá y ahora.

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